En las montañas de la prefectura de Wakayama, encontramos el centro más importante del budismo Shingon de todo Japón. Llegar a este misterioso lugar es una difícil tarea por los innumerables enlaces que tuvimos que hacer con varios trenes desde la fantástica ciudad de Kioto. Llegar a la cima de Koyasan, implicaba tener que coger un funicular de aterradoras pendientes y maravillosas vistas.

El centro espiritual más famoso del país, se gana a pulso el adjetivo de mágico al caer a plomo la niebla cuando el Sol esconde sus fauces y la noche con un sigiloso e imperceptible movimiento se instala en los caminos, haciendo encender los farolillos que nos llevan por las tumbas del gigantesco cementerio llamado Okunoin. Durante el trayecto nocturno, fuimos engullidos por la oscuridad, las sombras y la soledad, tres conceptos opuestos a todos los vividos en nuestros previos días en Kioto. Tan solo nos dejamos llevar por el silencio y respiramos hondo como si ello sirviera para poder grabar un momento inolvidable en nuestro viaje.

La necrópolis más grande y sagrada de Japón, mostraba sus secretos a medida que nuestros pasos iban cruzando las mohosas, tumbas con más de 800 años de antigüedad, milenarios cedros y templos donde los monjes budistas hacen a diario sus ofrendas. Koyasan, es indispensable. Un punto en nuestro viaje que marcó la segunda cara del país, donde cientos de madrugadores ancianos depositan mechones de pelo, prometiéndose volver algún día sea en vida o habiendo cruzado el umbral de nuestro mundo conocido al más allá.

Pero ahí no acababa nuestra visita a Koyasan. Okunoin, es una parte de la visita. El pueblo, provisto de ese tradicional encanto japonés, está lleno de sagrados templos con respetables dimensiones. Una única entrada con un precio algo desorbitado, nos dio vía libre a los puntos más importantes, con acceso a casas tradicionales. Un caminito fuera del circuito turístico, nos condujo por las montañas, donde al hacer cima, pudimos incluso contemplar el mar en la lejanía situado a decenas de kilómetros. Nos sorprendió el poco turismo que había en toda la zona, siendo tan famoso y venerado por los mismos japoneses y cómo si de un potente río con su corriente se llevara al paso de las horas todo rastro de personas.

Todavía faltaba lo más impresionante de nuestro pequeña aventura por la escondida montaña…

Un madrugón descomunal (4:30 A.M.), nos llevó a ver las ceremonias que los monjes en la cima del cementerio oficiaban cada mañana. Esperábamos cientos de turistas observando los rituales tan peculiares que nada tienen que ver con los que anteriormente había sido testigo en el resto del continente. El Budismo Shingon, tiene sus propias normas y sus particulares ritos. Los templos están cuidados hasta la saciedad y ese esmero incontrolable hace que puedas contemplar los más bellos de Asia.

Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando a nuestra llegada, tres monjes murmuraban bajo la imagen de un simpático Buda sus magnéticos mantras. Allí no había casi nadie, apenas cuatro turistas. Era hipnotizador. Parecía que no había nada, tan solo tres hombres, rezando a una bronceada estatua, pero en el ambiente flotaba una espiritualidad que se podía coger casi con la mano, dejándote en un suave y embriagador estado de paz absoluta.

Los jardines Zen son toda una cultura en la decoración exterior. Los Ryokans, son posadas tradicionales, donde vivir una experiencia única, aunque al alcance de muy pocos viajeros de presupuesto ajustado. (fotografías superiores)

Puedes ver nuestro artículo sobre el Sintoísmo y Budismo en Japón para saber más de la religión nativa nipona.

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