Con los labios agrietados, la piel reseca y los dedos destrozados, apenas tengo temple para poder escribir en el diario de Bolivia. La travesía del Salar de Uyuni se ha cobrado su precio físicamente aunque considero que sus vastos paisajes, su belleza tan simple y la inquebrantable soledad de sus planicies, hacen de este viaje de apenas cuatro días desde Atacama una de las experiencias visuales más impresionantes del planeta.  “Extracto de mi diario por Bolivia”

Nuestro paso a Bolivia fue desde Chile. Apenas llevábamos una semana y sólo habíamos pisado una parte alejada de toda civilización. Veníamos de recorrer todo el altiplano boliviano por la parte del Salar de Uyuni, con unas temperaturas nocturnas que rondaban los 15 grados bajo cero.

El pueblo de Uyuni, me pareció sumido en una perpetua siesta. Necesitaba moverme e iniciar mi viaje por Bolivia. Desde los alejados Andes con un paso fronterizo apenas perceptible, ni fui consciente que había cambiado de país hasta que no llegué a la primera ciudad boliviana.  Fui a la terminal de autobuses, que no dejaba de ser una calle normal y corriente y cogí un billete para ir a Potosí. Apenas tenía información del lugar, pero sabía de su historia y debía poner orden a mi ruta y decidir cuál iba a ser el chasis de mi viaje para poco a poco sobre él ir armando lo que iba a ser uno de los recorridos más sorprendentes de Latino Ámérica.

Seis horas en un autobús a las puertas de la jubilación, nos llevó por una bella carretera a una de las ciudades más altas del mundo. La llegada no fue fácil. Primero; porque llegamos sobre las once de la noche sin saber dónde estábamos y segundo; no teníamos hostal y temíamos que nadie nos acogiera a esas horas.

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La decisión de ir a ciegas con los hoteles, viene de lejos. Creía antaño que si lo reservabas desde tu país de origen, quitabas toda la espontaneidad a un viaje. Es lógico. Nunca sabes cuándo vas por libre dónde estarás al día siguiente y si llegarás a tiempo a cualquier objetivo. En los transportes de algunos países, las previsiones se van al garete y sólo la improvisación es tu herramienta para seguir adelante. Hoy, con las tecnologías en cabeza, los teléfonos inteligentes, los portátiles, son casi de uso obligatorio si quieres que un viaje se convierta en una pesadilla. Siempre he sido muy claro. Nunca me llevé teléfono ni ordenador. Con los años, no tuve más remedio que llevármelos, uno, para hacer cualquier transferencia bancaria o compra de billetes de vuelos, te piden códigos de confirmación que recibes mediante correo o “sms”, obligándote de alguna manera a cabalgar al lado de las nuevas tecnologías. No las critico, todo lo contrario. Creo que me han hecho mucho más fácil la vida de viajero, cuando llegando a un aeropuerto, he conectado el wifi y he podido reservar cualquier hotel a 30 minutos vista. Por lo tanto, mi consejo al que se inicie en el mundo de los viajes por libre, es llevar siempre un dispositivo que te dé acceso a las páginas de albergues, a los transportes y a un infinito número de posibilidades que nos sacarán de algún apuro.

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En Bolivia, no llevé ningún dispositivo. Tenía que andar metido en los cafés con ordenadores y locutorios,  para saber de mi familia o para obtener información. Os parezca raro o no, en ese país la cobertura de señal para navegar por internet, en la mayoría de los lugares es nefasta. En Potosí, tuve que tirar de Lonely Planet y escoger el que me fuera mejor. El elegido en cuestión fue un hostal llamado: María Victoria. El propietario tardó en recibirnos porque no esperaba más huéspedes. Esta casa colonial era preciosa. Con un amplio patio y unas habitaciones grandes, fue una gran decepción que el servicio o la higiene no estuviera a la altura. La calefacción, tan indispensable a 4.000 metros de altura, estaba apagada, el agua caliente jamás funcionó y pese a nuestras protestas, no intentaron ni justificarse. Eso no quita, que el dueño fuera un agradable charlatán con sus historias que contar. También dispone de una terraza con inmejorables vistas al “Cerro Rico”

En un pasado, fue considerada como la ciudad más rica del mundo. Con su gigantesca mina de plata, los colonizadores españoles, la dejaron baldía y apenas dejando en sus entrañas plata para que los bolivianos, ahora propietarios de su mina y país, saquen lo suficiente como para subsistir. La historia de Potosí, debería ser bella, plagada de jolgorios y anécdotas que contar entre sus habitantes en el siglo XV. Pero la realidad es muy cruda y sólo la avaricia de unos conquistadores, hicieron que los nativos del lugar se dejaran la vida en un intento desesperado por sobrevivir a un imperialismo que no llegaba a su fin.

Un paseo por la ciudad con un par de visitas, una a la catedral y otra a la casa de la moneda, nos pondrán al tanto de este turbulenta historia llena de recelo hacia los españoles, que tantas crueldades hicieron para llenar sus arcas. Incluso en la actualidad, por muy extraño que parezca y a los hechos vividos me remito, la guía de la casa de la moneda,  nos criticó sin pudor alguno, clavándonos sus ojos, haciéndonos sentir todo su rencor hacia una España inexistente según su concepto y que nada tiene que ver con el de la España colonizadora. También es cierto que sólo lo sentí en esa visita y que en el resto del país, nos sentimos seguros y tratados con mimo por los bolivianos.

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Las recreaciones con escenarios hechos con figuras humanas de su abandono y explotación son reales y los hechos acaecidos en la historia de la conquista no están nada exagerados. Quien haya leído la obra maestra del uruguayo Eduardo Galeano en su ensayo de Las venas abiertas de América Latina, entenderá que cualquier intento de representar la dureza de los salvajes colonos, se queda corta.

QUE HACER EN POTOSÍ
Tocaba andar por Potosí. Conocerla, saber por qué fue en  el centro del mundo. La primera parada por supuesto que fue la plaza 10 de Noviembre, donde la población se concentra a primera hora de la mañana para partir a sus puestos de trabajo. Puede que resulte chocante a cualquier turista ver como los electricistas, zapateros, herreros, soldadores y otros oficios, están sentados en las esquinas de esta céntrica plaza, con sus enseres, esperando que alguien los contrate por un día. Estos profesionales faltos de contrato u empresa que les dé cobijo, se aposentan esperando que la fortuna les llame a lidiar con cualquier labor que se acople a su profesión.

Sus angostas calles adoquinadas, no hacen cómoda su visita. La altura, un problema común en los viajeros si venimos de otros lugares más bajos, puede resultar un quebradero de cabeza. Puede que me esperara que fuera un punto imprescindible para viajeros y para mi sorpresa me encontré un lugar duro, con un turismo inexistente. En mi cabeza rondaba la cuestión de por qué era tan famosa, si ante mí se abrían callejuelas abruptas y un lugar que muchos tachan de sus guías,  en su ruta por el país boliviano. Pero no nos dejemos engañar por primeras impresiones. Potosí se deja llevar. Hay que acercarse y tomarle el tacto suavemente, para quedar encantado al cabo de los días. Mucha gente reside allí y la odia por las condiciones climatológicas, otros se resignan y la gran mayoría de sus habitantes la aman. Tantas contraposiciones hacen dudar cuál es la verdadera historia del día a día. Lo desconozco, pero como turista, acabé impresionado al final. Al principio no pude contenerme y pensar injustamente que había errado en mi ruta y que jamás debí poner una chincheta en el mapa señalándola.

La casa de la moneda es el edificio más importante que podemos visitar para conocer la historia. Con una visita guiada de unas dos horas, podremos acercarnos un poco al pasado que vivió este importante punto de riquezas, gracias al cerro que dominó y domina la ciudad. Es muy interesante y merece la pena escuchar todas la atrocidades que llegaron a ocurrir a menudo cuestionadas por la dureza de los relatos, pero reales. No sólo encontraremos monedas antiguas, ni mucho menos. La casa de la moneda es un fantástico museo, donde veremos artículos de toda clase y de todas las épocas. Atentos a las momias de los niños encontradas. Su conservación debido a la altura y la casi inexistente humedad han hecho que sus ropas y facciones queden muy bien cuidadas. De todas maneras, son espeluznantes de ver.

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También estaría bien visitar la catedral de la plaza. En plena reconstrucción en mi visita, un guía especializado os ligará con los hechos sucedidos a lo largo de los años. Este edificio no exento de continuas desgracias, es un orgullo para los feligreses que con ilusión esperan devolver el esplendor que tuvo en un pasado no tan lejano.

Potosí no sólo culturalmente nos puede llenar. Caminar por sus mercados, callejear improvisando o hacer una buena comida en los comedores, nos conectará con la gente de una manera especial. Las ancianas suelen regentar las tiendecitas y los puestos espontáneos surgidos en cualquier esquina, vendiendo todo tipo de productos. El entretenimiento está asegurado durante el día. Por la noche, una vez desaparece el cerro con la luz del sol, Potosí queda medio apagada, a una punta de gas diría yo. Siempre podremos ir a cenar a restaurantes más caros, porque los comedores quedan cerrados.

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Pero Potosí va más allá. Es sencillo saber la razón de tanta fama mundial. Incluso llegando, veremos como el cerro domina desde lo alto el paisaje urbanita. La mina de plata es un intrincado cúmulo de historias interminables. Desde el pasado hasta el presente, debemos indagar, meternos si hace falta dentro de su barriga o hablar con los mineros para hacernos una idea de la magnitud tan extensa que posee.

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Más imágenes de Potosí:

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Madre con vestimenta tradicional llevando al niño de la manera típica en Latino América

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Mercados de Potosí

DSC_0673 Plaza 10 de noviembre. Centro de la ciudad de Potosí

DSC_0666 Comprando naranjada en típico puesto callejero. Plaza 10 de Noviembre

DSC_0605 Comprado hojas de coca a granel. Una ofrenda para El Tío del Cerro Rico

DSC_0745 Comedores típicos de los mercados

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El ocio boliviano me resulta familiar

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Carnicerías en los mercados cubiertos. A esas temperaturas, siempre anda fresca la carne

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