Cuenta la leyenda, que un pastor andaba perdido en una noche oscura. Decidió hacer una hoguera para combatir la dureza del frio que la montaña decidió lanzarle. Al poco rato, entre las llamas de ese agradecido fuego, vio brillar decenas de piedras, descubriendo que aquel cerro  tenía plata.

De este modo tan sencillo se cuenta cómo se llegó a descubrir el Cerro Rico de Potosí. Los colonizadores españoles, hicieron de esta montaña un fuerte punto lucrativo, llenando los barcos de plata, con destino Europa, enriqueciendo al viejo continente para sumir al nuevo en la desdicha,  dejando a los auténticos propietarios, los bolivianos con picos y palas, trabajando en condiciones infrahumanas. Podríamos estar hablando de hace siglos, pero las cuentas no van tan atrás. En la actualidad la historia cambia, pero el fin, acaba siendo el mismo. La muerte precoz de los mineros cavando en la mina su propia tumba.

Si indagamos en la historia, como bien hicieron en mi visita a la casa de la moneda, nos contarán, que las familias ricas de Potosí, de origen español, beatos perdidos, rebosaban de bienestar. Su insultante desigualdad frente a los trabajadores era de una hipocresía tan grande que es difícil asimilar ciertos hechos.

cerro rico

Las iglesias eran adornadas con plata. Las procesiones de la semana santa, iban desfilando sobre adoquines plateados. Mientras tanto, a lomos de la montaña, se montaban barracas donde los mineros eran hacinados para probar una fortuna que jamás les sonrió.

Pero contemos la historia actual. La que me encontré cuando contraté los servicios de un guía en Potosí para entrar en la tripas de una moribunda montaña, más hueca que sólida.

Lo primero que choca, es la cantidad de gente que vive de ese volcán saqueado. A las preguntas de por qué, las respuestas son sencillas. Por poco que se gane aquí, es mucho más de lo que podemos encontrar fuera. Potosí, carente de trabajo, centra sus esfuerzos en captar “mineros de fortuna” y poder llevarse una hogaza de pan a la boca. La esperanza de vida suele ser de unos 45 años. Más imposible. El alcohol de 96 grados para apagar la sed de la desesperación, con la hoja de coca, son indispensables en los enseres del minero como el pico y la pala pudiendo de este modo, combatir las duras condiciones que deben aguantar.

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Entrar en sus entrañas es entrar en la boca del lobo. El denso aire, hace pensar en el aliento que el infierno expira. El calor a medida que vamos entrando va intensificando nuestras emociones. Unas emociones cargadas de respeto y miedo hacia lo desconocido. Pero cuidado. Esta visita claustrofóbica, es el puesto de cientos, de miles de personas que a diario van a cumplir con interminables horas de trabajo para cumplir con unas cooperativas algo ambiguas, porque al fin y al cabo, el funcionamiento es más individual de lo que podamos pensar.

Las trescientas explotaciones que existen en la montaña, funcionan de manera independiente. Los derrumbamientos debido a la dinamita usada, debilitan las paredes del estómago, provocando accidentes donde la muerte se pasea a sus anchas por sus estrechos pasillos.

cerro rico

Meterte a 100 metros y encontrar las condiciones en las que trabajan, te devuelven a una realidad oculta desde el exterior. El aire no se respira, se mastica. Escaleras interminables te llevan a pisos inferiores donde cada día hay que cavar más, para encontrar menos. En muchos huecos apenas cabes, te das con el pecho en el suelo, fuera mochilas, no cabemos y debemos reptar para acceder a otra galería. Laberintos de tierra te llevan donde trabajan personas hechas de otra pasta, de una pasta fuerte y resistente. El olor, puede que sea azufre, puede que el diablo (El Tío) ande cerca, merodeando por los oscuros rincones, pidiendo su ofrenda. Nosotros, con el guía debemos cumplir,  llevarle bebida y cigarrillos en un altar, situado en una oquedad de apenas un metro y medio de altura. Podemos encender los cigarros por él, no se enfada, se los dejamos  a su lado, para que se consuman. Tranquilos él fuma y agradece el gesto. Inerte sin expresión da su bendición y seguimos el camino. Puede que te quedes atrás por tu miedo incontrolable a las alturas, en una caída libre a la boca del abismo, pero ten cuidado, perderse en la mina de Potosí es tan normal como peligroso.

Los mineros aún con una sonrisa cubierta por la indispensable hoja de coca, aceptan tus ofrendas. Licor, hojas de coca, naranjada, patatas de bolsa, algo que puedan utilizar para paliar esa soledad en las profundidades. La mezcla mortal de partículas de plata, arsénico y azufre son causas suficientes para que pensemos en que aquí no hay quien pueda trabajar mientras vamos caminando y vamos encontrando más y más mineros.

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Explosiones lejanas, hacen temblar las debilitadas paredes. Tablones de madera incomprensiblemente aguantan para que el cerro no se te coma. Una breve brisa anuncia que ha habido movimiento. Cerca o lejos. Imposible de calcular. Tenemos que ser psicológicamente fuertes por un día, como los son los trabajadores a diario, llenando vagonetas enteras de tierra, circulando por los oxidados railes, temiendo que vayan a chocar entre sí y si no estás atento, el atropello es seguro. Ellos van a por faena y apenas reparan en tu presencia. Se da por hecho que te apartarás y que ellos seguirán su camino de ida aunque puede que de no vuelta.

En el exterior, barracones de cemento, iguales, sin personalidad dan cama a los que vinieron de lejos. Otros andan con sus familias viviendo en la gran ciudad. Nacieron para esto y pasó de padres a hijos la profesión más lucrativa aunque más peligrosa de la región.

Niños deben hacerse cargo de sustituir a padres que no llegaron a tiempo para enseñarles los secretos de este submundo. Una temprana cita con la muerte, dejan a familias desamparadas, en plena ruina. Aquí se vive día a día, no hay espacio para los ahorros. Los hijos saben que deben relevar a su difunto padre para que madre siga alimentando a los más pequeños.

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Puede que mi relato sea duro sobre las condiciones en las que se encuentra el cerro rico en la actualidad. Pero no podemos negar una realidad tan evidente. Las muertes siguen en la mina y los mineros sin salida deben seguir trabajando para subsistir. Si con este artículo he ofendido a alguien, pido disculpas de antemano. Sólo he tratado de plasmar mediante estas letras, mis vivencias en la visita que hice a esta mina que hoy, después de dos años, me persiguen. Cualquier aportación, opinión o crítica, será bien recibida.

¿Quieres descubrir y qué hacer en Potosí? Pulsa aquí

Os dejo un enlace sobre un documental que me recomendaron los mineros. Es impresionante y refleja la realidad incuestionable del escrito.
 Ver documental sobre el Cerro Rico

Os dejo un interesante artículo que cuenta desde la perspectiva periodística la explotación del Cerro Rico:
Artículo Potosí en Diario.es

Más imágenes del Cerro Rico:

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Las duras condiciones a las que se enfrentan a diario necesitan de fuerza bruta

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Huelga de mineros por las calles de Potosí, reclamando unas condiciones más dignas

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Equipado y con toda la indumentaria obligatoria para el turista que quiera adentrarse en la montaña

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Las cooperativas trabajando en una de los múltiples accesos al cerro

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El tío. Diablo que cuida de las minas y sus mineros a cambio de ofrendas

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Un merecido descanso

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Impresionantes vistas de un Cerro que domina la ciudad entera

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