Dos caras de una misma moneda, dos escenarios diametralmente opuestos e igualmente atractivos. Marrakech y Chefchaouen: ¿Cómo es pasar del cielo al infierno?

Marrakech es una de esas ciudades que pueden provocar en quien la visita tanto amor como odio.

Todavía no he conocido a nadie a quien su paso por allí le haya sido indiferente. Siempre acompañando a la palabra Marruecos hay un comentario, el cual puede consistir en un halago, en críticas o incluso quejas.

A decir verdad, soy bastante fanática de las ciudades caóticas. Esas en las que vemos pasar carros o rickshaws; donde los animales y los puestos de venta callejeros son parte del paisaje; donde el bullicio es constante y en las que las especias le dan aroma al ambiente. Las considero vivas, con alma.

Con la primer persona con la que entablé contacto en Marrakech fue con un chofer de taxi, quien me llevó desde el Aeropuerto Internacional hasta la Medina de la Plaza Jemaa El Fna.

Fue muy iluso de mi parte pensar que el taxista me dejaría en la puerta del lugar que había elegido para hospedarme… “Tienes que bajarte aquí”, me dijo en un español sorprendentemente perfecto.

Las indicaciones para llegar al Riad eran demasiado vagas, y la medina un gran laberinto de callejuelas y pasadizos en el que no faltaba ningún condimento.

No hay mapa o aplicación de teléfono móvil que pueda ayudar a orientarse o a encontrar el camino allí dentro. Tras caminar -de forma circular- por un largo rato sin tener suerte, decidí confiar en un local para que me guiara hacia mi destino. En ese momento era la única alternativa que consideraba viable.

Dudé un poco. Tras muchos “Madame where you go?!” con tono bastante suspicaz, acepté la ayuda de un chico jovencito, quien se acercó al verme sosteniendo (con cara de perdida) un gran mapa de la ciudad.

Más allá de la dificultad para encontrar el  Riad y de la extrema oscuridad de algunas zonas por la noche, Marrakech, y específicamente la Medina, ofrecen a los visitantes un shock cultural de lo más interesante.

Lo primero que se aprende en Marruecos (si es que ya no se aprendió anteriormente) es a regatear, pero a regatear con mayúsculas.
Marruecos

Partamos de esta base, del precio que el vendedor nos pide inicialmente, el valor real del artículo es por lo menos un sesenta/setenta por ciento menos.

Mientras que algunos lo vemos como un juego (y hasta lo disfrutamos), otros viven como una pesadilla el hecho de no saber cuánto cuesta cada cosa.

Otra lección que nos deja Marruecos, y principalmente Marrakech, es el preguntar varias veces el valor de las cosas y qué está incluido en el precio y qué no. Por ejemplo, si con la comida nos traen una cesta con pan (que no ordenamos) es posible que en muchos lugares nos la quieran cobrar.

Si en vez de una gaseosa regular pedimos una baja en calorías, en la cuenta vamos a ver reflejada una diferencia de precio que no estaba especificada en el menú.

Antes de consumir, o de contratar un servicio, se debe ser un tanto inquisitivo, lo cual para algunos viajeros suele ser bastante extenuante.

Los tours que parten desde Marrakech no están exentos de esta regla.

Fuí a Merzouga con un grupo de diez personas, y todos pagamos por aquél tour distintos precios (basados en nuestras nacionalidades y en la capacidad de regateo de cada uno).

Volviendo a lo colorido y caótico de Marrakech, el momento de más acción en la Medina tiene lugar por las noches en la Plaza Jemaa El Fna, centro neurálgico hacia el cual conducen todas las callecitas y pasadizos.

Allí, encantadores de serpientes, monos vistiendo camisetas del Barcelona o del Real Madrid, vendedores de dentaduras postizas, bailarines y hasta malabaristas y payasos, convierten a la plaza en un gran escenario en el que todo puede pasar.

Si no te sentís con la suficiente preparación para enfrentar a los insistentes vendedores,  una buena alternativa es subir a alguno de los miradores que tienen los restaurantes y cafés que rodean la plaza, para contemplar desde allí el gran espectáculo nocturno.

Muy por el contrario, situada al noroeste del país (a casi seiscientos kilómetros de Marrakech) encontramos a Chefchaouen, quien alza el estandarte de ser la ciudad más relajada del país.

Conocida mundialmente como la perla Azul (debido al color en el que están pintadas sus casas), esta pequeña y encantadora ciudad que alberga unos cuarenta mil habitantes, parece no tener ni tiempo ni prisa.

Fundada por los Bereberes en el Siglo XV albergó musulmanes y judíos que fueron expulsados de España, quienes crearon la icónica y electrizante Medina azul de la cual hoy en día nosotros disfrutamos.

La mencionada Medina es un excelente lugar para perderse sin sentirse agobiada. Dejando de lado los mapas, y permitiéndole a tus pies que sean quienes dicten el rumbo.

Sus escalinatas, callejones, patios interiores o pasajes con arcos constituyen un escenario ideal para tomar cientas de fotos (no te olvides de llevar una memoria extra ya que millones de hermosas instantáneas están aseguradas), relajarse tomando un té a la menta o charlar con sus encantadores locales, y así empaparse más de la cultura.

Si de hacer compras se trata, las múltiples tiendas de alfombras, piedras o artesanías tientan hasta al más reacio. Sobretodo si tomamos en consideración que ir de compras en chefchaouen tiene otro ritmo, es menos estresante que en otras ciudades marroquíes.
Es muy probable que aunque estemos muy interesados en un producto y seamos insistentes en obtener un descuento no lo consigamos. Aquí los vendedores casi no esperan que el cliente regatee.

Opciones para comer también hay muchas. Para disfrutar de una rica tagine o de un tradicional cous cous o brochete, en la Plaza Uta el-Hammam (Plaza de los Baños) muchos restaurantes y casas de té ofrecen una buena relación precio-calidad.

Respecto a mi condición de mujer viajando  sola alrededor del país, la situación no fue muy distinta a la experimentada en otros países árabes. Los hombres marroquíes suelen ser bastante insistentes, y hasta un poco pesados. “Where are you from?” “Where are you going?” “Hola”, “pzpz”, “guapa”… son algunas de las frases que escuché innumerable cantidad de veces.

El mejor remedio fue reírme con ellos y dejarles en claro que no quería nada.

Tras haber visitado en mi paso por Marruecos las ciudades de Marrakech y Chefchaouen, puedo concluir diciendo que una no es mejor ni peor que la otra. Son totalmente distintas, e igualmente de atractivas. Tienen ritmos diversos, sus corazones palpitan a diferentes intensidades. Vivir ambas experiencias vale la pena, y serán ustedes, viajeros, quiénes salgan enriquecidos de ellas.
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