Puede que un escrito como este, levante ampollas entre los amantes de este bello país y en concreto de Marrakech. Pero nada tiene que ver lo que vi, con lo que esperaba encontrarme. Mi experiencia de viajar a Marrakech fue breve, pero de la ciudad en cuestión,  puedo hablar con soltura, porque alargue mi estancia para darme de bruces con algo inusual, algo misterioso que no fui capaz de encontrarle explicación alguna.

Según los rankings de las mejores páginas webs de viajes, Marruecos era el primer país elegido por expertos y viajeros independientes como el más hospitalario del planeta.

Sé por experiencia,  que una ciudad no puede ponerle rostro a una nación entera y que a menudo, éstas caen en la desgracia de cometer sacrilegio contra el resto de sus vecinas. Así ocurrió en Addis Abeba, Etiopía,  una urbe destartalada y horrible, para luego encontrarme con un viaje cargado de belleza y hospitalidad. También lo pude vivir en Lima, Perú, en la Paz de Bolivia o Bogotá, Colombia. Los ejemplos se multiplican cuando sigues viajando y encuentras que los epicentros urbanos, acaban aglomerando lo peor. Algunas excepciones como Bangkok en Tailandia, Kioto en Japón, Seúl en Corea o la fantástica Pekín en China, suelen cuidarse tanto que acaban de algún modo enganchándote positivamente.

El caso de Marrakech es para estudiarlo. Os contaré todos los casos que me ocurrieron en una semana, y cómo la gente de la ciudad me acabó tratando tan mal que me  negué a realizar un artículo positivo, sabiendo que en algunos foros, podrían tildarme de exagerado. Pero fiel a mis verdades, y a desmaquillar lo que se cuece en ciertos lugares de este mundo, diré en mi defensa, que esta vez,  iba acompañado de mi fiel compañera de viajes. Ella, como yo, salió bastante escarmentada. Una tarde sin planearlo, paramos en la salida de un colegio, esperando que los pequeñajos de primaria salieran, para ver si el foco de tanta violencia, se gestaba desde la infancia o si éste se iba formando con el paso de los años.

La masiva salida de niños nos dejó algo descolocados. Algunos se acercaron a nosotros con curiosidad. Otros, andaban pegándose entre ellos con una energía desorbitada. Los más feroces, llevaban piedras en las manos para atentar contra compañeros más tímidos,  que huían a ciegas por las calles adoquinadas para no ser alcanzados. Todo esto ocurrió en unos diez minutos, dejándonos helados. La respuesta no me dejaba satisfecho del todo. No podía entender tal disparate entre chavales de entre siete y diez años. Las dudas sobre la edad en la que comenzaban a ser tan agresivos empezaba a ver la luz, pero de algún lado debían aprenderlo. Quizás y sólo por puro descarte o instinto, aquí se lleve la ley del más fuerte y quien es débil acaba sucumbiendo al típico matón de clase, como ocurriera en países modernos hace ya muchas décadas.

Todo ocurrió desde mi llegada. Con un vuelo barato llegué al aeropuerto donde me las vi y desee para luchar contra los taxistas. No quería coger uno y quería llegar en autobús al hotel. Su desdén hacia mi negativa, me dejó perplejo, pero acabó siendo algo tan normal al cabo de dos días que ese desprecio hacia el turista que no suelta dinero acabó con mi optimismo hacia una ciudad que soñé visitarla desde que era niño.

Como primera parada, Decidí ir a la Plaza de Jamaa el Fna. Tiene fama de ser un punto de encuentro tan importante en la ciudad como en todo el país. Además se considera uno de los lugares de reunión social más importantes del norte africano. Era tarde y sólo pude verla en mi primera vez de noche, pero era perfecto para pasear y ver a la gente como contaba cuentos, como vendía ciertos productos o como algunos hacían que sus serpientes bailaran al son de una descascarillada flauta. Si sois chicas y vais solas, id con cuidado. Las aglomeraciones masculinas, son a menudo aprovechadas para que manos furtivas toquen lo que no deberían.

La plaza, está llena de vida y es innegable que es un auténtico imprescindible del país. Las luces de los restaurantes, de los puestos de zumos y sus famosos locales centenarios con enormes terrazas, os harán prever, que no será una vez solamente la que piséis tan colosal punto de encuentro.

Aquella noche pude ver como se pegaban delante de mí varias veces entre ellos por motivos que desconozco. Uno de los puestos de zumos, fue el escenario de una agresión de un adulto a un ladronzuelo que no superaría los diez años. La agresividad de el hombre fue desmesurada, pero después de esta reprimenda, el niño, enrabiado quería venganza y entre todos lo tuvimos que agarrar para que la inconsciencia del chaval no diera resultados dramáticos.

Los restaurantes de la plaza, son económicos y se come muy bien. Pero ojo. Todo lo que te pongan y que das por sentado, porque en tu país es típico, puede doblar el precio de la cena. En mi caso fueron unas aceitunas que me ofrecieron sin pedirlas. Mi reclamación surtió efecto y al final, después de una fuerte discusión, aceptaron mi argumento como válido. Raro que esto suceda, pero gané yo porque estarían acostumbrados a tener unas veinte quejas diarias y otras veinte que se quedarían en palabras mudas por parte de los comensales por vergüenza, engrosando sus beneficios el doble.

De día, la plaza se vivía distinta. Más tranquila y llevadera, tuve que salir corriendo por un mal entendido con un hombre que portaba dos monos en sus hombros. Mi cámara no pasa precisamente desapercibida debido a su tamaño y dio la casualidad que estaba haciendo una panorámica del lugar, poniéndose este individuo en mi campo de visión. Al principio esperé, pero viendo que no se movía, decidí disparar. Su fino oído oyó el disparador de la cámara. Se dirigió a mí, exigiendo dinero por la fotografía. Le expliqué de distintas formas que no le había hecho la instantánea. Me ofrecí a enseñárselo a través de mi pantalla digital y no hubo manera. Los insultos fueron creciendo y la agresividad fue tan desproporcionada, que acabé abandonando al explotador de animales, gritándome en perfectos insultos en español. La única palabra que pude decir para que no pasara a más, fue “police”.

Dudaba del hecho que me contó mi padre durante su viaje durante un mes por el país. Él me narró, que en ese mismo lugar, a la negativa de una propina por parte de mi hermana, el dedo del vendedor, recorrió su cuello de izquierda a derecha, amenazándola de muerte. Estaba claro que las historias eran verídicas.

Esto solo fue el principio de una serie de incidentes en la plaza. Pero cambiemos de lugar y situación.

Los zocos de Marrakech son dignos de varias visitas. Son bonitos y ordenados. Sus tiendas tienen de todo para saciar la sed del comprador compulsivo. Pero cómo no, algunos comerciantes son impacientes y acaban metiendo la pata, ensuciando un lugar tan justamente afamado en el país. Ni se te ocurra meterte en una tienda si no es necesario comprar algo. Es un suplicio. Mis negativas a ciertos productos que nada tenían que ver con lo que miraba, acabó por llevar a niveles de subsuelo, la cortesía de estos famosos comerciantes. Admito que los árabes viven de un modo apasionante la vida comercial y que todos tienen familiares o familias enteras dedicadas a esta ancestral profesión. Pero es intolerable que me echen de una tienda porque no he querido comprar un pañuelo que ni siquiera he mirado.

Por supuesto que al final me compré mis especias, mis imanes de nevera y otras cosas que no ocuparan mucho en la maleta. Pero siempre lo hice en las tiendas que me trataron a mi llegada,  con educación y sin presión alguna. Soy impaciente cuando voy de compras y el regateo tan arraigado a la cultura musulmana me estresa, acabando por pagar seguramente una cantidad superior por pereza pero aceptable.

Uno de aquellos días, saliendo del zoco, fuimos a ver cómo curtían las pieles. En el camino, un enorme árabe negro se pegó a mí. No hubo manera de sacármelo de encima. Tuve que pasar por el tubo e ir acompañado por él a la visita donde las pieles hacían su primer proceso para luego ser enviadas a distintas factorías de la ciudad. El hombre, con su agresividad, me intimidó. Aquellas estrechas calles en temporada baja, no ofrecían cobijo alguno para dos turistas solitarios. La experiencia estuvo bien. Le dije que le daría propina y durante mi visita pedí permiso para fotografiar a los trabajadores. Una vez concedido disparé y un jornalero se encaró hacia nosotros, con intenciones de pegarnos al ritmo de unos elevados gritos. Mi obligado y esporádico guía rió, haciendo caso omiso y calmándome, repetiendo una y otra vez, que nada ocurriría. Dejé de disparar….

Acabada mi visita, como rezan las leyes no escritas de Marruecos, debía ir obligado a una tienda de pieles acompañado por mi agresivo guardaespaldas. La negativa de poco sirvió. Al final y sorprendentemente, el propietario del negocio resultó ser un simpático comerciante, que supo ver de antemano que no íbamos a comprar nada. La conversación que tuvimos fue muy cordial. Le expuse mis impresiones sobre su ciudad, vigilando de no caer en el bache de la descortesía. Él secundó mi opinión y con su perfecto español, dijo que Marrakech no se portaba bien con nadie. Después de media hora de visita guiada, le di diez euros al gigantón. Su rostro se ensombreció y me acusó de engañarlo. Le repetía una y otra vez que la cantidad era justa. No hubo despedida, sólo unas palabras en tono alto,  que no entendí a mis espaldas, augurándome una dura estancia el resto de los días.

Pero pasemos al final de mi estancia. Cuando quería salir de la ciudad y buscar nuevos lugares en las montañas del país. Alguien tendría que llevarme. Miré dos agencias turísticas para tantear los precios y los servicios. La primera me pareció bien, pero no tenía referencias y fui a una segunda. Allí, sentado frente a un sonriente agente, pregunté y señalé, que pasaría más tarde, porque debía sacar dinero y  hablarlo con mi compañera en privado. No hubo silencios, sino un reproche de puro desprecio hacia nosotros, levantándose y echándonos a insultos de la agencia ¿creíble? A mí tampoco me lo pareció, pillándome desprevenido, contratando el viaje en la primera y dejándome de tantear el mercado turístico por miedo a futuras reacciones fuera de control y de lugar. Apunté el nombre de la agencia en cuestión e iba a hacer un escrito exponiendo mi queja, pero al final, pensé que con el tiempo todo se pondría en su lugar y caería por el peso de la falta de respeto y la inexistente educación.

Puede que algunos se escandalicen y que a ellos les fuera de maravilla en la ciudad. A mí no. No voy a inventarme una historia y tampoco voy a decorar a gusto del consumidor un lugar que no me trató como a un visitante ávido por conocer su cultura y su vida en sociedad sino como a un billetero con piernas y cerebro de mosquito. Yo no vendo nada, comparto mis experiencias desinteresadamente porque el mundo de los viajes es mi pasión y mi modo de vivir la vida. Quien se moleste por mis vivencias, sólo tiene que hacer una cosa: ir y sacar sus propias conclusiones, escribir un artículo y poder opinar con objetividad.

Dicho esto, diré que Marrakech, culturalmente es un lugar perfecto. Sus museos y palacios son bonitos y atraen a mucha gente justificadamente. Pero de esto y del resto del país, ya hablaré en otra crónica, diciendo de antemano, que me parecieron dos naciones distintas las que se movieron entre la ciudad y el resto de mi viaje.

Os invito a que leáis este artículo sobre la verdad en mis viajes

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