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Este año 2020, será recordado por todas las generaciones. Como una gigantesca ola, cargada de miedo y sufrimiento, el COVID-19, vino a nuestras vidas, no sólo para quedarse, sino para poner de vuelta y media a nuestra sociedad y destruir unas costumbres, que como seres humanos, creíamos tener  asumidas por derecho.

Confinamientos, ERTES, PCRS, mascarillas, distancias de seguridad, rebrotes y otros muchos conceptos que nos sonaban a «chino», se han quedado anclados en nuestro día a día, mirando de soslayo y con cierto temor, un futuro muy incierto.

Siempre decía, que si China o Estados Unidos, estornudaban, el resto del planeta se constipaba. De éste primero, a sabiendas de los estragos que llegó a causar al principio de todo, en la zona de Hubei, ajenos en el viejo continente a las posibles consecuencias, mientras en mi café matutino leía las noticias, me preguntaba, cómo la gente podía ignorar este problema de dimensiones colosales.

Viajar, quedó no en un segundo plano, sino que fue demolido por el temor a que los pasajeros, fueran las mulas perfectas para ir trasladando el virus hasta el rincón más alejado de nuestro planeta. Lo que para muchos era su modo de entender la vida, pasó a ser un sueño efímero, ya que sus trabajos no sólo peligraban, sino que el vivir dignamente en su propio país, dejó de ser algo fiable.

Tras muchas reflexiones, un confinamiento algo relajado y mis planes de viajes pospuestos hasta que la vida volviera a la normalidad, decidí dejar de lado mi página web, donde veía un ”sin sentido”, ir posteando viajes que se nos antojaban imposibles.

 

UN RAYO DE ESPERANZA

Vuelta al trabajo y tras más de tres meses en dique seco, decidí empezar a buscar destinos. Era evidente que debía sacrificar continentes, estudiando ciertos países que ahora me parecen factibles y seguros, dejando de lado las grandes distancias,  no por posibles, sino que seguros rebrotes.

Está claro, que la vacuna tardará. Debemos tomar decisiones rápidas y arriesgadas. Poco a poco, la población se va haciendo a la idea, que convivir con el Corona virus, es una realidad y que los confinamientos quedarán olvidados, ya que la economía debe reiniciar su andadura por un mundo que ha quedado marcado por muchas razones .

Los viajeros, siguen con mono. Las compañías aéreas, ponen a la venta billetes escandalosamente caros, para posteriormente, cambiarte las fechas en el mejor de los casos o anular tu billetes. De esto puedo hablar con propiedad. He estado haciendo un seguimiento en los foros más famosos de los viajeros en internet y como siempre dicta la conciencia de las grandes empresas, las pérdidas deben sanearlas los que compraron su boleto incluso antes de que todo esto explotara en todo el mundo.

Otras cuestiones éticas se ponen en duda, cuando miramos en los famosos buscadores, ofreciendo destinos y precios bastante competitivos, pero que físicamente no existen. Las grandes compañías, crean vuelos ficticios, modificando posteriormente tanto escalas como fechas.

Hace falta un rodaje, pero no a base de que los viajeros, pagando legalmente sus billetes, queden aplastados por la rueda de la avaricia.

 

¿QUE DESTINO ELEGIR?

Harto de oír la palabra turismo nacional, me niego rotundamente a ceder en mis objetivos, dejándome a mi en tierra, mientras miles de turistas extranjeros invaden mi país. Vendernos que somos miembros de la CE, suena a chiste, cuando los más desamparados acabamos siendo siempre los mismos.

Mi primera idea, fue hacer una corta parada en Las Canarias. Sí, conozco Tenerife, pero hacer cinco días en Lanzarote, cinco días en Fuerteventura y cinco días en La Palma, no es que suene mal, sino que será no sólo al final un plan B, sino que será el segundo viaje que haga si el primero llega a buen puerto.

Como si de una premonición se tratara, llevaba varios años estudiando hacer Islandia. Me intrigaba que la Tierra de Fuego y Hielo, dejara una huella tan profunda entre tantos viajeros que habían recorrido sus vastos paisajes. Jamás encontré un hueco para poder ir, viendo que mis largas estancias no se acompasaban con un país exageradamente  caro.

Me puse a estudiar la posibilidad de hacerlo y renuncié a ello en un mes unas cinco veces. No veía la luz al final del callejón y las cuarentenas aplicadas eran no sólo un bache en el viaje, sino que era una enorme barrera que me cerraba cualquier opción.

Empezaron a circular rumores que Europa despertaba con cierta reticencia a admitir a ciudadanos comunitarios y una visita a la web de gobierno islandés, me impulsó a empezar a montar el viaje en mi mente. En apenas una semana, había reservado hostales con cancelación gratuita para dar la vuelta entera a la isla.

Montar una ruta sin conocer un país, requiere de experiencia. Investigar por agencias, por foros, por grupos de las redes sociales más importantes y sobretodo indagar en la información de blogueros como yo, se convirtió en casi una adición. Una vez había dibujado todo mi plan sobre un mapa, volví a cambiar noches de hoteles y decidí añadir días extra para poder hacer ciertas partes del país que nadie considera hacer.

El siguiente paso era volcarme en alquilar un vehículo. ¿Cuánto costaría? ¿Era factible? Mis búsquedas por la red, no dejaban duda alguna que casi todas las casas de alquiler, pedían un precio elevado, pero asumible, Hablamos de 17 días y la media no sube de unos 73 € diarios.

El dilema, no fue hacer todo eso, sino que conseguir un vuelo con ciertas garantías en pleno mes de Julio, parecía una tarea imposible. Así que en modo navegación privada, puse toda la artillería a trabajar durante unos dos semanas pudiendo conseguir un billete de ida y vuelta en compañía serias, dejando de lado las “los cost”, aunque sus precios fueran realmente atractivos.

Una vez elegido el billete, en tan sólo una hora, alquilé el 4×4, compré el billete y gestioné todos los seguros habidos y por haber.

Ahora, sólo un mes me separa de Islandia. Las casos del COVID-19, siguen creciendo en toda Europa y la incertidumbre está servida. Puede que pierda los billetes, los hostales y el coche podré recuperarlo, pero la ilusión no sólo sigue intacta, sino que se renueva cada día.

 

ISLANDIA

Situada a un paso de América y a otro paso de Europa, Islandia proyecta todos los misterios que uno pueda buscar viajando. No es un destino conocido (hasta ahora), y su población, ha quedado afortunadamente marginada de anteriores guerras acaecidas en los continentes, forjando en su gente un carácter especial y único. Pero el punto fuerte no es su capital, sino la accidentada topografía, situando al país como el que más volcanes activos tiene del mundo.

La magia del verano, donde apenas el Sol se esconde tras el horizonte, da mucho juego a que las jornadas se alarguen casi hasta donde nosotros queramos. Su fácil orientación donde una única carretera da la vuelta a todo el país, su escaso por no decir casi inexistente tráfico y el título “del país más seguro del planeta”, otorgan el título de imprescindible, a esta enorme isla, esculpida por las erupciones volcánicas que a diario van modificando el mapa, pudiendo ver y sentir como la mano del Polo Norte estrecha lazos con el fuego de las entrañas que la Madre Tierra va escupiendo a su capricho.

La Naturaleza, no sólo se hace sentir, sino que te hace retroceder ante tal magnitud. El basalto rocía todo el país, haciendo que tras el paso de los años, las enorme y verdes mesetas se carguen de color. Los desniveles son tan abundantes, que las caídas de agua, llegan a convertirse en escenarios perfectos para rodar las mejores películas.

Islandia es Europa, si, pero estoy seguro que una vez concluya mi ruta, no la encasillaré ni con mi continente, ni con otro y puede que ni con ese planeta.

¡¡¡¡ALLÁ VAMOS!!!!

 

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