Estando en Turmi, podemos llegar a pensar que se acabó el camino. Que todas las fronteras etíopes finalizan en estos arenosos desiertos, donde el polvo acaba siendo el mayor enemigo del viaje. La localidad es bastante curiosa y pese a lo dejada de la mano de Dios, tiene su encanto. Por sus senderos encontramos las chozas de los “Hamer”, una tribu que nos sorprenderá. El río, muerto, espera renacer con la inminente estación húmeda para que a su paso, vaya regando estas baldías tierras que nada contienen. Si miramos desde Jinka a Turmi por la ventana del vehículo, veremos tramos, en los que parece que nada exista, que solo el desierto con un abrasador sol, vaya calentándolo todo a su paso por la monótona campiña, para cocernos poco a poco. Los Mursi, son las tribus que habitan las altas montañas del Parque Nacional De Mago. Su largo camino de 75 kilómetros desde Jimka, es agotador, pero ofrece unas vistas espectaculares. Subiendo y bajando las montañas, atravesando desiertos donde la vida dejo de existir hace tiempo, empezamos a entender la frase,  de que aquí no hay nada, que la cuna de la humanidad se hizo vieja y murió.

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La llegada a las aldeas, es dura. El choque frontal con los Mursi, es radical. Los hombres sencillos y simpáticos, duermen a pierna suelta bajo los enormes árboles con sus espesas cervezas artesanales, capaces de tumbar a un burro. Las mujeres son las que te giran la tortilla, entrando en un mundo que descoloca por completo. Sus labios, deformados, acogen enormes platos. Las que andan sin ellos puestos, parece que lleven una aberrante “U” de carne colgando.

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El olor, ese penetrante e hiriente olor que tanto me ha recordado a las “Himbas” de Namibia. Las mujeres “Mursi” no te dejarán indiferente. Según me han contado hoy, ellas son compradas por los hombres más ricos, que siempre acaban pagando con cabezas de ganado a sus futuros consuegros. Otras historias, no son tan complejas y el amor puede ser el detonante para compartir una vida, aunque es poco común. La poligamia, es algo tan normal aquí, que muchos tienen tres esposas, y el concepto de matrimonio, como las lesiones que nos van enseñando en carne viva, para hacerse relieves tatuados en su piel, carecen de toda lógica según los parámetros del resto de las culturas en nuestro continente.

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Después de esta interesante visita y coger camino a Turmi, es imprescindible hacer una parada en Dimeka si es jueves o sábado. El mercado es auténtico. Puede que muchos penséis cuando lleguéis al ver tantos viajeros que sea una atracción turística. Tranquilos, doy fe que quitando los seis puestos de artesanía, que el resto es un enjambre de “Hamers”, comprando y vendiendo. Los “Hamers”, son la tribu más organizada y expandida del Sur. Mientras los “Mursi” podemos calcular con unos ocho mil, los “Hamer” son cuatro veces más numerosos. Ambos están separados por muchos kilómetros de distancia y apenas se rozan. Las horas de carretera son importantes  y es casi de carácter obligatorio pasar por “Turmi”, para poder usarlo como base,  e ir visitando las aldeas que hay en el perímetro de sus límites.

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Sea como sea, hoy la jornada ha sido un regalo para mis sentidos. Sin duda alguna,  he empezado una de las partes que más ansiaba del viaje. Todavía con trece días por delante, debo sacar el máximo provecho y estudiar los secretos de estas fascinantes tribus. Nunca es tarde para volver a Etiopía, pero sé que me ha costado varios años venir por muchos temas, entre ellos el económico.

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El hotel llamado Buska, situado en Turmi,  anda entre dos mundos. Su personal de habla débil y carácter algo perezoso, hace que lo que podría ser un buen descanso, sea una continua espera para todo. Su carácter y el trato con el “farangi”, es una exagerada muestra de desinterés total y más que de un trabajo, a veces parece que sea una condena tratar con extranjeros. Pero tranquilos. Este lugar no queda exento como otros muchos puntos del mapa en lo que se refiere al dinero. Todo lo contrario. Puedes cenar un plato solamente, entrando en el precio dos con postre incluido y encima cobrarte un café. Por mucho que les expliques que casi no has cenado, que no has pedido dos terceras partes de lo que te entraba en el precio, cuando oyen el sonido de las monedas bailando en el monedero, pierden el  norte y todo queda fuera de la lógica. Te contestan que es política de empresa y se quedan tan anchos como lo hicieron cuando te quedaste una hora esperando la cena.  Un suspenso para el Hotel Buska por su poca profesionalidad y su poco tacto al que según ellos, el blanco es “tonto del culo” y debe pagar el triple por todo. No creo que sea ético hacer lo mismo en nuestros países, de hecho no lo hacemos y no sólo por el hotel, sino por el conjunto en general, Etiopía cree que va a llenar sus arcas con el turismo, y quizás saben que no será así en un futuro, y por eso siempre acaben llenándose los bolsillos los de siempre. Ese problema acarrea consecuencias nefastas en la cultura local. Hacen ver y entender que todos los viajeros desean llenar de dinero a todas las aldeas, pidiéndote monedas a todas horas, en todos los lugares y de una manera y siento decirlo, casi vergonzosa. Muchos incluso pierden la dignidad por sacar billetes y no puedes hacer una foto a una persona, no, que va, si se ponen seis, y los apartas para no pagar una foto a seis personas, se empujan, se pelean, para al final acabar posando los seis. Tú con el zoom, coges a dos y tan feliz. El problema es que esos cuatro restantes piden cuentas…

Estando en el norte, ya me dijeron unos españoles que para circular en coche, uno debía ir “untando” a todo el mundo. Si no lo hacías, te negaban el paso. Si no vas con guía, no entras en una aldea. Pero lo que me ha resultado chocante hoy, es ir a un mercado en Dimeka, y haber un individuo cobrando a todos los “faranji” una entrada. Era un mercado como todos lo que hay en el planeta. Un lugar público donde se gestionan compras y ventas de artículos. Ah…y no se te ocurra hacer una foto, que encima vienen queriendo cobrar, por mucho que enfoques a tu compañera. Aquí las discusiones se resuelven con birrs.

Estos aspectos han bajado un punto mi perspectiva sobre Etiopía. Supongo que el calentón y la discusión por el engaño sufrido en el restaurante han hecho disparar todas la alarmas en reposo que tenía activadas inconscientemente. Pero no voy a negar, que los límites de la vulgaridad y mezquindad tienen su hogar en algunos rincones lejanos de nuestra querida Etiopía.

Puede que con esta dura reflexión los amantes de Etiopía se escandalicen, que sus birrs sean menos valiosos que los míos. Cuando viajamos por libre o por una agencia, el dinero es dinero. Para los demás y para ti. Quien no vea esto, quien oponga estas ideas o estos conceptos en esta parte del Sur, es que no ha estado en la Etiopía real. De hecho, el autor Philip Briggs, de la guía oficial de Etiopía, carga muy duro contra todos aquellos que he visto reflejados hoy en mi ruta, intentando engañar sin picardía y con osadía a cualquier turista. Al principio te callas, pero al final, te das cuenta que es un acoso y derribo total.

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