Etiopía sigue a su ritmo. Nada cambia por estas latitudes situadas entre la zona central y sur del enorme país. Sus fuertes acacias, siguen dominando el paisaje. Resistentes, majestuosas y respetadas en el reino animal por regalar sombras en los parajes más desolados, siguen siendo una señal clara de que andamos por caminos del continente más misterioso del planeta.

Al compás del “reage”, hemos ido cruzando carreteras cargadas de vida. Etiopía se vive en la calle de sus ciudades, en sus mercados, en los caminos que separan los pueblos, en los arcenes donde siempre hay alguien esperando no sé bien qué, en sus fabulosas y enormes extensiones, en sus cerradas junglas, donde los niños saldrán de la nada corriendo tras de ti para conseguir una simple botella de agua vacía. En Etiopía, lo difícil es que cualquier acto surgido de las vidas ajenas, pase desapercibido para nosotros.

De una belleza casi insuperable, me hayo entre los lagos Abaya y Chamo, situados en el parque nacional de Nechisar. Desde el hotel situado en una privilegiada colina, diviso ambos, uno con un cambiante color sepia y blanco y el otro de un pálido azul. Entre estos dos y desde mi balcón, veo un puente hecho de montañas bellísimas que llega a separarlos e involuntariamente los dota de personalidades y propiedades distintas. Detrás de toda esta panorámica vista, donde es imposible plasmar en la fotografía tanta belleza, tenemos montañas que se pierden más allá de nuestra vista. Éstas mueren con las nubes lejanas que vienen regando las tierras del este, para dar tanta fertilidad a los cultivos, tan necesarios en una población que roza la pobreza extrema en cualquier lugar que nos movamos. Llegar a los lagos caminando no es factible y más aun teniendo unos cinco kilómetros de densa jungla. Los árboles de distintas variedades, no dejan ver un trozo de suelo. Las puertas debo dejarlas cerradas, por aviso del hotel. Los babuinos son peligrosos y los monos traviesos ladronzuelos. Esto es África.

Con un intento de restaurar la vida salvaje, para que los turistas vengan en masa, el proyecto murió hace unos años. Desconozco si se levantó de nuevo antes de mi llegada y qué motivos surgieron para que lucharan para tal objetivo, si cuando pasamos por la ciudad de Arbaminch, vemos que el descuido de los habitantes hacia la limpieza de sus calles es terrible. Esto da una ventaja egoísta al turista que viene. Con solo 1500 extranjeros al año, puede que el parque quede para ti solito.

El Lago Chamo es el doble de pequeño que el Abaya, pero es el más interesante. Para ir allí, debemos sacar una entrada y contratar a un capitán que nos lleve en bote para poder investigar qué aguardan sus azuladas aguas. Si vamos con un guía, él nos asesorará quién y a qué hora es mejor hacerlo. A parte de sus consejos, podemos optar por subir a las montañas, inaccesibles para muchos turistas si no van acompañados por alguien.

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Etiopía, y no me cansaré de decirlo, hay que hacerlo a mitades. Una parte con guía y la otra podemos hacerla solos. El itinerario lo marcaremos nosotros para no perder esa sensación de libertad de movimientos, pero si vamos a nuestro aire, pasaremos por alto muchas cosas que ocurren delante de nuestras narices. Su cultura, repartida en muchas ramas, no es apta para foráneos. Otras etnias, desconectas del resto del país, quedan incluso fuera de la constitución. Sus derechos se pasan por alto, pero sus obligaciones también. No es extraño, que un joven de una tribu, mate a otro rival de otra etnia. Éste no será juzgado, sino que es tratado con honores por los suyos. Y sí, estamos en el siglo XXI. El sur es lo que tiene.

Con paciencia y ojos abiertos, mientras navegamos, veremos hipopótamos, águilas pescadoras, pelícanos y grandes cocodrilos del Nilo. El tamaño de estos últimos es brutal y la media de muertes anuales, terrorífica. Quince pescadores caen presas de sus temibles fauces.

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El parque en sí, es una gozada de recorrerlo. Los monos guereza, babuinos, cerdos salvajes y encantadores ciervos pequeñitos, llamados “dic-dics” harán que el vehículo se detenga cada poco tiempo para hacer fotografías. El camino sin asfaltar, quiebra la monotonía del paisaje plano, hasta dejarnos casi en las orillas del bonito lago.

Por la tarde, sin demorarnos mucho, hemos ido a ver Chencha, en especial a la gente Dorzae. Como pueblo, no dejan de ser gente dedicada a la agricultura, pero sus casas son especialmente bonitas y parecidas a los “tukul”, tan vistos en Etiopía. Su laborioso trabajo para elaborar una especie de pan con el árbol de la banana es espectacular. Te enseñan todos los pasos y luego te ponen una muestra con dos salsas, una dulce y otra extremadamente picante. Todo esto, acompañado de un terrible licor, fermentado por ellos mismos que sabe a rayos.

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Durante la visita, te enseñaran las cooperativas que llevan, dedicadas al tejido, usando sistemas antiguos para crear las mejores telas de algodón de todo el país. Podrás entrar en las casas con permiso de los propietarios y ver cómo viven realmente. Una voluntad, siempre es de agradecer, para ayudar a los más desfavorecidos.

Los niños en el camino que sube por la empinada montaña, mostrarán sus habilidades bailando y dando saltos. Su meneo del trasero con volteretas incluidas, son inevitablemente un reclamo para cualquier visitante, cayendo en la trampa o la gracia de convertir un polvoriento camino en una divertida anécdota y transformándolo en unas monedas extranjeras que siempre vendrán bien a sus familias.

El agobio con la venta de artesanía por parte de los pequeñajos, roza los límites de la lógica. Aquí un no rotundo de nada sirve. Son capaces de perseguirte durante un kilómetro cantando inalterables precios y productos que te los pasan por la cara. Ese concepto debe quedar bien claro a la gente que quiera ir en general a África. Donde haya posibilidad de turismo, habrá que soportar estas condiciones. Y si no, podréis ser rodeados en un mercado por 20 personas, mirando por ejemplo como mi compañera se compraba un artículo. Le tocaron el cabello sin permiso y parecía que jamás hubieran visto a un extranjero.

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Pero esas cosas empequeñecen si ponemos en una balanza lo bueno y lo malo de un viaje por un país tan pobre como Etiopía. Por lo general, llevando diez días en el país, puedo decir que generalmente todo el mundo te trata con respeto y educación. Nadie nos ha intentado robar, nadie nos ha lanzado una mirada asesina y si ha habido algún problema, ha sido con niños violentos, que al no comprar nada, han golpeado levemente el vehículo en el que viajábamos. El resto, un paraíso por descubrir.

Os pongo un fragmento que casualmente he leído hoy de Javier Reverte. Una referencia en España del turismo por libre en África. Al leerlo, he visto plasmadas en las letras, una verdad innegable.

“El aire se cargaba del inconfundible olor de África: ese perfume que nunca olvidas cuando lo has percibido una vez, ese aroma a piel humana y a basura, a yerba seca, a especias, a café recién hervido y a flores de madrugada, a cuadra y a ceniza, a vida sensual y a muerte que no cesa”

Los caminos de África . Javier Reverte.

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Más imágenes sobre lago Chamo y sus alrededores:

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Desde Arbaminch hostel, podemos disfrutar de unas vistas impresionantes de los dos lagos, separados por un puente natural de montaña Quedarte en silencio y observando lo que África nos regala, es lo normal

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Los Dorzae. Tímidos pero alegres vendedores de posiblemente la mejor tela del país.

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Lago Chamo. Turísticamente explotado pero con la cantidad justa para que no afecte al ecosistema

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Decenas de cocodrilos del Nilo, vigilan nuestros movimentos

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Lavadora Natural

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