Puede que África llame de mucha maneras la atención. Puede que cada país a su manera contenga una única esencia personal. Pero lo que es innegable, es que vayas donde vayas, el continente deja un sello muy particular en tu mente cuando vas abriéndote camino durante un viaje.

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A las seis de la mañana hemos partido hacia Bahir Dar desde Gondar. El viaje ha durado unas tres horas. Sin paradas, sin fotografías, debíamos llegar sí o sí, porque el conductor llevaba prisa. De momento, puedo decir, que la carretera sin apenas vehículos transitando, ha sido una experiencia, que puedo considerar como la mejor del viaje en lo que a paisajísticamente se refiere. Los tupidos campos, alfombrados de infinita hierba verde, chocaba de frente con el horizonte, tan lejano e inalcanzable que sólo el saber que detrás andaba el lago Tana, hacía más dura la espera por verlo. Las montañas que han ido saliendo a nuestro encuentro, han elevado nuestra perspectiva mejorando lo inmejorable, teniendo toda la planicie a nuestros pies.

Bahir Dar, es una ciudad grande, poblada y divertida. Sus mercados diarios, serán una diversión si nos quedamos más de la cuenta. La gente, con un carácter más abierto, te deja seguir tu rumbo sin continuos parones, para venderte algo. Los tuk-tuk, asesinos acústicos, se amontonan en su plaza de Sant George, la más conocida de la ciudad y epicentro religioso para los fieles, que por lo que veo, desde que estoy en Etiopía, lo son todos. A solo un paso, tocamos el Lago Tana, muy conocido por los amantes de África.

Este achocolatado lago, contiene muchas variedades de pájaros, visibles mientras vamos navegando para conocer su península o sus decenas de islas interiores. En ambas, hay que acceder por barco y una manera memorable, para los que tengan la fortuna de hacerlo, es coger el ferri semanal  en Bahir Dar en el sur e ir recorriendo el enorme lago hasta llegar a Gorgora situada en el norte.

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Si vuestro caso es como el mío, contratad un guía oficial a través del hotel. Nosotros hemos podido navegar por el lago, viendo hipopótamos, iguanas gigantes, águilas pescadoras, pelícanos y cormoranes. Pasar al otro extremo de la península y visitar la iglesia de Sta María, es una agradable excursión que apenas cuenta con dos horas de ida y vuelta, con visita incluida a una sencilla construcción muy pobre, pero encantadora. La escuela de los jóvenes novicios, situada a un lateral, es digna de ser vista. Se cobra una entrada en el muelle de las lanchas por la iglesia. No está de más dar algo a los chavales que estudian para ser sacerdotes algún día. La pobreza en la que están sumidos este grupo es muy palpable, viendo las chozas donde hacen sus vidas.

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Antes o después de esta bonita visita, decidle al barquero que os lleve al Nilo Azul. El Gran Nilo, se compone de dos ríos. Uno el Nilo Azul, nacido en el Lago Tana y el Nilo blanco en Uganda. Ambos, se juntan en Sudán, y van enriqueciendo a Egipto hasta desembocar en el Mar Mediterráneo. No  olvidemos que se trata del más largo del planeta. Pues justo al lado, pegado a Bahir Dar, podremos navegar por el brazo abierto que da origen al Nilo Azul. De regreso y si tenéis hambre, yo pararía en un encantador restaurante llamado Lakeshore Restaurant. Es fácil de ver y en calidad y precio casi insuperable. La especialidad es el “Fish foel”, un pescado único en Tana, envuelto en papel de aluminio y servido con verduras. Está riquísimo.

Hay infinidad de iglesias y monasterios en toda la extensión de agua. Es enorme y numeras islas, ofrecen experiencias mejores que la de la Iglesia de Sta María, pero se necesita más tiempo.

Después de ese atracón, hemos pactado el precio y hemos ido a ver las Cataratas del Nilo Azul. Aquí entro en un tema algo delicado, ya que este lugar, convertido hace quince años en un imprescindible, ha pasado a ser una decepción para la mayoría. El motivo, es el corte de suministro fluvial debido a la instalación de una planta hidroeléctrica que deja de amamantar al río, dejándolo algo pobre en la época seca. Incluso en la estación lluviosa, hemos comprobado como las paredes desnudas de la montaña, muestran su antigua y vasta extensión.

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Son 30 kilómetros por una carretera sin asfaltar. Hemos pasado por poblados dedicados a la agricultura y la ganadería. Puede que desde que aterricé en el país, sea la zona más pobre e impactante que haya visto hasta hoy. Los campesinos, las mujeres con sus enormes garrafas de agua, los niños correteando y jugando, no paran de alegrar un camino que preveía erróneamente aburrido.

Una vez lleguemos a la entrada, una pequeña caminata de una media hora, nos dejará en un mirador, de frente a tres imponentes caídas de agua. El camino desde la entrada, es muy bonito, y coincido con mi compañera de viaje, que bien ha merecido la pena. No son las Cataratas Victoria, pero si estamos en Bahir Dar, creo que sería un error no hacer un paréntesis e ir a verlas una tarde.

De regreso, hemos parado en la Plaza San George. Su moderna iglesia, acoge a miles de fieles diariamente. No dice mucho, habiendo visto Lalibela y optaría por pasear por la bulliciosa ciudad. Pese a que la semana pasada hubieron protestas, la situación actualmente se ha calmado. En contraposición de Gondar, Bahir Dar,  es segura y puedes pasear tranquilamente por sus bazares algo chocantes al principio, para ser divertidos al final.

La gente tiene otro aire y se sienten un orgullo muy especial por su Lago, por sus cataratas y por una ciudad que no para de crecer. Los restaurantes son bonitos y los cafés están repletos.

Sólo queda un noche para partir de nuevo hacia la capital y pone rumbo al Sur. En este punto, el viaje se puede complicar mucho. No existen las carreteras asfaltadas y llegar a una tribu supone un gasto de tiempo necesario en un país tan extenso. Pero antes de acabar en la frontera con Sudán, visitaremos algunos parques que nos vienen de paso.

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El norte ha acabado en tan solo unos nueve días.  Pueden dedicarse muchos más días y no perderse la región más al norte de Tigray, donde ancestrales iglesias-montaña, están esperándonos para que las descubramos. Puede que los montes Simien, sean tan impresionantes como difíciles de olvidar o puede que la depresión de Danakil sea una invención caprichosa de nuestra naturaleza por imitar a otros mundos. Todo esto, deberá esperar a un próximo viaje porque el tiempo avanza y el país debo dosificarlo por zonas. Pero vosotros no debéis renunciar a vuestras preferencias. El norte de Etiopía, podría clasificarse como un viaje independiente del sur y hacerlos por separado,  en dos tandas y en años distintos. De esto modo, estoy seguro que nada se os pasará por alto.

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