Aunque suene a tópico, la India no deja indiferente a nadie. Mi firme decisión de ir vino precedida porque unos experimentados mochileros andorranos me habían hablado de las innumerables maravillas que este subcontinente poseía. Por mucho que te digan o la gente te cuente, las sensaciones que recibes al poner tus pies en ese país, son inexplicables.

Aterrizar en Mumbai no es la mejor manera de entrar en el país. Desde Barcelona, cogí un vuelo destino Milán, donde después de varias horas de eterna espera enlacé el avión que me llevaría a una de las mayores urbes, situada al oeste del país. En el aeropuerto italiano, los olores a especias hacían acto de presencia en cualquier rincón de la sala de embarques. Muchos eran lo hindúes que tomaban vuelo para regresar a su patria y yo miraba entusiasmado cómo de diferentes éramos entre nosotros, los hombres con su oscura piel y sus singulares turbantes y las mujeres con sus preciosos saris.

El vuelo fue placentero ya que el avión iba con la mitad de su capacidad de pasajeros lo cual me permitió estirar las piernas y poder descansar de tanta espera e impaciencia de la escala que había hecho en Italia. Mis nervios aumentaban por momentos pensando que iba a estar una temporada en uno de los países más emblemáticos para los viajeros independientes.

Llegué a las doce de la noche y mi mayor preocupación en esos momentos era no tener problemas con el visado y poder entrar sin ningún tipo de problema. Los policías estaban por todos los rincones del aeropuerto y daba la impresión de que estabas en un país hostil con unos marcados tintes bélicos. Sus expresiones eran serias y ese aire autoritario imponía el respeto que voluntariamente querían dar. Daba la sensación que en este país la gente no era bienvenida. Acicalados con sus pálidos trajes militares acompañándoles una soberbia boina que les daba un talante de dignos patriotas, me hicieron pasar a una sala donde en un descafeinado inglés me preguntaron dónde iba y qué hacía en su territorio.   Mis respuestas cortas y concisas convencieron a los presentes de mis verdaderos motivos e intenciones de mi inminente incursión, y dejaron que saliera de la descolorida habitación de seguridad, yendo a recoger mi mochila, abandonada sin compañía alguna en un pasillo del belicoso aeropuerto.

Eran la una de la mañana cuando salí completamente de los controles de seguridad y aduanas, y sabía que esto era el principio de un difícil viaje. Mi poca experiencia por aquellos años me hicieron incluso dudar si había hecho bien en venir solo a este lugar. Cambié euros por Rupias Indias, incrementando cinco veces el volumen de mi cartera, ya que con 500 euros recibí 27.000 rupias. Me vi obligado a dosificar los billetes poniéndolos en diferentes sitios de mi equipaje. Acto seguido me dirigí a una solitaria agencia de viajes donde pude tramitar con mucha dificultad debido al idioma, mis billetes con destino Udaipur. Mi intención era estar cuatro días en Mumbai y salir en avión hacia la romántica ciudad blanca.

Llegó el momento de salir al exterior. Iba avisado de antemano por amigos y familiares que salir del aeropuerto, en esta ciudad era un duro golpe para todos los sentidos, pero no hay nadie preparado para esa mano invisible que te golpea y mezcla en un mortal caldo, el calor, los olores a especias, una humedad tan intensa, que ahogaba con silenciosos suspiros cualquier indicio de bienvenida.

Aquel cultivo de contaminación como recibimiento, alertó a todos mis sentidos, poniéndolos a flor de piel. En cuestión de dos minutos mi cuerpo se había empapado de sudor, agobiado por los taxistas que vieron en mí a un sorprendido turista más, conseguí llegar y contratar al primero que me ofreció sus servicios, yo con mi guía de mano, le puntualicé como pude en mi renacido inglés que pusiera rumbo al barrio de Colaba.

Poner rumbo a Colaba, era una decisión fácil, sabiendo que Mumbai es la ciudad más cara de la India, debía decidirme por algo muy económico, céntrico, bien comunicado, que tuviera personalidad propia y muchos alojamientos de precios modestos. El desaliñado taxista, que tanta energía empeñó en convencerme a que alquilara su destartalado vehículo ni me dirigió la palabra en todo el camino. Desde el aeropuerto hasta el barrio de Colaba habían aproximadamente unos 30 kilómetros de distancia, que mezclados con el caótico tráfico nocturno, uno podía llegar a superar las dos horas de trayecto. Yo no paraba de sorprenderme, eran cerca de las dos de la mañana y no paraba de ver miles y miles de personas caminando por las principales calles que daban cobijo a unos enormes suburbios en las afueras de la ciudad. Me preguntaba una y otra vez -¿pero dónde van?, ¿por qué duermen en las aceras?, ¿dónde me he metido Dios mío? . Entendía que en una ciudad de casi 17 millones de habitantes, debía haber gente a todas horas en las calles, pero me resultaba surrealista ver personas salir de todos los rincones, brotar de todas las esquinas, gente que hacían sus vidas como a pleno día, comiendo, comprando, durmiendo, rostros con la mirada perdida sin saber realmente donde ir y qué hacer. Pensaba en todo lo que había leído y escuchado de la primera impresión al llegar a este inimitable país, y puedo asegurar que yo jamás pensé quedar tan impactado por muy consciente y preparado que fuera.

Mumbai es el motor económico de la India y también ostenta el más enorme centro cultural cinematográfico del mundo, más comúnmente conocido como “Bollywood”. Presume de ser una ciudad en pleno y eterno auge, queriendo emular a una inalcanzable Singapur. Posee zonas verdes donde poder disfrutar del más afamado deporte indio: el criquet que ha sido durante décadas el deporte rey, importado desde la Inglaterra durante su colonización. También es afamada por tener unos suburbios que se extienden por toda la periferia, siendo conocidos por sus reputadas y temidas mafias sólo equiparables a sus insultantes niveles de pobreza. Podríamos hablar de la mayor extensión de barrios pobres construidos por chabolas del mundo. Campesinos de toda la India, escapan de sus aldeas hacia la ciudad intentando evitar el duro golpe de la pobreza y el hambre, tomando esta vía como una única y desesperada salida a la continua sequía que sus cultivos y ganado sufren continuamente año tras año. Estos pobres desafortunados ven en Mumbai, una oportunidad, un sueño que al cabo del tiempo llega a convertirse en una utopía, la cual se encarga de dejar peor a muchos de lo que estaban cuando llegaron cargados de ilusiones y nuevas esperanzas. Es sencillamente el día a día de una ciudad que nunca duerme.

Después de buscar y preguntar por todos los oscuros rincones de la ciudad, mi chófer encontró el lugar elegido para hospedarme. Me quiso llevar la mochila a recepción esperando su propina, yo siendo nuevo allí no sabía si debía o no debía darle o cuánto darle, por su blanca sonrisa llegué a pensar que le había dado demasiado. Llegar al hostal después de atravesar los suburbios y media ciudad, sumado al cansancio de tantas horas de vuelos fue sencillamente duro. Su nombre era Berlley´s Hotel, y estaba situado en una sombría y tétrica calle escondida de la avenida principal de Colaba. Decidí darle una oportunidad al hotel, pensando que de noche esa y todas las calles de la ciudad serían iguales y que el sol del nuevo día me haría ver las cosas de otra manera.

El recepcionista del hotel, resultó ser el dueño. Acostumbrado a recibir a viajeros de mi clase, ni se inmutó ante mi presencia, manteniéndose en todo momento cabizbajo con su mirada pegada al televisor, sólo se dignó a levantar la vista para contar los billetes que costaría mi estancia. La habitación era enorme, con un aspecto algo deplorable, invadida por la suciedad y con un ventilador que mantenía un continuo pulso contra la gravedad dando tumbos en el techo para no desplomarse. Era curioso ver el contraste de los preciosos y detallados muebles coloniales con el desaliñado y mugriento color de las paredes. Iba avisado por mis amigos de la conocida dureza de los colchones que a lo largo del camino me podría encontrar, pero ahora podía decir comprobándolo previamente a puñetazos, que las camas eran como piedras. Creo que no sería una buena idea, hacer una guerra de almohadas en cualquier hospedaje Indio, pudiendo causar un homicidio involuntario. Por muy cruel que fuera mi cama, no pudo combatir contra mi cansancio, quedándome dormido a los pocos minutos de haberme acostado. Un nuevo día me esperaba en cuanto abriera de nuevo los ojos. Quizá viera de modo distinto las cosas una vez superara el mal humor y la lasitud que llevaba encima después de tanto tiempo viajando.

Me desperté con el nuevo día cargado de renovada energía. La noche fue mi mayor antídoto contra la extenuación de la anterior jornada. Demasiadas emociones, demasiados cambios en tan corto periodo de tiempo. Ahora un poco más adaptado al horario y con el sueño parejo, podía empezar a caminar y visitar diversos puntos que había planeado con anterioridad y poder conocer, ver y sentir a Mumbai, que esperaba mi llegada para poder mostrarse ante mí tal y como era.

Salí del hostal henchido de ilusión, esperando una iluminada, limpia y soleada mañana, pero el golpe fue devastador. La calle que la noche pasada fue un debate interno en mi mente de si debía darle una oportunidad, se vino abajo. Incluso me parecía más triste con los rayos del sol, siendo éstos los que me mostraron lo que las sombras en la noche anterior me ocultaron. Paso a paso iba dibujando el camino hacia lo desconocido, sintiendo temor ante la visión de un barrio marcado por la suciedad y la miseria. El olor a orín y excrementos era tan penetrante que debía sacar fuerzas para combatir las nauseas de mi estómago. Esa zozobra, unida al tratamiento de paludismo preventivo que empecé a tomarme en ayunas, hizo de mi estancia en Mumbai , un crudo recuerdo acompañado de fuertes dolores en mis intestinos. Pensé ir caminando desde Colaba al puerto donde partían los barcos a los lugares más turísticos, así podría llegar a ver la cara más amable de la ciudad, donde mi color de piel no difiriera tanto y poder poco a poco habituarme al hecho de sentirme tan diferente al ser observado continuamente por la gente. Empapado en mi propio sudor, llegué a la Puerta de la India. Este monumento de tintes coloniales se alzaba con orgullo en forma de arco del triunfo. Se concibió en el pasado para recibir al rey Jorge V en el año 1911. Antes de existir los aviones intercontinentales, muchos fueron los que utilizaron este puerto como entrada al país. Los recién llegados tocaban tradicionalmente a este centinela inerte del mar, palpando así su llegada a la India, pudiendo nosotros en el presente tocar sus piedras y poder rememorar o imaginar, cuántas manos propietarias de tantos sueños habían tocado este monumento a la esperanza en un pasado no tan lejano. Giré mi cabeza para poder contemplar a unos metros detrás de mí, el majestuoso Taj Mahal Hotel, considerado uno de los más lujosos del país. Viendo este increíble edificio construido en 1903, por un magnate parsi en respuesta a la prohibición de su entrada como huésped en un Hotel Europeo debido a su color de piel,   uno se da cuenta que en esta gran ciudad, la diferencia de contrastes es abismal.

Después de dejarme el dedo clavado en el disparador de mi cámara, dirigí mis pasos a los muelles donde debían estar las embarcaciones que me pudieran llevar a Isla Elefanta, mientras iba caminando, decenas de comisionistas me asaltaban y agobiaban para que les comprara el billete, a veces resultaba imposible seguir adelante porque ellos mismos te cerraban el paso, haciendo de su insistencia, una situación realmente abrumadora. Un anciano me pintó la frente y me ató dos pulseras tintadas en rojo y amarillo en mi muñeca izquierda, me pilló desprevenido pero supongo que eso formaba parte de su modo de vida: coger inadvertidos a los turistas con las miradas menos avispadas, buscando la mejor forma de huir de allí. Llegué a los transbordadores comprando un billete de ida y monté en la embarcación y esperé a que se llenara para poder salir. A lo largo de los años y de muchos viajes por toda Asia, uno debe aprender que los horarios no existen, que lo único que marca las salidas de cualquier transporte, es el dinero, y hasta que no se venden suficientes pasajes, nadie sale, pudiendo en cualquier momento anular la partida por falta de viajeros. Ese no fue el caso de mi barco en Mumbai, ya que rodeado de turistas hindúes, salimos rumbo a Isla Elefanta. El barco iba poco a poco rompiendo las aceradas aguas del mar, el cielo estaba cubierto por una tenue capa grisácea que impedía ver el horizonte, y la hora y media que tardó en llegar el barco, a mí me pareció una eternidad.

Isla Elefanta es un punto turístico que debe ser visitado a quien le guste la historia o sencillamente el arte antiguo. Sus cuevas están salpicadas de esculturas y relieves, pudiendo con un poco de imaginación viajar en el tiempo y llegar a reconstruir en nuestras mentes, las historias de los Dioses Indios que tanto apasionan a millones de personas en el subcontinente. De sus orígenes se sabe muy poco, los historiadores creen que su nacimiento data entre los años 450 y 750 d.c. Fueron los portugueses que dieron nombre a la isla, y también los responsables de hacer añicos muchos fragmentos de este colosal puzle de la religión hindú, practicando tiro al blanco, contra las esculturas, mientras estuvieron acuartelados allí con un destacamento.

El desembarque en Isla Elefanta no pudo ser más decepcionante. Con un tren turístico condenado al fracaso y que nadie cogió, seguí caminando por el largo camino que había desde el barco a la entrada del parque. A mi izquierda y a mi derecha, veía pequeños barcos encallados en el lodo marino, parecía como si la marea del mar un día hubiera decidido marcharse para no regresar jamás. En esas barcas que en un principio creí abandonadas pude observar sorprendido a gente viviendo, haciendo sus quehaceres diarios en las cubiertas, como tender la ropa, hacer la comida, también advertí como las necesidades las hacían sencillamente asomando sus cuerpos al borde del barco. Aquella visión me planteó una pregunta muy sencilla – ¿cómo saldrán de allí estando rodeados de lodo en medio del fangoso mar?- Mi respuesta quedó en el aire.

Siendo prácticamente un novel viajando, pensando que la ilusión podría con todo, me vi desanimado, desarmado y sin argumentos, reconociendo mi error y diciéndome a mí mismo que hay cosas que uno no puede controlar. Poco sabía yo por aquel entonces, que el viaje sería la experiencia más salvaje e inverosímil que haría en mi vida.

Al final, la visita bien mereció la pena y me sentó realmente bien salir por unas horas de Mumbai. Tantas emociones de golpe debían ser racionadas y un paseo por este bello lugar me puso de nuevo en la onda, dispuesto a volver y plantar cara al viaje.

El retorno a la ciudad fue más placentero, hipnotizado por el sonido del motor caí en un profundo sueño que sólo se vio roto por la llegada al muelle de desembarques. Empezaba a oscurecer y todo empezaba a parecer distinto. La ciudad empezaba a brillar con sus luces, y una renacida Mumbai empezaba a rugir. Las miradas de los vendedores se acentuaban al intuir un posible comprador. Llevaba un día sin comer nada debido a la imprudencia de tomar medicación preventiva contra la malaria con mi estómago vacío y eso me hizo no probar bocado alguno. Decidí que más tarde me obligaría a comer por muy desalentadora que resultara la visión de los recientes puestos callejeros. Fui a darme una ducha al hotel, de esta manera me espabilaría y sobretodo me refrescaría de la húmeda calor que llevaba todo el día pegada a mi cuerpo. Salí en busca de un restaurante occidental para poder bautizar mis tripas con mi primera comida en el país. Debía hacerlo, pero cuando poco a poco iba caminando por las calles de ese singular barrio de Colaba, me olvidé por completo de alimentarme, al ver maravillado cientos de pequeñas tiendas, vendiendo todo tipo de artículos. Allí, delante de mis ojos, pude ver otra ciudad que la noche anterior me había sido vedada por la hora de mi llegada. Iba caminando mezclándome entre la corriente humana que como un río te arrastraba. Compré un despertador en un pequeño callejón, apartado de la multitud y es que por mucho que prepares tu mochila, hay siempre cosas que olvidas en tu casa y yo necesitaba poder marcar mi despertar día tras día, sin depender de un despistado recepcionista de pensión barata. Poco a poco el mercado iba ensanchándose y los vendedores como aves de rapiña escudriñaban a cualquier comprador vulnerable. Los agarrones, los gritos y la ilimitada insistencia de éstos, hacía que un tranquilo paseo por los comercios,   se convirtiera en una batalla continua por avanzar sin ser sobresaltado continuamente.

Después de deambular como un sonámbulo por las centelleantes calles del vivo mercado, decidí comer en una parada de comida rápida donde di sosiego a mi sufrido estómago, calmando el dolor y la angustia de tanto tiempo en ayunas. Agotado, caminé el largo camino que había hecho casi sin darme cuenta hacía el hostal, y una hora después me encontraba en la cama pensando y escribiendo en mi diario, lo que el día me había mostrado. Poco a poco iba acostumbrándome al continuo sofoco que mi cuerpo sufría, provocado por la calima del entorno, y que a duras penas me regalaba en contadas ocasiones un soplo de aire fresco.

Mis siguientes días me enseñaron varias cosas de esta peculiar sociedad. Me obligué a moverme por diferentes zonas para no llevarme una falsa impresión de la ciudad, pero era tan enorme y heterogénea, que haría falta vivir varios meses para conocerla de verdad. Si sabes empaparte de su gente, disfrutas de sus olores, sus comidas y sus extremos contrastes, puede que tu corazón pellizque algo de su esencia. Decidí visitar el minúsculo museo Mani Bhavan, aconsejado por unos jóvenes australianos que conocí en el hostal. Esta pequeña construcción formaba parte de la reciente historia de la India, dando cobijo a Mahatma Gandhi durante sus visitas a Mumbai entre los años 1917 y 1934, y fue un punto de partida donde se empezaban a germinar muchos de los acontecimientos hacia una lucha del pueblo contra el colonialismo. La habitación donde en un pasado se alojó el guerrero de la paz, seguía intacta, pudiendo ver fotografías de su vida así como documentos originales, los cuales iban a escribir un nuevo futuro para el país.

Escribir de Mumbai o de India conlleva tener la obligación de mencionar la vida que llevó Mahatma Gandhi, llamado en realidad Mohandas Gandhi, ya que el nombre de Mahatma como comúnmente lo conocía la gente significa en sánscrito, “gran alma”, título hindú otorgado por el pueblo a este caballero de la lucha a favor de la igualdad en un mundo puesto del revés.

Nació en la ciudad india de Porbandar el 2 de octubre de 1869. A la temprana edad de 13 años, se vio obligado a casarse mediante un matrimonio concertado por sus padres con una niña llamada Kasturba, de su misma edad, con quien llegó a tener cuatro hijos. Marchó a Inglaterra, donde en Londres pudo estudiar las leyes regresando de nuevo a la India en 1891 con su título como abogado y así poder ejercer la profesión en Mumbai.

En un par de años tuvo que ir a Sudáfrica como asesor legal de una firma india en Durban. Fue entonces y en aquel lugar, donde encontró el clima de rechazo hacia los inmigrantes indios, negándoles las libertades civiles y los derechos políticos. Decidió luchar en contra de las desigualdades y a favor de los derechos de sus compatriotas permaneciendo en Sudáfrica veinte años durante los cuales estuvo preso en varias ocasiones.

En 1896, fue brutalmente apaleado por sudafricanos blancos, dándole motivos suficientes para declarar la política de no cooperación y crear el movimiento de la resistencia pacífica. En 1914, ya cumplidos ciertos objetivos en África, como el reconocimiento de los matrimonios o la exención de impuestos municipales, Gandhi regresó a su India.

Un año después fundó el Congreso Nacional Indio, con un objetivo tajante y claro; Independizar a la India de los brazos británicos. Viendo que el Imperio no cedía a sus peticiones después de cinco años, decidió empezar un programa de resistencia pasiva, desobediencia civil y boicot a los productos británicos. Con esa actitud y sus hechos, poco a poco fue ganando millones de adeptos por todo el país. Esto implicaba que a menudo hubiera altercados entre la población y la policía, negándose los primeros a desbloquear ciudades que eran continuamente cortadas. Aquellas movilizaciones dieron como fruto, numerosos arrestos a Gandhi por parte de las autoridades, siendo puesto en libertad con prontitud por miedo a una rebelión en gran masa por parte de sus fieles seguidores. Desalentado por sus continuos fracasos de conseguir la independencia, decepcionado con la violencia que estaba generando su movimiento, decidió dejar la política en 1934. Pese a dejar formalmente el congreso, tuvo el poder absoluto gracias a un pueblo que confiaba ciegamente en él.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el gobierno británico concedió la independencia a la India, no exenta de ciertos requisitos, como el compromiso por parte de la futura nueva democracia de arreglar las diferencias entre el Congreso Nacional Indio y la Liga Musulmana. En contra de su voluntad, se creó un nuevo estado para separar a los musulmanes de los hindúes y de este modo evitar ciertas controversias que empezaban a minar la paciencia del Imperio Británico. Con la creación del país que hoy conocemos como Pakistán, Gandhi creyó ingenuamente en la posibilidad de lograr la paz, siendo en el pasado una utopía. Hoy en el presente, sigue teniendo el carácter de un territorio hostil, el que recorre la frontera entre ambos países. Una vez separados los musulmanes, la India se declaró oficialmente independiente en el año 1947.

El resto de la vida de Gandhi, estuvo dedicada a intentar lograr la paz entre hindúes y musulmanes. En Calcuta los disturbios hacían presagiar lo peor, Gandhi realizó un ayuno hasta que la violencia cesó. En 1948 inició otra huelga de hambre en Nueva Delhi para promover la paz. Poco después de acabar este último ayuno, mientras se dirigía a su habitual rezo de la tarde, Gandhi fue asesinado por un extremista hindú llamado Vinayak Nathura, que se oponía a las reformas que defendían a la minoría musulmana.

Defensor de los más desfavorecidos, hombre de paz, ayudaba a los intocables, la casta no reconocida más baja de la India, poniendo entereza en sus creencias y convicción en sus ideales de paz entre las castas superiores llegó a conseguir, de ellos, unos iguales a ojos de la sociedad.

Caminar por donde estuvo este gran personaje histórico no me dejó impasible. Recordaba cuando era niño, como en mi escuela me enseñaron la vida y los logros de este carismático artista de la bondad humana. Sus frases célebres me acompañaron durante mi infancia y adolescencia, recordando todavía algunas:

-No hay caminos hacia la paz, la paz es el camino.

-No dejes que muera el sol sin que hayan muerto tus rencores.

– Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego.

Otras las recuperé de mi libro que me servía de guía, alguna de las cuales me impresionaron:

-Si quieres cambiar el mundo, cámbiate a ti mismo.

-Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala, es el silencio de la gente buena.

-Todo lo que se come sin necesidad se roba al estómago de los pobres.

-La violencia es el miedo a los ideales de los demás.

– La verdadera educación consiste en obtener lo mejor de uno mismo, ¿qué otro libro se puede estudiar mejor que el de la humanidad?

Una mañana me propuse ir a ver la actividad comercial que había en un barrio cerca del puerto marítimo al sur de la ciudad porque la anterior noche me habían informado por casualidad de este impactante espectáculo que no dejaba de ser el día a día de un pueblo. Todo consistía en ver cómo los más desfavorecidos hacían la compra en los mercados del pescado. No podría olvidar durante mucho tiempo, lo que paso a paso iba viendo, como en cada esquina, las escenas de indigencia eran continuas. Capté como delante de mí pasó un camión cargado de basura, dónde docenas de mujeres tapadas con sus saris iban corriendo detrás para poder coger algo de comida, el olor era tan hediondo que tuve que hacer esfuerzos para contener mi angustia, era una situación límite para esas madres, tener que correr descalzas por el abrasador asfalto de la ciudad con el deplorable propósito de tener comida a un precio a mi entender muy alto. Seguía caminando y el número de niños pidiendo limosnas aumentaba por momentos. El alcantarillado de las calles estaba embozado, y no paraba de manar agua sucia, un agua que no dejaba de salir de las tripas de la ciudad, esta situación hacía que el caminar fuera una muy difícil prueba de destreza, saltando de un lado a otro. Esa mañana estuve a punto de desistir y volverme de nuevo a la zona donde me alojaba, pero siempre he pensado que para palpar y entender un poco a la gente de donde uno decide estar hay que ver los mercados donde todo el turismo desaparece y sólo queda lo que realmente hay.

Llegué al sitio dónde me había propuesto, viendo como el lugar se convertía en un hervidero humano donde la multitud compraba y regateaba los precios como si la vida les fuera en ello. Era una especie de gran lonja del pescado pero a nivel particular, donde cada pequeña tienda hecha a base de cartones se convertía en un punto de subasta donde el más acalorado discutiendo era el que conseguía el precio deseado. Llevaba varios días en Mumbai y me estaba acostumbrando a pasos menguantes al olor, pero allí era muy penetrante, no habiendo ni neveras ni hielo, donde alojar y mantener fresco a un pescado que minuto a minuto se iba pudriendo.

Una de esas noches decidí comer algo en un famoso café del barrio. El lugar se llamaba Café Leopoldo y según información de la que disponía era un muy buen punto de encuentro para gente occidental, personas viajeras, un lugar donde cambiar impresiones y poder recoger consejos de otros viajeros para proseguir mi recién empezado periplo. El café era un restaurante precioso, decorado al estilo persa y ambiente oscuro, la gente era de todos los lugares del mundo y pensé que no había visto tantos rostros pálidos en todos los días que llevaba en Mumbai. Me embargó una sensación extraña de seguridad y alivio el hecho de estar rodeado de extranjeros. Allí conocí a un grupo de cinco personas que estaban sentadas en una mesa, sacando de esas conversaciones valiosas advertencias,   consejos e informaciones que a lo largo de mi aventura iba a utilizar más de lo que pensaba o deseaba. Pero lo que más me empujó hacia delante fueron los ánimos de dos irlandeses cuyos nombres no recuerdo. Estos auténticos campeones de la cerveza, me dijeron que la aventura de la India se hacía muy dura al principio, pero que poco a poco esa sensación de surrealismo que me invadía a todas horas, se iría transformando en aceptación, para acabar siendo en una parte fundamental del viaje. La buena impresión de aquella noche compartida, me sorprendió regalándome el secreto de empezar a aceptar donde estaba y a disfrutar más de las cosas, ese regalo ya no me abandonaría en todo el viaje.

La madrugada que partía para el aeropuerto, hice llamar a un taxi desde la recepción del hostal para no ir justo de tiempo, no quería perder mi primer vuelo. Salí con mi mochila a cuestas y vi mi supuesto vehículo sin conductor. Yo me preguntaba dónde estaría el hombre, y cuando llegué a la parte delantera lo vi acostado y durmiendo encima del capó. Lo desperté, él con un gesto de apatía me saludó, se lavó la cara con una botella de agua y con sus dedos a modo de cepillo se lavó los dientes. El camino de vuelta al aeropuerto ya no era como el de ida, poco a poco había ido cambiando el chip de mi cabeza y los miedos que tuve al llegar hacía varias noches había desaparecido. Otro lugar y otra gente que conocer me esperaban.

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