Eran aproximadamente las cinco y media de la mañana, cuando el operario del tren, entró anunciando nuestra llegada a destino. Yo con el sueño pegado en mis ojos, hice mi mochila, encendí un cigarro en ayunas y esperé que la estación se despejara. Siempre he hecho lo mismo, esperar unos largos minutos cuando he llegado a un nuevo lugar, para evitar el acoso de taxistas y comisionistas. La estación de Jaisalmer nada tenía que ver con la imponente estación de la pasada noche, allí era todo tranquilo y pausado, sin apenas gente en las vías, daba la sensación que había salido de la India para recalar en otro país. Cuando salí al exterior, el sol no había asomado todavía sus barbas y apenas había luz, pero pude ver una cincuentena de coches esperando al último cliente del tren de Jodhpur. A las seis de la mañana estaba yo discutiendo precios y direcciones por mi ya más acostumbrado manejo sobre la cuestión en un nuevo círculo de conductores. Decidí ir a una pensión en los extramuros del fuerte, aconsejado por diversos artículos en los que leí, que alojarse dentro era mucho más romántico, pero que ello contribuía al hundimiento de la infraestructura debido a la presión, además yendo solo como iba, de qué me servía ponerme melancólico en un lugar ideado para las parejas de recién casados.

No recuerdo el nombre del hostal en el que estuve, sólo sé que era del color pardo que vestían las murallas del fuerte, ocultándose entre las estériles tierras de la región, las habitaciones al precio que me costaron (unos 10 euros por noche), eras dobles, éstas tenían el encanto y la decoración típica de Rajastán, con lámparas de tela, con bordadas imágenes de colores vivos en sus puertas, sus paredes desnudas y sin pintura presumían de elegancia y originalidad. No había cristales en las ventanas, y daba la sensación que estabas durmiendo dentro de una muralla. El lugar era sencillamente fantástico, barato y estaba muy limpio.

Me estiré un rato en la cama y mis pensamientos empezaron a hacer un balance involuntario de lo que había dejado atrás y lo que me iba a encontrar a mi regreso. Venía de una relación estable en mi país donde todo me parecía asentado y planeado, cortando mis sueños de raíz, al principio decidí sacrificar mis ideales y apostar por un camino previsible, para darme cuenta al final que aquella situación no me llevaba a ningún lugar, quise compartir con la que iba a ser mi mujer mis metas, mis sueños, mis viajes, pero su incomprensión fue irónicamente comprensible, jamás llegó a entender que quisiera vivir al día, sin labrarme un futuro que pudiera no llegar jamás, estancándome en un presente, o como dijo John Lennon: “la vida es aquello que te va ocurriendo mientras andas ocupado planificando tu futuro” o “dirás que soy un soñador, pero no soy el único”.

Siempre fui un asalariado común, el cuál sintiendo fe en el amor y en una futura familia, me vi atrapado como tantos españoles en una hipoteca que al final tuve que pagarla solo. Apenas llegaba a final de mes por aquellos tiempos, y si soy sincero, aún hoy en día después de ocho años de mi viaje a la India, me sorprende cómo he podido estirar tanto mi humilde pero orgulloso sueldo para poder realizar mis viajes y evadirme de mi grisácea vida. Esos viajes que me han convertido en la persona que hoy en día soy. Muchas veces uno piensa que toca fondo por diversos problemas que van surgiendo, pero después de haber caído tantas veces en un pozo sin fin, la luz acaba asomando por algún rincón y por instinto de supervivencia uno acaba siendo algo más optimista. Resulta tan sencillo salir adelante viendo las maravillas que este mundo nos aguarda en cualquier esquina…

Vivía en un gran pueblo costero, donde era vulgarmente feliz conviviendo solo, donde mi tiempo y espacio eran repartidos entre mi egoísmo y mi soledad, aún así, analizándolo fríamente, me sentía bien. No necesitaba de nadie, mi dolor en la ruptura con mi pareja me dejó hundido y aislado, con el total convencimiento que sólo yo podía ayudarme, mi familia siempre estuvo ahí pero mi independencia y orgullo me condenó al olvido, era un precio que debía pagar, mi nerviosismo y el querer conocer lugares donde jamás pude ir, no ayudaban en el apoyo de mis seres queridos. Aprendí con el tiempo a aceptarme a mí mismo, superando con dificultades mis angustias y miedos, ahora sin ataduras sentimentales podía empezar a conocer el mundo que me rodeaba, desconectando de todos los consejos e incomprensiones por mis allegados sabiendo sin importarme que desde lo más recóndito de mi alma algún día, todos mis pecados se verían afectados seriamente.

Mi cabeza volvía de nuevo a planear sobre aquella cama en la India, mis recuerdos volvían a hacerse humo, volviendo lentamente a la realidad, así sin rebuscar más de lo debido en mi pasado, arranqué de nuevo. Una buena ducha me despejó por completo poniendo todos mis sentidos de nuevo en su lugar, después salí y hablé con el propietario del hostal, el cual me indicó de qué manera visitar la ciudad. Ellos disponían de un Jeep destartalado pero que a fin de cuentas te podía llevar a cualquier sitio. Quedé con la pareja italiana en una de las entradas del fuerte para hacer una primera visita a la ciudad y de paso poder comer algo caliente después de tantos kilómetros de tren por el Noroeste de la India.

La historia de Jaisalmer no está exenta de eventos y conflictos, desde su fundación en 1156, la ciudad deriva de las canciones y cuentos de los bardos. Los marajás de Jaisalmer, remontan su linaje al jefe del clan Rajputa de los bhattis, Jaitasimha, y estos a su vez atribuyen el suyo propio a Krishna.

Los siglos XIII y XIV fueron conflictivos, ya que por falta de ingresos, los gobernantes, recurrían a continuos saqueos. En el siglo XIV, el emperador de Delhi, Ala al-Din Khalji, mandó una expedición con el objetivo de recuperar un tesoro que los Bhattis habían logrado robar a una caravana que iba camino a la capital imperial. Fue tan rotundo en su afán de victoria que el fuerte de la ciudad quedó sitiado durante nueve años, cuando la derrota se olía ya en el aire, tuvo el acontecimiento llamado el Jauhar (suicidio masivo): las mujeres de la ciudad se lanzaron al fuego y los hombres con sus túnicas azafrán partieron en busca de una muerte segura. El hijo de Jaitasimha, llamado Duda, héroe de los Bhattis, murió en esa batalla. Con el paso de los siglos, fueron muchos los gobernantes de la ciudad, haciendo relaciones mediante matrimonios concertados con los temidos mongoles, prestando favores a los musulmanes en sus batallas para ganar el favor de ellos en un futuro no muy lejano.

Los posteriores jefes, siguieron llenando las arcas con el robo de ganado, y con métodos algo más ortodoxos, como el cobro de impuestos a las caravanas que atravesaban su reino camino a Delhi. Famosos por su valentía y su carácter traicionero, lucharon y se desangraron para proteger sus territorios.

Entre el siglo XVI y XVII, la privilegiada ubicación de la ciudad aportó numerosas riquezas, haciendo de enlace entre las caravanas que iban entre Asia Central y la India, esto tuvo mucho que ver con las casas construidas por mercaderes en un pasado, que hoy se podían contemplar en la ciudad,

El declive total de la ciudad, vino acompañado del auge en las rutas marítimas. Una vez conseguida la independencia, la partición del país y el corte de las rutas comerciales hacia Pakistán sentenciaron a muerte este enclave en medio de la nada. Sólo fue en apariencia, porque en el año 1965 y 1971, las guerras entre Pakistán y la India, pusieron de manifiesto la importancia estratégica militar de la ciudad. Hoy en día podemos ver como turistas y soldados de la base militar comparten esas yermas tierras. Siendo el turista el principal sustento de los comerciantes, éstos se ven continuamente afectados cuando entre los dos países nacen tensiones, haciendo que la ciudad se quede vacía y que nadie en su sano juicio quiera ir a pasar unos días de vacaciones a una zona bélica y peligrosa.-

Yo pude estar relajado y tranquilo, ya que la situación entre los dos países estaba en pausa, aunque lógicamente sabía que existían tensiones porque me habían informado que el aeropuerto estaba cerrado hacía mucho tiempo porque el espacio aéreo era propiedad militar.

Pese a esas diferencias entre los pasos fronterizos, Jaisalmer me pareció desde un principio una ciudad encantada, un lugar donde la historia se veía sin leerla, tan solo paseando entre sus muros y casas podías imaginarte cómo era la vida hace unos siglos. Dejándome llevar por una abrasadora brisa que barría y envolvía el ambiente huraño de sus ornamentadas casas, podía llegar a creer que estaba en la ciudad de “las mil y una noches”, podía ver con ilusión, que allí, en medio de la nada, existía la India que todos esperamos encontrar desde niños con sus míticos cuentos y sus inolvidables canciones.

Decidí tomármelo con calma y relajarme paseando tranquilamente por sus intrincadas y estrechas callejuelas. Allí en un restaurante nepalés, hice mi primera comida acompañado por la pareja italiana que había conocido en la inolvidable terraza de Jodhpur. Era un lugar idóneo para mochileros, sin ser ostentoso, se envolvía de un estilo involuntariamente hippie sin ser forzado, los platos que ofrecían resultaban ser realmente económicos. Mientras calmábamos las demandas de nuestros estómagos, íbamos planeando cómo visitar la ciudad y sus alrededores juntos para rebajar nuestro reducido presupuesto, compartiendo transportes y guías locales. Uno debía adaptarse a lo que fuera para poder tirar adelante y no gastar más de lo que llevaba encima. En esa comida, descubrí que ellos estaban mucho más receptivos conmigo y ese lazo invisible que une a viajeros que jamás se han visto con anterioridad, empezó a dejarse notar. Me contaron innumerables aventuras que habían vivido a lo largo de muchos años con sus mochilas a cuestas por todo el globo. Yo absorto en sus explicaciones, empezaba a volar e imaginar cuántos viajes debería hacer para poder sentarme en una mesa y poder rememorar con orgullo e ilusión lo que ellos ahora con tanto énfasis me explicaban.

Era tanta la información que quería obtener, que mi mente procesaba continuamente y decidía cual iba a ser el siguiente viaje, cambiando cada cinco minutos de opinión y eligiendo nuevo destino.

Nunca he tenido claro cuál va a ser mi siguiente paso, y siempre decido mi viaje unos tres meses antes de comprar cualquier billete a cualquier rincón del mundo, pero siempre me ha influenciado mucho lo que a lo largo de mis años como viajero, me han ido contando los innumerables compañeros que he ido encontrando a lo largo del camino. Creo que cada lugar tiene algo especial, algo que te llevas dentro para toda la vida, pero a veces resulta difícil elegir dónde pondrás tus pies el siguiente año. Los consejos y opiniones de la gente más experimentada uno los acaba valorando mucho, y parte de mis decisiones vienen tomadas porque me he dejado aconsejar muchas veces por los mochileros más veteranos que haya conocido. Nunca me ha decepcionado nada de lo que he visitado, a veces los lugares, no son lo que esperamos que sean, pero con mucha ilusión es muy difícil que algo te defraude.

Fuimos a visitar Gadi Sagar, un majestuoso estanque, situado al sur de las murallas. En el pasado abastecía a la ciudad de agua y sus orillas en la actualidad están copadas de pequeños templos y capillas. Había un pont que atravesaba la carretera y llegaba al estanque, según cuenta la leyenda, una famosa prostituta lo construyó, sin permiso de su soberano, insistentemente y tras varios fallidos intentos de propuestas al marajá, se lo denegó rotundamente alegando que él mismo tendría que pasar por debajo y ese acto no podría permitirse resultándole degradante. En un descuido estando ausente, la mujer erigió el acceso y construyó además un templo dedicado a Krishna en lo alto para que no se atreviera a derribarlo a su regreso.

Estuvimos haciendo fotografías disfrutando del paisaje, donde la vista caía hasta fundirse con el horizonte, todo era desierto, pudimos comprobar por las infortunadas aguas que la sequía acechaba desde hacía muchos meses al país estando el estanque a media capacidad. Nos recomendaron paseos en barcas, pero la falta de agua hizo que el pobre barquero ese año cerrara su forma de ganarse la vida. Me sorprendió el poco turismo que había en uno de los emplazamientos más habituales de los alrededores de la ciudad, parecía que aquel año el turista había decidido ir a ver otros países en los que la falta de agua no fuera un problema.

Los días que estuve en la ciudad pude disfrutar de su variada gastronomía internacional, visitar sus intrincadas callejuelas pobladas de torpes y perezosas vacas que posaban en medio sin intención alguna de moverse, de sus maravillosos havelis[1] que le daban ese aire místico a la ciudad del desierto, de sus buenas gentes que pese a su insistencia inagotable a que les comprara algo, sonreían por cualquier gesto dirigido hacia ellos. Recuerdo lo grata que fue la compañía de Leo y Elisa en aquellos días tan melancólicos hoy para mí, pero la guinda del pastel la puse cuando decidí contratar un camellero para explorar el desierto del Thar.

Cuando ya llevaba dos días en la ciudad, decidí contratar la excursión desde mi hostal, allí me dijeron que la haría solo debido a la baja ocupación turística, aún así, costándome más caro, para mí seguía siendo barato. Me llevaron en un Jeep a un poblado, para encontrarme con el que iba a ser mi guía por el desierto. Allí en medio de la nada, esperando un par de horas, descubrí un pequeño pueblo, que bien se podía pasar por alto desde la lejanía por el color de sus casas que se fundían con los tonos del desierto. Poco a poco fui avanzando sin ver a nadie, de repente una mujer, me vio, metida en su casa, con disimulo se tapó la cara, seguí avanzando lo que a mí me parecían imposibles viviendas, por su reducido tamaño. Allí en la esquina de un solar, me di de bruces con una docena de niños, todos sorprendidos acudieron a mí, movidos por la curiosidad y el descaro que sólo la infancia nos regala. Estuvimos riendo y haciendo fotografías para posteriormente enseñárselas en mi pantalla de la cámara, entre fascinados y nerviosos, pude retratarles, pude jugar con ellos unos quince minutos, contagiándome de sus risas. Apenado tuve que regresar de donde había venido para no perder al que iba a ser mis oídos y ojos en el desierto. Me invadió una pena física, casi dolorosa al ver cómo vivían, no entendiendo mucho, qué hacían con su tiempo allí donde jamás parecía correr. Con sus pequeñas manos alzadas se despidieron de mí, deseándome en su desconocido idioma, lo que yo supuse, un buen viaje.

Mi camellero ya estaba en el punto acordado, aunque con un poco de retraso. Me presenté, y él se presentó, mentiría diciendo su nombre porque realmente no me acuerdo, pero su hijo de unos doce años, aprendiz de oficio, hablaba algo de inglés y sería nuestra compañía en la travesía. Llevábamos dos camellos, uno lo montaba yo, aunque lo guiaba mediante una cuerda el chico, y el otro iba a merced del padre, parecía que camellero y camello se conocían a la perfección, de sus innumerables viajes y noches a la intemperie, porque iban como flotando, sin embargo mi torpe camello iba dando tumbos a las órdenes del pícaro aprendiz. El paisaje, desolador, abrasador y solitario, llenaba misteriosamente el espíritu de bienestar.

Los desiertos para mí siempre han sido cautivadores, donde la mente se abre y puedes ver mucho más de lo que tus ojos te permiten. En Namibia, en el suroeste de África, donde estuve caminando por el desierto del Namib durante horas, pude saber, que los lugares de la tierra donde más uno podía encontrarse consigo mismo, “perdiéndose”, eran los desiertos. Tuve esa sensación en el Thar de la India, pero siendo un caminante novel por esos parajes, lo asemejé a la casualidad o sencillamente porque mi alma estaba en paz en ese mismo instante, pero ahora sé que no es así, recuerdo como caminando por Namibia hace unos años por las anaranjadas y férreas arenas del que se considera unos de los desiertos más antiguos del mundo, pude ver, pude sentir la misma emoción que percibí en el Thar Indio. Pude tocar la calma, la paz, el silencio y esa sensación de que todo está bien, surgió desde mi interior, dibujando en mis labios de nuevo una sonrisa.

Paso a paso, nuestros camellos iban dibujando el camino en las suaves dunas, el calor desaparecía, la luz del sol, con timidez y rencor, daba paso a la luna, los tonos de las pardas tierras iban adquiriendo otros colores, como si allí en medio de la nada, la misma “nada”, quisiera maquillarse para mí, poniéndose sus mejores galas. Pude ver desde la cumbre de una pequeña duna, como el día se marchitaba, solo, en silencio, alejado de mis camelleros mirando el horizonte como si éste tuviera respuestas a muchas preguntas que me hacía desde mucho antes del viaje sobre mi vida, intuyendo por la calma que a veces el propio silencio, era la mejor de las contestaciones, ahora sí sentía en todos los poros de mi piel que la comunión entre la dureza y la magia del Thar estaba presente en mi corazón. Había sido bautizado con mi primer desierto en un punto muy alejado del mapa, un punto inexistente para mí hacía unos meses y que ahora mismo me parecía el lugar más importante del mundo.

Padre e hijo, encendieron una pequeña hoguera, calentando un delicioso arroz que traían de su casa ya cocinado, el hijo, con su limitado pero atrevido inglés me dijo que cuando fuera mayor, él quería estudiar, que en el arte de las lenguas yacía su futuro laboral, que su padre le enseñaba el oficio por si se temían lo peor y al muchacho no podían enviarlo a estudiar a la ciudad. Me decía con un entusiasmo apropiado a su edad, que quería ser guía turístico, que en su ciudad natal, rica parada entre fronteras en el pasado, sólo ahora podía subsistir, gritando a los cuatro vientos que los turistas vinieran a visitar su mágico Jaisalmer. Yo de algún modo, le dije que lo que ahora estaba haciendo, en parte cumplía parte de sus sueños, enseñando al turista cómo moverse por el desierto mostrando la cara más amable de ese furioso entorno, él, sonriendo pícaramente, me dijo que lo sabía, pero que estando allí no podría llegar a aprender a leer ni a escribir, sino que sólo hablaría inglés como el resto, de oído, y que su futuro no pasaría por detenerse en un desierto al lado de dos camellos y su padre. Me sorprendió la madurez y la lucidez de sus joviales sueños de porvenir, que tan limitados y temerosos son cuando nos convertimos en adultos.

Allí, bajo un chispeante cielo negro, abrazados por la noche, reconfortándonos con el calor del fuego, el padre miraba fijamente al infinito, como esperando que algo o alguien viniera de la oscuridad a robarnos la tranquilidad, yo preocupado pregunté al hijo, dándome como respuesta, que todo buen guía del desierto cuida de sus clientes, vigilando que nada perturbara el descanso ajeno.

– ¿Qué peligros pueden existir en un sitio donde no había visto alma alguna?- pregunté alarmado.

El chico con aire despreocupado me miró con ternura y me dijo que no me preocupara, que las serpientes del desierto eran cosas de las que ellos se encargaban. Con ese final de conversación y con un protocolario cigarro de buenas noches, me fui al saco de dormir. Dormí profundamente, apenas me desperté un par de veces en toda la noche, con la hoguera como testimonio de que la noche y el frío aún hacían acto de presencia. Los dos camelleros se turnaron para vigilar y poder dormir.

Eran aproximadamente las cinco de la mañana cuando un té con leche bien caliente me esperaba como preludio a los buenos días. Lo agradecí profundamente, y seguimos el camino que nos tenía de devolver al poblado del anterior día, donde alguien supuestamente, iría a buscarme para llevarme de vuelta a la ciudad. El amanecer nada tenía que envidiar al atardecer del desierto, empañado por el sueño me supo a menos que el anterior día pero igual de bonito y especial. Apenas asomar el sol sus cabellos de luz por el horizonte pusimos a hacernos camino para llegar antes del mediodía a nuestro destino. Aquella mañana, recuerdo que pocas palabras pudieron salir de mi boca, estaba absorto en mis pensamientos, planteándome cosas de mi vida que jamás me había planteado, un cambio de trabajo, un cambio de residencia, buscar nuevos sueños que cumplir ya que los viejos los dejé pasar hacía mucho tiempo. No estaba triste, sino que mi mente se sentía liberada y fluían mis pensamientos a raudales sin golpearse los unos con los otros. Sabía que esa breve salida al desierto que en un principio no quería hacer, se iba a convertir en mi punto de referencia durante el viaje cuando viera que la soledad o las dificultades me pusieran en aprietos. Ensimismado en mis cosas apenas oía lo que mi nuevo amigo “el aprendiz”, me contaba, hasta que me dije a mí mismo; ¡basta ya!, ¡no pienses en lo que pudo ser o será y vuelve a tu viaje!, así pude volver al mundo de los vivos y volví a entablar conversación con el joven que más de una vez se preguntaría ¿cuándo despertará este señor?. Cuando llevábamos una hora de recorrido, empecé de nuevo a meterme como el anterior día, en la piel de un imaginario nómada que atravesaba las infernales arenas del desierto del Thar en busca de la ruta más famosa del comercio que existía en el pasado entre las dos fronteras y hoy en la actualidad muerta y enterrada bajo metros de arena.-

Llegamos a una aldea donde el sol nos saludaba dándonos su mortal abrazo desde su posición más alta en el cielo blanquecino, cansado y medio deshidratado como estaba estreché mis manos en la de mis ya buenos amigos los camelleros, dándoles una buena propina en señal a sus buenos servicios. No sé cuántas salidas harían al mes, pero pensé que esto de ser guía en un desierto el cuál no da tregua a nada ni a nadie debía ser muy duro. Aquel aprendiz me dio una lección con sus sueños inquebrantables y sus ilusiones un tanto imposibles debido a su rígido entorno, me cautivó la intacta pureza del brillo en sus ojos al mirar hacia un futuro que pintaba mucho peor que el de muchos de nosotros que tanto acabamos quejándonos sin valorar lo que realmente tenemos. Cualquier rincón de este mundo por muy alejado o solitario que nos parezca nos puede servir para aprender algo de nosotros mismos que tanto dejamos pasar por alto en nuestras vidas tan acomodadas y acostumbradas a no pensar tanto.

Entré en Jaisalmer, la ciudad con sus dos brazos rocosos en su entrada me recibió como a un hijo que vuelve de lejanas tierras tras días o meses de camino. Con 60.000 personas que habitaban en la ciudad, parecía que nadie por sus calles ahora quería andar, hartos de perder sus luchas cuerpo a cuerpo contra el tórrido sol del Thar, preferían quedarse refugiados bajo las sombras que sus casas les aportaban. Con razón andaba solo entre sus calles. Paso a paso fui llegando al hostal para prepararme y partir hacia un nuevo destino, una nueva ciudad donde aposentar mis bultos e intentar con todas mis fuerzas contagiarme de la ilusión que “el aprendiz” involuntariamente tanto grabó en mi corazón.

La despedida con mis amigos Italianos fue algo dura. Estuve tan solo con ellos unos cinco días, pero la conexión fue total, ellos seguían su ruta hacia el sur del país hasta acabar sus días en las doradas playas de Goa, yo debía intentar seguir mi camino por el norte para acabar en el Nepal. No sabía muy bien cómo estaban las cosas en las fronteras de la India y Nepal ya que semanas anteriores a mi viaje, unos activistas radicales pusieron en jaque a los cuerpos de seguridad poniendo varios artefactos explosivos en Katmandú causando víctimas mortales. Trataba de no pensar en ello y seguir el viaje hasta Benarés dónde ya me informaría de la nueva situación.

Con mi mochila de nuevo en la espalda, cogí el tren nocturno hacia Jodhpur. Tal como vine hace unos días ahora regresaba con una inmensa alegría al saber que las cosas las estaba haciendo bien. Ahora empezaba a dejarme llevar por el viaje y las situaciones, ya no estaba tan asustado como al poner por primera vez mis pies en Mumbai.

En el tren poco tiempo me dio a escribir unas palabras en mi diario de viaje, ya que el sueño venía golpeando fuerte, cuando quise darme cuenta ya andaba de nuevo por los andenes de Jodhpur a la busca y captura de otro tren que me llevara a Jaipur.

[1] Residencias en arenisca esculpida, construidas en el pasado por los mercaderes adinerados de Jaisalm

 

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