No es de extrañar que a más de uno lo pille desprevenido y Salento, pequeña localidad del Eje Cafetero, atrape al viajero durante unos días.

Atrás quedaban las jornadas por el desierto de Tatacoa con duros golpes de calor, bajo un sol inclemente.

Ahora, encontraba un cambio tan radical delante de mis ojos, que las áridas tierras, se convertían en fértiles y tupidos campos sembrados. El calor ausente en esas latitudes, daba protagonismo a las tardes frescas, húmedas y el olor… el olor…. ¿Cómo olvidarlo?… Un olor a naturaleza, a tierra húmeda, a vida…

Ya desde mi llegada, hice hincapié en buscar un buen hostal. Un lugar, donde reponerme de las quemaduras en la piel sufridas en Tatacoa. Al principio estuve vagando de puerta en puerta, preguntando por habitaciones disponibles. La falta de planificación, la inexistente conexión en Neiva de internet, me hizo imposible prever una reserva a tiempo.
 
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Iba con mi guía en mano, preguntando por todos los hotelitos que tenía subrayado en fosforito y no había manera de encontrar una cama decente.

A medida que iba alejándome de la plaza principal, las ofertas iban surgiendo, pero a un precio alto, y con unos dormitorios compartidos, que aunque viajando solo pueda chocar, evitaba a toda costa.

Quería una habitación individual, con un cuarto de baño. Quería desaparecer entre unas sábanas desconocidas y abrigarme en mis pensamientos. Ya tendría tiempo de hacer amigos durante mi viaje y sino ocurría, tanto daría.

Cuando hace dos décadas, empecé a vagar por el planeta, mi juventud me impulsaba a compartir albergues y veladas memorables. Los baños compartidos, no suponían un problema. Los ronquidos ajenos tampoco, aunque los míos causaban risas y estragos en más de uno. Pero ahora, con cuarenta años, pasé de ser un mochilero a un viajero independiente.
 
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¿Cuál es la diferencia para mí? El concepto es el mismo, pero ahora prefiero descansar bien, acomodar mi culo en un escritorio y escribir mi diario hasta caer rendido, sin pausas, sin molestos ruidos. Si quiero conversación, cojo y me voy a las zonas comunitarias y entro a cuchillo a cualquier desprevenido para sacarle información sobre su viaje, sus inquietudes y su vida. Resulta curioso como acabas conociendo a la gente mientras viajas. Muchos te cuentan cosas que estoy seguro, no contarían ni a sus más allegados. Abres el corazón y a menudo dices las cosas sin restricciones porque sabes que esa persona acabará desapareciendo de tu vida y un desahogo, una confidencia te hace cómplice de alguien que lo más seguro jamás vuelva a cruzarse en tu camino. A eso los llamo, los amigos esporádicos. Surgen de la nada, en cualquier hostal, museo, templo o restaurante. Acabaréis siendo uña y carne durante días. Compartirás tu comida, tu habitación y tus inquietudes, pero sabiendo en lo más profundo de tu corazón, que es parte de la magia de viajar. Y así, por arte de magia, desaparece de tu vida.

Aquellos días en Salento, calaron en mí. Conocí a un montón de viajeros. Puestos a conversar y entrenar mi inglés, no paraba de preguntar a mi paso como un vendaval, de dónde venían y a dónde se dirigían. Las respuestas fueron tan disparatadas como distintas. Unos llevaban siete meses viajando por América, otros se conocieron en Cuba y siguieron su viaje juntos por Suramérica hasta acabar con los ahorros de toda su vida, una curiosa pareja recién enamorada, se conocieron en Brasil y estaba compuesta por un alemán y una israelí, convirtiendo un solitario viaje en una historia de amor con un más que dudoso final. Conocí norteamericanos que se habían mudado al eje cafetero, para huir de la inseguridad de su Detroit y Chicago… ¿Cómo que huyes de Estados Unidos para refugiarte en la segura Colombia?… Increíble…

Pero aparte de conocer decenas de viajeros independientes acomodados y mochileros que sobrevivían con lo puesto, pude también conocer esa parte de Colombia que en un principio y por cuestiones logísticas no iba a hacer.

¿Qué hacer en Salento?

Salento, es un pueblo diminuto. Apenas cuenta con 4000 habitantes y está situada a 24 kilómetros al noreste de Armenia. Su situación privilegiada cerca del Valle de Cocora, hace que este pintoresco pueblo sea una base perfecta para la exploración de toda la zona cafetera de Colombia. Sus transportes menos frecuentes que en las grandes urbes como Pereira, Armenia o Manizales no son problema alguno a la hora de contratar un vehículo para visitar lo más impresionante de sus valles.

Dedicado a la producción de café a una escala pequeña y a las piscifactorías de truchas, Salento ve con picardía que el turismo es un buen método para que el pueblo siga prosperando, abriendo preciosos restaurantes y detallistas tiendas dedicadas a diversas artesanías. Su punto neurálgico, su bonita plaza central, donde con sus cantinas ancladas en el pasado, abrazan a los turistas y residentes con preciosas canciones al atardecer, sonando a todo volumen, dando a este lugar, uno de los toques más románticos que haya visto en latino américa.

Quien no se enamore en Salento, lo tiene muy difícil …

Sus “dos animadas calles”, van a un mirador, donde unas escaleras emulan la pasión de cristo. Cada determinado número de escalones, podemos ir mirando en qué faceta se encontraba Jesús. Al finalizar la subida, coincidiendo con la muerte y resurrección, podremos ver el pueblo a nuestros pies. El atardecer no se olvida fácilmente. Pero el secreto mejor guardado de este pueblo, no está a la vista de todos, sino en la otra parte del mirador, donde una pequeña cuesta a unos diez minutos andando, te lleva a uno de los mejores miradores que descubrí en el viaje.

Vallado en madera, podemos observar todo el valle. Su Nevado, el pico más conocido de Colombia, surge entre las gargantas verdes, como si impusiera su ley, gritando con furia, que el más alto sigue siendo él. El pico debe su nombre a sus perpetuas nieves y en los claros días brilla con una fuerza casi dañina para la vista.

La gastronomía, no deja indiferente a nadie. Colombia, no se caracteriza por tener restaurantes repartidos por las principales ciudades del mundo. De hecho la cocina es muy variada, pero internacionalmente poco conocida. En las frondosas tierras cafeteras, el pescado de agua dulce es el plato principal y una bandeja (menú), cuesta unos 7000 pesos (2,5 Euros).

Los mochileros más ahorradores saben buscar los mejores comedores y debes estar atento a los lugares más llenos, para entrar, preguntar y comer. Yo lo hice y la experiencia fue muy grata. No hubo un día que comiera mal. Salento no sólo me robó el corazón, sino que se quedó también con mi estómago.

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Mi primera noche fue de adaptación. Mi cabeza no concebía que estuviera en Colombia. Todo era demasiado perfecto. La seguridad, como sucediera en el sur, era absoluta. Quería arrancar con un circuito libre al día siguiente para poder conocer los secretos del oro colombiano: Su café.

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