Cuando hace dos décadas, empecé a vagar por el planeta, mi juventud me impulsaba a compartir albergues y veladas memorables.

Los baños compartidos, no suponían un problema. Los ronquidos ajenos tampoco, aunque los míos causaban risas y estragos en más de uno. Pero ahora, con cuarenta años, pasé de ser un mochilero a un viajero independiente.

¿Cuál es la diferencia para mí? El concepto es el mismo, pero ahora prefiero descansar bien, acomodar mi culo en un escritorio y escribir mi diario hasta caer rendido, sin pausas, sin molestos ruidos. Si quiero conversación, cojo y me voy a las zonas comunitarias y entro a cuchillo a cualquier desprevenido para sacarle información sobre su viaje, sus inquietudes y su vida. Resulta curioso como acabas conociendo a la gente mientras viajas. Muchos te cuentan cosas que estoy seguro, no contarían ni a sus más allegados. Abres el corazón y a menudo dices las cosas sin restricciones porque sabes que esa persona acabará desapareciendo de tu vida y un desahogo, una confidencia te hace cómplice de alguien que lo más seguro jamás vuelva a cruzarse en tu camino. A eso los llamo, los amigos esporádicos. Surgen de la nada, en cualquier hostal, museo, templo o restaurante. Acabaréis siendo uña y carne durante días. Compartirás tu comida, tu habitación y tus inquietudes, pero sabiendo en lo más profundo de tu corazón, que es parte de la magia de viajar. Y así, por arte de magia, desaparece de tu vida.

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