Sin ser fotógrafo, ni pretender serlo, la afición por viajar te brinda oportunidades y momentos únicos. Durante mi visita a Myanmar (Birmania), capté esta instantánea en el maravilloso Lago Inle, un lugar que difícilmente podré olvidar, siendo uno de los puntos más fuertes durante mi camino por el maravilloso país.

Siempre he sostenido que la gente atraviesa etapas en su vida diferentes y que a menudo las aficiones afloran. Pero tal y como vienen se van. Por supuesto, la fotografía forma parte de este vaivén continuo que el ser humano quiere probar por si tiene un don especial. Yo no lo tengo, lo admito y me quedo tan ancho.  Aunque una gran mayoría caen y otros se quedan metidos en el mundillo con más pena que gloria, son una minoría los que de verdad captan la esencia de los viajes en un instante.

Sin tenerlo ni quererlo, disfruto viajando e intentando captar lo que mis ojos perciben. Es complicado. La mayoría de los casos, jamás una fotografía capta lo que estás viviendo. Exenta de movimientos, olores y ruidos, es difícil por no decir imposible, plasmar en un microsegundo todo lo que pueda ofrecerte un momento mágico.

Los hay que sí, que tienen ese don, donde sacan de una imagen, las mil palabras que tanto oímos en el dicho.

Sabiendo mis importantes carencias en un mundo que cada día es más competitivo y accesible, conseguí enviar mi momento a Nikon, ganando por sorpresa mi primer concurso de fotografía mensual con un pésimo premio y la anulación total para poder publicarla el resto de mi existencia en otros concursos. Ellos se hicieron propietarios de los derechos de la imagen, pero yo fui el dueño de ese maravilloso momento, una tarde de agosto, en algún lugar de Asia, con tres simpáticas niñas, regalándome sus inocentes y sinceras sonrisas.

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