Mi gran viaje había empezado. Delante de mí sólo había ilusión y ganas de conocer tres países. Pero entre esos tres, el que más me llamaba era Birmania. Ya habría tiempo de indagar en los caminos de Laos y Vietnam. Ahora mis pies se dirigían a las aduanas del aeropuerto de Yangón, con mi visado estando cerrado herméticamente a cualquier visita imprevista.

¿Merece la pena quedarse en la antigua capital Birmana?

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A vista de pájaro. Con su gran pagoda como punto de referencia en toda la ciudad.

Siendo objetivos…sí. Es una ciudad enorme y muy dinámica. Recordemos que a efectos diplomáticos, Yangón ya no es la capital de Birmania como muchos piensan, la actual se llama Naipyidó.  Puede que nos sorprendan los edificios destartalados y en algunas calles, parece que un huracán se lo llevó todo y ha dejado los esqueletos de lo que en un día tuvo hormigón. Pero no desesperemos en una primera visita. Dicen que la primera impresión es la que queda. Ese dicho no es válido en el mundo de los viajes.

La Yangón diurna, hierve de vida con sus mercados exteriores. Sus templos, con sus pagodas son escasos, aunque suficientes para no acabar colapsados en el inicio de nuestra aventura,  como puede suceder en Japón o Tailandia. A la ciudad más grande del país  hay que andarla y respirarla, mezclarse con sus encantadores habitantes que no dicen nunca nada fuera de tono, salvo si se nos ocurre tocarle la cabeza a un niño, siendo una parte considerada sagrada,  pura y donde reside toda la energía.¡¡¡ Ojito!!! con hacer fotografías a los chiquillos tan encantadores. Siempre es bueno y educado pedir permiso aunque nos lo nieguen continuamente.

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Destartalada y sucia, pero al mismo tiempo dinámica y divertida. Yangón bulle de vida.

Yangón no acaba donde marcan la frontera sus mercados. Tengamos en cuenta que cinco millones de personas la habitan, aunque una vuelta por ella, nos hará hacernos la pregunta que yo me hice ¿Dónde se meten?

La Yangón nocturna difiere mucho de la diurna. Con las calles sin un alcantarillado cerrado, con  unos importantes boquetes que podrían hacer que uno cayera por un abismo, deberemos poner atención y andar por calles transitadas. A menudo la noche trae consigo las almas perdidas que con el sol se cobijan en las sombras. No es de extrañar que veamos en las calles haciendo sus necesidades a una población que dista muchísimo de asemejarse a sus gigantescos países vecinos.

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Vemos como el alcantarillado es un auténtico desastre. Cuidado donde pisas de noche!!!!

Las calles principales del centro son una buena opción para cenar. Sobre todo Chinatown, que aunque nos alejemos de la gastronomía local, podemos degustar exquisitos platos en plena calle.  Puede que encontremos a occidentales en algunos lugares, pero yo no me crucé con ninguno en los tres días que anduve por la ciudad birmana.

En fin. Podríamos perdernos en detalles sobre Yangón, pero basemos nuestro tiempo en visitar lo primordial e inequívocamente interesante.

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Verde entre asfalto. Yangón posee preciosas zonas verdes bien cuidadas entre tanto cemento. Tengamos en cuenta que pisamos tierras altamente fértiles

Lugares imprescindibles:
-La gran pagoda llamada Shwedagon Paya
-El Mercado de Bogyoke Aung San
-Alucinar con la arquitectura del centro colonial, que cualquier día se viene abajo
-Dejar los mapas en la mochila y callejear por los lugares más animados. De este modo, nos quitaremos estrés de seguir itinerarios y podremos empaparnos (a parte de la alta humedad), de un ritmo de vida algo distinto a las otras capitales asiáticas.

Os garantizo que el pistoletazo de salida desde Yangón, es una buena manera de tomarle el pulso al país. Todo lo que venga a partir de nuestra visita a la antigua capital, será más pausado y puede que más intenso.

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Encantadores en todo momento, los monjes budistas son un continúo encuentro durante todo el viaje.
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