La cultura de la ciudad, ofrece un interminable abanico de posibilidades para no aburrirse jamás. Sus ancestrales callejuelas, su famoso puente de Carlos, su iglesia de San Vito, el Gran Palacio, el famoso reloj astronómico o su animada plaza, son escusas sobradas para hacer una visita obligada al menos una vez en la vida. Pero la capital esconde muchísimo más. Sus tabernas son dignas candidatas a competir con los típicos itinerarios turísticos. La cerveza, símbolo inequívoco de la República Checa, es fabricada en muchos lugares por los propios dueños de los locales. La oferta es infinita y el ambiente que tan frío y distante aparece por las calles al doblar cualquier esquina, se enciende de alegría dando una cálida bienvenida a cualquier consumidor.

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     Evitando al Euro, la Corona Checa reina en todos los negocios. Atrasando un inminente cambio que traerá en el futuro más carencias que beneficios, el Checo puede relajarse bebiendo a precio de risa. Sólo hace falta decir, que una jarra de medio litro (pinta), cuesta menos que una agua mineral.

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     Su río Moldava, despliega con sus aguas chorros de vida, dividiendo a la vez, la ciudad en dos, dando lugar a una frontera que es unida por sus emblemáticos y bellísimos puentes. El más conocido, el puente Carlos, el segundo más antiguo del país y el primero de la ciudad. Las historias de siglos pasados cruzaron el río por este  viaducto, y hoy podemos pasear viendo sus imponentes esculturas con un aire misterioso y tétrico. La noche cuando cae sobre las aguas, dota al puente de un ambiente romántico pudiendo ver las imponentes vistas de ambos lados del río.

 

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