En un par de meses, nos vamos a Taiwán. Después de estar entre varios destinos, la decisión es irrevocable. Puede que mi salto desde Etiopía a España con salida inminente de nuevo a Asia, me deje apagar momentáneamente esa sed que siento por mi querido y predilecto continente.

Después de haber viajado por China hace unos años y no dejarme caer por esta peculiar isla, creo que es hora de conocer la fascinante historia que la envuelve. Mezclando dos culturas tan distintas como paralelas, el chino y el japonés, se fusionan en una pequeña extensión de tierra fértil y abrupta,  que se deja mecer por las aguas del Mar de China.

Huyendo como cada año de las feroces campañas navideñas que invaden nuestras vidas, sigo queriendo evitar ver como el consumismo, se hace latente en cada esquina. Las familias se reúnen en torno a un manjar de descomunales dimensiones, mientras vamos celebrando una fiesta religiosa, rememorando el nacimiento de un líder revolucionario,  que fue y será el pilar del cristianismo.

Como de costumbre y mientras los años vayan corriendo, estoy seguro que la identidad de estos festejos, pasará desapercibida y al final, sólo las siguientes generaciones disfrutarán o sufrirán, unas conmemoraciones en familia, cargadas de hipocresía donde el pistoletazo de salida para gastar dinero desenfrenadamente en regalos, rozará los límites más ilógicos que uno pueda imaginar. Las tarjetas bancarias, quedarán bloqueadas, muchos andarán pagando a plazos durante meses, presentes comprados a otros, que ni se se molestarán en valorar o usar.

La cuestión, desgraciadamente es quedar bien y  seguir el camino que nos dictamine nuestra agenda, eludiendo nuestros deseos más profundos, cohibiéndonos hacer lo que realmente deseamos. La Navidad, hace unos años acabó para mi, cuando un año tras otro, quedábamos menos personas en la mesa de las celebraciones, acabando siendo el mismo número que un domingo cualquiera. ¿Qué sentido tenía continuar con esta farsa? Ninguno. Eso me llevó a preguntarme si odiaba la Navidad.

Me crie en un colegio católico. Por supuesto que no la detesto. Cada religión debe ser respetada por ateos, opositores o agnósticos. El respeto mutuo siempre debe ser el pilar central de nuestra sociedad, pero eso no significa que debamos todos cumplir a rajatabla las festividades en los lugares donde el catolicismo impera.

Desde la muerte de mi padre, la navidad es triste. Hombre viajero y soñador, decidió hace mucho que la familia debía estar unida todo el año y no sólo para unas fechas que un absurdo almanaque decidía. Por eso, después de que se fuera hace dos años, sellé el poder emprender cada diciembre una nueva aventura, desentendiéndome de todo y de todos para descubrir nuevos lugares poco visitados y poco dados a que los turistas los visiten en estas fechas tan señaladas.

El año pasado decidí que fuera Corea del Sur. Este año me costó horrores decantarme por un país o continente. Buscaba algo distinto, pero sencillo por la falta de tiempo. Tan sólo diez días viajando por libre, es un intervalo muy corto si te metes en complicados lugares donde el transporte merma y las distancias se alargan. Así, que después de mirar vuelos y lugares, de coger un atlas y hojearlo sin rumbo alguno, decidí dejarme caer por TAIWAN.

¿Por qué Taiwán? La respuesta es otra pregunta ¿Por qué no? Desde que decidí hacer este tipo de viajes relámpago hacia lugares tan remotos, me cuestioné muchas veces si el dinero invertido en el pasaje era coherente. Mi viaje por Corea durante 11 días, me demostró una vez más, que no hay mejor hueco para dejar caer tus ahorros que el conocer un país nuevo con unas costumbres diferentes y una cocina brutal. Corea a lo suyo fue un desparpajo de última hora. Sin planificación y con un buscador de vuelos como fuente de inspiración, empecé a darle a las teclas,  para ver hasta donde me llevaba el dinero que tenía.

Este año, la cosa ha sido distinta pero no más buscada. Después de tantos viajes, llega un momento, que los países que van quedando por tachar son menos. Las selecciones son más remiradas y debo reconocer que la mayoría de las fronteras que me quedan por cruzar suelen ser las más caras y turísticas del planeta. Claro que me iría al Caribe a descubrir las Bahamas o por qué no ir a las Islas Seychelles. No estaría de más perderme en la Polinesia francesa. Pero el límite en estos grandes viajes,  no lo pongo yo, sino que lo pone mi bolsillo, haciendo inviable hacer ese gasto cuando mis salidas anuales superan a menudo los seis países.

Sea como sea, creo que hay que conocer todo lo que uno pueda en esta vida. Taiwán, puede que sea una referencia,  como reza el título de este post, como una gran factoría, que durante generaciones ha ido fabricando todo tipo de dispositivos electrónicos y que todos nos hemos criado viendo en muchos productos el típico “Made in Taiwan”.

De una cosa estoy seguro. Que estando allí, me dejaré llevar por la gente y que a diario escribiré en la página, para informar al siguiente viajero que lo pise, lo que no debe perderse. La base de nuestra web, no es una estructura de programación o unos artículos escritos con cuatro fotografías,  sino  que son un cúmulo de sueños hechos realidad por todos vosotros.

asia

*fotografías realizadas en el barrio chino de Singapur.

 

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