Shanghái fue nuestro primer contacto con China. Escogimos la ciudad de una forma algo azarosa pues fueron unos billetes de avión a buen precio los que nos hicieron decidir. Al ser la primera vez en viajar a un país dónde sabíamos que con el inglés poco íbamos a hacer, decidimos buscar a alguien que nos hiciera de guía por la ciudad y sus alrededores. Siempre hemos viajado por libre por lo que tampoco queríamos contratar a una agencia para que nos organizará, pero sí a alguien que nos lo hiciera más fácil. Por aquellas fechas, impartía un curso en un máster internacional en la universidad y tenía como alumnas a varias estudiantes chinas que generosamente me buscaron un contacto de habla española. Yann era una exestudiante del anterior curso que había regresado a su país y aún no había encontrado empleo. La situación era perfecta, ella seguía practicando el español, y nosotros  podíamos conocer su ciudad sin dificultad. Sin duda fue una buena elección, gracias a ella vimos mucho más de lo que hubiéramos podido ver y conocimos una perspectiva de la ciudad y del país contemplándola, también, a través de los ojos de una oriunda. Entre muchas cosas, nos enseñó lo más práctico y necesario, movernos ágilmente con el metro pues los taxis, aunque son muy baratos,  uno pude perder los nervios por el exagerado tráfico. No es para menos, Shanghái es una urbe de más de 24 millones de habitantes y su sobrepoblación se palpa en todas partes.

Es la ciudad elegida como modelo a seguir por muchas otras ciudades del país, pero por sí  misma es irrepetible. Su historia, su ubicación y el orgullo de sus “triunfadores” ciudadanos  por sentirse shanghainéses, la hacen tan distinta, que no permite comparación.

Visitar emblemáticos lugares de referencia era la misión que se había propuesto Yann para mostrarnos su ciudad. Sin duda hay visitas que, aunque turísticas, son de obligado cumplimiento. Contemplarla desde sus dos más altos rascacielos y pasear por un suelo de cristal a tropecientos pisos de altura o ver de noche, desde el Bund, su skyline iluminado situado en la zona del Pudong, son espectáculos para no perderse. Pero nosotros también queríamos descubrir otros rincones  de la ciudad que se escapan a lo establecido por su interés más popular; y con este deseo empezamos a sorprender a nuestra guía. Ella se esforzaba especialmente en hacernos ver todo aquello de lo que presume su ciudad y no acababa de vislumbrar nuestro interés por lo poco común. A medida que fuimos entablando confianza, entendimos que ella sentía formar parte de esa población china que se cree modelo de la modernidad, y que tan bien representada se encuentra en Shanghái, por lo que comprendimos sus propósitos y  sus reticencias. Ejemplo de ello era la distancia que mostraba  cuando nosotros, con buena voluntad, nos acercábamos  a las muchas personas de la china rural que, como buscavidas, se acercan a los turistas ofreciéndoles suvenires de poco valor. La ciudad está llena de estos “mendigos” nacionales, que por su origen campesino son mal vistos por sus compatriotas “cosmopolitas”.

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Pasear por la ciudad antigua, donde aún se conserva parte de sus orígenes es muy interesante, a pesar de su aglomeración turística. También lo es el barrio  de la Concesión francesa, pues a éste le han  sabido sacar partido manteniendo su espíritu occidental y respetando sus edificaciones de los años 30, convirtiéndolo en un una especie de centro comercial y gueto para los occidentales desplazados por trabajo a esta ciudad. Como anécdota, relatar que una noche, tras cenar en uno de sus restaurantes internacionales, cogimos un taxi de vuelta al hotel, y el taxista tras indicarle a dónde nos dirigíamos, nos preguntó  por nuestra nacionalidad, para acto seguido ponernos una grabación de Julio Iglesias y hacernos tatarear con él “soy un truhan, soy un señor”. El hombre tenia un gran repertorio de música, que nos confeso adecuaba al origen de sus pasajeros. Con esta curiosidad uno puede imaginarse que se encontrará en este barrio tan cosmopolita. Tampoco hay que perderse los jardines Yùyuán, tan hermosos como atestados de gente, que son un fiel testimonio de la grandeza de la dinastía Ming o el templo taoísta del Dios de la ciudad.

Menos conocido es el barrio judío situado en el distrito de Hongoku. En un entramado de casas bajitas  se agruparon miles de refugiados judíos durante la segunda guerra mundial, dejando allí su testimonio y su buena convivencia con los que les acogieron, que por aquel entonces también estaban invadidos por los japoneses. Aún se pueden apreciar, en algunas de esas casas humildes, la buena simbiosis entre las estructuras  arquitectónicas de madera china con los ladrillos rojos de las construcciones europeas. A este gueto incluso se le llegó a conocer como “la pequeña Viena” pues, durante esos años de coexistencia, las costumbres occidentales  dejaron su huella. En la parte más central de este barrio se encuentra una antigua sinagoga que ahora es también un museo dónde se pude leer parte de lo que ocurrió en aquellas fechas.

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Yann aunque no comprendía que también nuestros intereses se inclinaban  por ver las bambalinas de su ciudad, accedió a enseñarnos la parte metropolitana por donde estaba creciendo su ciudad. Lo hicimos  desde uno de  los transbordadores que cruzan el rio HuangPu que es el que la divide. Probablemente  ante esta “extravagante” visita su intención fue mostrarnos, con ese orgullo que antes mencionábamos, la multitud de nuevas edificaciones lujosas que van levantándose a sus orillas, pero nosotros lo que observamos fue la burbuja inmobiliaria que se está creando y que no deparará en hacer estragos a esta sociedad capada de libertades  y alentada a consumir. Independientemente de la valoraciones sociales que hicimos viendo los monstruosos edificios en construcción, con pisos valorados por encima del medio millón de euros, el paseo fluvial también valió la pena. Por menos de cincuenta céntimos tuvimos una visión distinta de la ciudad, siendo más curiosa que la que ofrecen los  barcos turísticos que también circulan por el rio.

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A mediados del siglo XVI, durante la dinastía Ming, Shanghái  era  el principal centro textil del país, por lo que no es de extrañar que exista un mercado dedicado exclusivamente a las telas y a los sastres, el cuál se encuentra situado en  Lu Jia Bang Rd, con Nan Chang Rd. Pasearse por sus tiendas fue un placer, a pesar de que hay que ser precavido pues pueden darte gato por liebre. Advertidos de la picaresca china de vender poliéster a precio de seda, seguimos el consejo de nuestra guía y en nuestras compras pedimos que nos dieran el sello del estado que certifica la honradez del comerciante. Aunque no  nos atrevimos a que nos confeccionaran la seda que habíamos comprado, si alucinamos con los pequeños tenderetes de modistas y sastres que, en menos de 10 m2 son capaces de hacer, de un día para otro, ropa a medida copiando, como no es de extrañar, el modelito de la famosa que en un recorte de revista se les pueda enseñar como patrón. En sus escaparates presumen de haber reproducido lo más y mejor de la moda de Hollywood.

Lo más interesante, como siempre sucede, es perderse por dónde no indican las guías turísticas. Es allí donde uno puede encontrar lo que andaba buscando al emprender el viaje. Shanghái ha sacrificado muchos barrios antiguos y populares, hutongs,  en post de su modernidad,  pero aún existen algunos  pequeños distritos que todavía no han sido expoliados por la especulación inmobiliaria, resguardándose del hormigón y del cristal, mientras van mal conviviendo con la fastuosa actualidad. Alrededor de los templos que se conservan y que siguen estando concurridos, incluso por trajeados hombres de negocios,  todavía se puede transitar por pequeñas calles dónde sólo pueden acceder peatones y bicicletas y donde sus pobladores, me imagino, no deben sentirse demasiado a gusto levantando la vista. Gentes sin demasiados recursos, menos valuados por sus  afortunados compatriotas que tuvieron más suerte, y que ahora los esconden y tapan. Yann seguía sin entender nuestro interés por adentrarnos a conocer esos pequeños reductos de la ciudad, pero con su buen propósito de no defraudarnos nos contó curiosidades tales como que la gente que vimos andando en pijama por las calles, como si vistiera sus mejores  galas, tenia una explicación.” El que tiene ropa distinta para dormir es que las cosas le van bien” nos dijo; a lo que concluimos que los chinos deben tener un gen que les predispone a alardear, sea cual sea su condición.

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El contraste entre esas callejuelas donde la ropa aún se lava a mano o los hombres pasan la tarde jugando al mahjong y los rascacielos y avenidas grandilocuentes, es lo que  conforma una de las ciudades más pobladas del mundo y que  merece la pena ser conocida, pues en ella se esconden muchas realidades de la china actual.  Nosotros tuvimos el privilegio de contar con una oriunda como guía, que escuchando su opinión y perspectiva de lo que nos mostraba, más nos situaba en la  compleja situación de su país y de su ciudad, la cuál celebra y se enorgullece de su transformación pero que, a ojos occidentales, provoca hacer una profunda reflexión… aunque ello nos ocuparía escribir otro post.

Texto: Anna Sirera, Carlos Cuevas   
Fotografías: Carlos Cuevas, Guillermo Cuevas

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