Realmente ¿merece la pena venir a la tierra del café para conocer su proceso de elaboración?

La respuesta corta es un NO, pero hay un SI para que nos dejemos llevar por el rural ambientes que iremos respirando a medida que caminamos por sus polvorientos senderos, pudiendo observar bonitos paisajes a menudo adornados por los cultivos.

La equitación es la actividad más popular. Podemos alquilar caballos siempre que vayamos acompañados de un guía que nos vaya enseñando los rincones más asombrosos de la comarca.

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A tan solo diez minutos del centro de Salento, podremos encontrar los caminos que nos llevarán a las granjas. El paseo es suave, bonito y para hacerlo con mucha calma.

Iremos encontrando a viajeros de todas las partes del mundo y como me ocurrió a mí, empecé solo y a medida que mis pasos avanzaban iba acumulando nuevos amigos para acabar en la Granja El Ocaso con cinco personajes de distintas procedencias.

Con una simbólica entrada de unos 3 dólares (5000 pesos colombianos), podemos conocer todos los secretos del café. Desde su plantación, pasando por la elaboración y acabando por una finalización del producto a la antigua usanza.

Como punto fuerte, está la degustación de los distintos tipos de café que Colombia ofrece a nivel nacional, centrándose estas granjas en un mercado pequeño para rendir a una mayor calidad.

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Como amante del café, siempre me ha chocado que en estos países, ricos en esta bendita planta, hagan su producto aguado, solo y sin azúcar. Nosotros que exprimimos al máximo su grano para que la espuma haga acto de presencia, nos frustra el beber una bebida que anda más pareja a la Coca Cola que a nuestro querido expreso. Pero a su favor diré, que al cabo de una semana de ir probándolo en todos los lugares, acaba por encantarte pareciéndote alquitrán el de toda la vida.

 

No todo se acaba con las visitas a las granjas cafeteras. Salento y sus alrededores ofrecen ilimitadas actividades que hacen retener al viajero y post poner planes futuros para alargar su estancia más de lo que en un principio pudiera pensar.

Como yo no tenía muy claro qué camino seguir, me acoplé a mis nuevos amigos. Nuestras opciones eran numerosas pero el tiempo era limitado.

Después de debatir, con un mapa en la mano, decidimos seguir el río y hacer la antigua vía del tren inacabada donde las vistas eran magníficas. El premio gordo venía cuando acababas en unas preciosas cascadas donde el gélido baño te recargaba las pilas de nuevo.

La dureza de la excursión no fue excesiva, pero necesité un día entero para hacerlo con tranquilidad y poder disfrutar de cada minuto y de cada paso. Sólo la posición del Sol, iba marcando el tiempo que nos quedaba de jornada.

El regreso, con una piel más tostada que al principio fue divertido. Una ranchera nos recogió y nos subió a todos para evitar subir la fuerte pendiente de varios kilómetros que nos separaba del pueblo.

 

En definitiva. La excursión que debería haber sido suave, se convirtió en una caja de sorpresas. No sólo acabé haciendo amistad con mis improvisados acompañantes, sino que en cada tramo íbamos encontrando a más viajeros mirando mapas. La complicidad que surge en tierras extrañas es inevitable. Las preguntas surgen y el diálogo está asegurado. A menudo resulta ser siempre el mismo, pero pasados los cinco primeros minutos de conversación, vas descubriendo cosas de gente extraña que te maravillan, como por ejemplo, de dónde vienen, dónde van y qué hacen en Colombia.

Es extraño. Colombia es segura y todos coincidíamos en lo mismo al ser cuestionados por nuestros amigos de nuestros países cuando con cara de horror decían que estábamos locos.

 

Reflexión:
Todo depende del prisma en que uno lo mire. Recuerdo un libro que leí “Viajando por ahí”, de Aniko Villalba, que iba a Irán. La gente pensaba que se había vuelto loca de remate. Hizo inteligentemente una prueba a ver cómo reaccionaba su círculo convirtiendo la palabra Irán en Persia. La gente sorprendida, no paraba de decir la fortuna que tenía de poder realizar ese viaje.
A veces los perjuicios son barreras inexistentes. Por qué no decir que he estado en el Caribe, o en los Andes. Podría decir que he estado en los valles donde se cultiva el mejor café de américa y seguro que la cosa cambiaría mucho.

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