Situados en Jinka, un pueblo rural con un toque decrépito, en un hotel llamado Orit, donde en las habitaciones no hay agua y apenas luz, debemos agradecer cómo ha resultado la fascinante jornada de hoy.

No vamos a mentir y diremos que irnos de Chamo nos ha sabido mal. Sus fantásticos paisajes con sus dos lagos, sus tribus tan originales y una estancia en un lugar de ensueño, ha hecho mella en nuestro listón para dormir, subiéndolo inconscientemente. Solemos pernoctar en todos los lugares donde viajamos,  pero cuando la cosa se pone bonita, te cuesta acostumbrarte a lo feo.

La mañana ha sido intensa y hemos ido cambiando de paisajes continuamente. La entrada a las montañas de los Konso, no pueden dejar indiferente a nadie. La carretera llena de baches, puede ser un problema si no llevamos un vehículo adecuado. Hay que tener en cuenta que los niños, continuamente nos pedirán agua. Si tenemos agua y no la necesitamos, podremos dársela, si por el contrario la tenéis vacía, ellos, incluso agradecerán de la misma manera una botella de plástico, a la que le sacan mil provechos. Evidentemente, veréis como el estilo de baile que nos ofrecen para conquistarnos es distinto al de las montañas de los Dorzae, dejando un pierna al aire como si fueran flamencos nerviosos en reposo.

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La carretera es polvorienta. Hay que ser precavido si vamos en bus y taparnos con un pañuelo, indispensable por estos lares que en la estación seca, las tierras son movidas por cortinas de viento, arrasando todo lo que a su paso pilla.

El trayecto desde Lago Chamo hasta las montañas de los Konso, es largo y lento. A favor, diré que el espectáculo continuo de vida en los caminos sigue fluyendo, que los pastores, los niños y las mujeres en busca del agua, son la sangre del país, que fluye por unas venas asfaltadas, dando golpes continuos a nuestra percepción del viaje. A menudo son tantas y tan variadas las cosas que vemos, que resulta casi imposible retener tanta información en tan poco tiempo.

Está claro que Etiopía como nación es algo independiente al resto del continente, algo distinta y particular. Su cristianismo ortodoxo, funciona como una isla en medio de un océano islámico. Sin embargo en el sur, todo se va al traste. Todo lo aprendido sobre el país se va a paseo. La África que todos guardamos en nuestros corazones desde la infancia, la de sus tribus viviendo en paisajes imposibles, te golpea tan fuerte que necesitas tiempo para asimilar que Etiopía, involuntariamente se convierte en África pura.

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De hecho, la población de esta enorme extensión que abarca medio mapa de mi guía, ni sabía el concepto ni el nombre de Etiopía. Regidos por sus leyes, sus costumbres y su política interna entre clanes, chocan de frente cuando pensamos que en este mundo no queda nada por descubrir. Ahora, con la llegada de turistas, empiezan a entender la expectación que levantan como pueblos únicos en la tierra. Las aldeas te dejan pasmado y sientes como el tiempo se detuvo algún día, en un pasado muy lejano, y que ahora en el presente, no viven con las miras enfocando a  un futuro. Es cierto eso que me comentaban en el norte: los sureños no viven para el mañana, sino que se dejan llevar por un perpetuo presente, viviendo intensamente lo que un nuevo amanecer les ha regalado. ¿No es mejor así?

LOS KONSO
Nuestra llegada a la aldea Konso, ha sido muy chocante en todos los sentidos. En periodo vacacional escolar, con los niños jugando por todos los rincones, nuestra presencia no ha  pasado desapercibida. En tan solo cinco minutos, éramos rodeados por decenas de juguetones y alocados chavales. Su terror a la cámara de fotografiar resulta gracioso, cuando ves que la vergüenza y el miedo pasan a un segundo plano cuando una sonrisa tuya, rompe con todas las barreras imaginables. El sistema de construcción de sus casas es muy curioso y el pueblo de enormes dimensiones se diferencia del resto que hayamos visto hasta ahora. Como ellos imponen sus leyes, la pena capital, es la violación, mientras que el resto, se justifica pagando a los patriarcas, normalmente compuesto de los ancianos más sabios. Nuestro guía por el poblado, llamado Dinote, es mencionado en la guía de viajes Bradt, como el más experimentado. Su continua colaboración con la Unesco, ha hecho de este anciano que anda con bastón, sea toda una referencia para descubrir los secretos que esta encantadora tribu de las montañas guarda. Con una agricultura estudiada y totalmente ecológica, en época de sequía, andan muy bien organizados para que todo el pueblo tenga su ración de comida. A simple vista, nos dará la impresión de que son extremadamente pobres. No vamos mal encaminados. Las ayudas, tardan en llegar y la población crece. Los niños se amontonan y una sequía severa los dejaría desamparados y con peligro de caer enfermos.

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Los Konso,  son gente extremadamente dura. Sus trabajos en el campo lo exigen. Las cargas que sus mujeres portan a sus dobladas espaldas, nos hacen preguntar si están al límite o en cualquier momento se quebrarán. La vida no es fácil en estas altas tierras y sus costumbres están tan asimiladas que con humildad, aceptan lo que hay y lo que las cosechas dan.

Si entramos en el parque de Omo, es imprescindible hacer una visita a estos poblados, que aunque rebosan de vida sus estrechas callejuelas, la muerte está presente en todo momento.

Como curiosidad, veremos que las casas están muy juntas. Los lazos amistosos se refuerzan dando al mismo tiempo una sensación de protección,  ante el ataque de otras tribus en el pasado, instalándose para siempre entre sus costumbres, aunque sin existir en la actualidad cualquier enfrentamiento bélico. Sus calabazas llenas de cerveza local, corren entre los pasillos a todas horas y el potente alcohol de grapa, hace que las risas de los más mayores,  corran a sus anchas por las angostas murallas que rodean la aldea.

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El sistema de terrazas, es único en toda África. Con multitud de ellas por toda la montaña, estos expertos de la naturaleza, han sabido leer a la perfección lo que la tierra exige, para luego recoger sus frutos. Las plantaciones a menudo no siguen un orden. Puede que encontremos árboles de diversas clases en una hectárea. Sus alimentación tan básica y aparentemente monótona, es rica en proteínas y baja en grasas. La rotación de las siembras, es importante para hacer coincidir las estaciones. Los Konso, son formidables adaptándose al medio y el hecho de que hayan conseguido establecerse en tan duras condiciones con suelos tan poco fértiles, dice mucho de su carácter y su particularidad.

Partiendo desde la aldea hacia Jinka, veremos que Etiopía se acaba. No en el sentido topográfico, sino en el del conocimiento. Nuestro concepto de lo que dejamos atrás y de lo que hay por delante nuestro, se difumina entre la calima y el respirar de un árido mundo desértico, con enormes montañas que encaran el camino hacia las partes más desconocidas de Omo. Sus carreteras, sorprendentemente asfaltadas, dan rienda suelta a convivir con la soledad y a preguntarse, dónde acabó lo real y dónde empezó este mundo desconocido para la humanidad. En medio de toda esta reflexión, nos saldrán niños de todas partes. ¿Cómo? ¿Aquí?. Si. Los hay y no llegas a entender muy bien, cómo familias enteras viven en las tórridas tierras yermas de este paraje tan singular como misterioso.

Creo que hoy he hecho uno de los viajes por carretera más fascinante de mi vida viajera. Todo lo vivido, lo recuerdo en fragmentos. Mi cabeza se ha colapsado y mi mente no podía abordar tanta información. Si estamos dudando en hacer el Sur, ahí va mi vivencia,  catalogándola de única y seguramente imborrable para el resto de mis días.

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Más imágenes sobre Jinka y Omo:

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Aunque humildemente, los Konso son gente trabajadora que cuida de sus aldeas con orgullo en sus raíces.

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El centro de reuniones en la aldea. Hay numerosos y cada cual tiene una función específica

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Calles elaboradas con maderas y piedras. Todo lo utilizado, es ecológico, rechazando cualquier producto foráneo

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Encantadores niños. Suelen coger la mano del “farangi” y acompañarlo durante su visita. Un lápiz, un caramelo o sencillamente una sonrisa, será suficiente para agradecer tan bonita compañía

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