Siempre que puedo alquilo una scooter. Es una manera económica de ir a tu aire, sin prisas y admirando el paisaje que el asfalto va regando a tu paso. En laos, la cosa es más sencilla que en Birmania para poder circular a “tu rollo”. No es tan fácil y divertido como en Vietnam, pero si prestamos atención a las señales, nos acostumbramos al cambio invertido de marchas y ponemos un poquito de espíritu aventurero, podremos disfrutar de este país como pocos.

Alquilada la motocicleta, anduve moviéndome varios días por los alrededores, pero había lugares a los que me daba mucho respeto ir, más aun habiendo tenido un percance singular con la policía.

Decidí armar mi mochila e ir a Tak Kuang Si, unas cataratas altamente recomendadas por mi guía de bolsillo y situadas a unos 32 kilómetros de Luang Prabang.

Mi temor al tráfico laosiano, el estado de las carreteras en un deplorable intento de acabar sucumbiendo a las lluvias torrenciales, me hacían presagiar lo peor. La pesadilla de conducir por Asia, siempre ha sido un sueño para mí. Un sueño divertido que me hace sentir libre. Soy motero en mi país y las dos ruedas me transforman en un aventurero al cuadrado, siendo siempre consciente de los accidentes que puedo llevarme y habiendo comprobado en mi entrada desde Vietnam días antes, que Laos era un hueso duro de roer.

luang prabang

Por extraño que parezca, la carretera estuvo exenta de dificultades y el camino fue tan placentero que hoy lo recuerdo con nostalgia. Los arrozales iban desfilando delante de la visera de mi casco. Las aldeas ubicadas a pie de carretera daban una impresión extraña que a menudo te llevas de este país. Una sensación de soledad, porque las tiendas parecían estar abandonadas aunque abarrotadas de productos. Parar la moto, pedir un café soluble, es esperar a que el propietario salga de algún rincón a los diez minutos con su habitual calma, sin nervios y aún menos estrés.

Envidio ese entorno, ese ambiente que acaba pegándose a ti, cuando durante un periodo prolongado viajas por otras tierras y acabas adoptando el ritmo del país, disfrutando mejor de tu aventura. No recomiendo a los nerviosos Laos. Acabarían por llevarse las manos a la cabeza y mordiéndose las uñas hasta no dejar rastro de sus dedos.

Las cataratas Tat Kuang Si, resultan ser un espacio precioso. Conocidas por ser uno de los lugares naturales más visitados por los foráneos, me sorprendió ver que estábamos solos en casi todo el parque. La entrada de apenas 2,25 dólares, servían incluso para que tu motocicleta quedara a buen resguardo. Los caminos bien señalizados, van llevándote desde el punto más alto de la caída de agua, hasta abajo, en un fantástico seguimiento paralelo a la fuerte corriente que el rio posee.

El baño no es que digamos del todo recomendable. Sólo los nadadores más experimentados pueden hacer las locuras de subir a los árboles y tirarse con improvisadas lianas artificiales y tirarse desde lo alto. La caída, limpia y sin riesgo de tocar fondo debe ser acompañada de unas enérgicas brazadas hacía la orilla. La corriente es tan fuerte, que nada más asomar nuestra cabeza, debemos ser conscientes de nadar hacia lugares menos revueltos.

De regreso hacia la ciudad, podremos parar en los mercados y contemplar la cantidad de productos que la comarca ofrece al comprador.

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Cuando dejé mi scooter en la tienda, con un punto por encima del optimismo de serie, decidí contratar los servicios en Luang Prabang de una agencia que ayuda a las aldeas más desfavorecidas de la región. Mi grupo partiría la jornada siguiente en una dura caminata, adentrándonos en la montañas para poder convivir con la otra cara de Laos, la cara más desfavorecida. Pero eso es otra historia que contar.

Conoce más sobre mi viaje a Laos
Visita mi post sobre Luang Pragang, La joya de Asia

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Inminente chapuzón

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