Uno podría llegar a pensar que el tiempo se detuvo en este lugar. Cambiando de ciudades modernas adornadas con sus incontables luces de neón, encontramos o mejor dicho buscamos este pequeño pueblo, situado al norte,  llamado Valle del Tono. Sus leyendas son las más conocidas de Japón y muchas series y películas del mundo anime, están basadas en cuentos alimentados por la imaginación de uno de los más grandes escritores de Japón. El lugar invita a navegar por un entorno de fantasía, donde los alfombrados campos de arroz casi infinitos, son rotos tan solo por las escarpadas montañas en el horizonte. Tono es el nombre que recibe el pueblo, pero el Valle del Tono, es lo que lo rodea, siendo uno de los entornos más agradecidos para visitar en bicicleta, fuera de las grandes urbes, sin apenas turismo y con una pizca de temor, al no saber dónde empieza el camino de salida y dónde acaba el de llegada.

Llegar aquí no es nada fácil. Vengamos desde donde sea, los empalmes de un tren hacia otro está asegurado. No sufráis. Viajar por Japón en transporte ferroviario, es un placer tan puntual, que poco o nada deberéis esperar a coger vuestro siguiente transporte.

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¿De dónde surgió la idea de venir a este lugar?

Luca, un gran viajero que conocí en mi primera travesía por Indonesia, me recomendó en un itinerario escrito por él, que esta zona de Japón, no estaba nada explotada por el turismo. De hecho, venía ya informado, que la zona rural de Tono, saldría un poco de mi ideal sobre el país que me había ido haciendo y que añadiría otro punto a la larga lista de lugares imprescindibles.

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Tono, fue base para que las ayudas humanitarias llegaran al lugar donde ocurrió el desastre del tsunami. Mi capricho de tirar para la zona norte de la isla madre nipona, fue algo estudiado desde un principio. No sabía qué hacer en Japón una vez pusiera los pies en Osaka. Iría curtiendo el viaje a medida que los días fueran pasando, pero Tono, era una decisión firme.

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