Siempre he defendido que viajar solo es la mejor manera de conocer el mundo. Sin complicaciones, preocupaciones ni dando explicaciones a nadie. Los días avanzan y te diriges donde quieres y como quieres. Tus problemas son de tu propiedad y una especie de leve egoísmo alimenta tus ganas de conocer nuevos lugares. El combate contra la soledad, pasa a ser un mero trámite que sin hacer ruido, se convierte en algo normal. Tus puertas se ven obligadas a abrirse de par en par, eliminando cualquier índice de timidez,  para convertirte en la persona más conversadora del mundo para lograr conocer gente nueva, conseguir información,  hacer nuevos y fugaces amigos y de ese modo acabamos rellenando los huecos vacíos que tu alma ha ido dejando en cada habitación de los  “hoteluchos” que has ido visitando. Pero cuando encuentras a una persona que vive y siente la aventura como tú, todo lo anterior se anula, se aniquila y ese alguien pasa a convertirse en un punto tan importante como el viaje en sí. No está de más decir, que a menudo he sentido una profunda pena, cuando estando delante de las maravillas que me han ido ofreciendo mis viajes en soledad, no poder compartirlo con nadie. Eso a veces se hace muy duro.

Así, que a todos los llaneros solitarios que andan por los caminos perdidos de cualquier lugar, animaos a compartir vuestras vivencias y os aseguro que en un futuro, no quedaran sólo en vuestros recuerdos, sino que formarán parte de otras vidas.

*Fotografía de Portada: Isla de Lombok (Indonesia)

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