Pueblos costeros con un encanto natural los hay a decenas en Cataluña. Pero Sitges es diferente. Su privilegiada ubicación a tan sólo 30 kilómetros de la Ciudad Condal, lo convierten en una perfecta escapada para los residentes en la jungla de asfalto. Más que un breve suspiro, lo que te regala es una gran bocanada de aire fresco y soy testigo como ciudadano de Barcelona que he sido durante muchos años, que es necesario salir para desfoliarte de tanto alquitrán e hipocresía, tan abundantes en lugares tan poblados como mi querida Barcelona.

Precisamente Sitges no se libra de la superpoblación en los fines de semana y menos en El Festival de Cine Fantástico, celebrado todos los años a nivel mundial. Pero no sé de dónde, ni cómo lo hace, que la magia que fluye por sus calles, abaten completamente la sensación de agobio que tanto uno siente a menudo en las grandes urbes.

Su pistoletazo de salida; un gran desfile de zombis, recorriendo los estrechos pasajes que el pueblo anida en su interior. Podrían dar más miedo si el evento fuera en otro pueblo cualquiera, pero no, lo hacen en Sitges, recibiendo a los amantes de este género fusionándolos a la perfección con los elegantes restaurantes, los locales más liberales que podamos imaginar y unas playas magníficas que contemplan con admiración y holgura a nuestro Mar Mediterráneo.

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