Puede que se te pasen por alto muchos lugares en la increíble Colombia. Abarcar tanta variedad y belleza en tan solo un mes, resulta imposible y vanidoso. Puede que tengas que sacrificar la selva amazónica o no poder llegar a la zona más remota del norte en la Guajira, para poder alcanzar el remoto cabo de Punta Gallinas, considerado uno de los paisajes más bellos de continente americano.

Quedémonos con lo hecho y lo que hay por hacer y ciñámonos al tiempo que tenemos. Todavía pienso en que me perdí La Ciudad Perdida y me lo recrimino constantemente habiendo estado tan cerca y al mismo tiempo se me antojó en su día tan lejos, que acabas por tirar la toalla al no poder cumplir las cruces que has ido señalando como objetivos a medida que tu aventura ha ido avanzando.

Pero el Parque Nacional de Tayrona, debido a su fácil acceso y su simple belleza, debe ser un punto de obligada parada en cualquier viaje que nos planteemos por el país. Aquí, los mochileros más desaliñados encontrarán su paraíso. Los viajeros independientes con una exigencia un poquito más elevada de miras, también encontrarán su lugar. De hecho, es tan sencillo, tan abrumadora la fuerza que desprende este ardiente trocito de tierra, que todos, absolutamente todos los viajeros: mochileros, viajeros de a pie  y agencias con decenas de clientes, disfrutarán de este enmarcado edén hecho tal cual por la naturaleza, sin apenas haber hecho mella la temible huella humana.

Situado al pie de de la Sierra Nevada de Santa Marta, se acaba extendiendo por todo el litoral desde Taganga hasta la desembocadura del río Piedras. Toda su costa, es abrazada por un feroz Mar Caribe, que nos muestra un sombrío lado oscuro, embraveciendo sus aguas hasta límites peligrosos para los bañistas más atrevidos. Elijamos bien dónde bañarnos, porque hay calas que quedan bajo el cobijo de enormes montañas de piedra, donde el malhumorado mar no llega a dar muestras de su fuerza y puede convertirse, con un tubo y unas gafas de buceo, en una experiencia inolvidable. La fauna, difícil de avistar al principio, si somos buenos observadores, acabaremos viendo como enormes pulpos, se aferran a rocas enterradas bajo el azul y espumoso océano.

Elegir donde dormir es cuestión de gustos. No los hay a granel como en muchos Parques Nacionales, pero los suficientes para poder ir a ciegas sin reserva previa y conseguir desde una habitación lujosa hasta una simple hamaca. El precio, algo caro para los servicios que se ofrecen, pasarán inadvertidos cuando veamos que donde menos paramos es en nuestro hospedaje, sino que no pararemos de recorrer los senderos tanto internos como los que recorren el litoral.

Existen dos polos en Tayrona. Uno es el que hacemos durante el día, en las horas punta, cuando las cuadrillas de turistas como nosotros, van en continua marcha, haciendo fotografías y cruzándote a todas horas cediendo tu paso en los senderos más estrechos y otro que resurge cada atardecer, cuando la marabunta se recoge a los hoteles periféricos situados en las afueras del parque y la magia surge en cualquier playita que se mece con el mar, creando un movimiento perfecto, un momento único, viendo como  las dulces olas rompen levemente contra la arena,  recogiéndose de nuevo para volver a su hogar, recordándonos, que lo del mar es del mar,  creando ese sonido tan sedante que te transportará a un mundo de paz interna, difícil de encontrar en un viaje a contra-reloj.

Pero, ¿Cómo empezar?¿Cómo llegar?

Nosotros salíamos de Taganga. Veníamos de San Gil, situado en el centro del país. Un autobús nos llevó a Santa Marta en unas 12 horas. En Santa Marta, decidimos dormir en Taganga donde dejaríamos el equipaje para ir más ligeros al Parque Nacional de Tayrona. Es un consejo muy importante, dejar vuestras mochilas a buen recaudo sin cargarlas dentro del parque, porque las distancias son largas y los vehículos a motor evidentemente no existen.

Nuestro hotel en Taganga, sin coste alguno se hizo cargo con el único inconveniente de que deberíamos regresar para recoger nuestras pertenencias.

Para llegar, los autobuses desde Santa Marta son muy frecuentes, pero desde Taganga hay que buscarse la vida. Nosotros, con dos chicas francesas compartimos un taxi que conducía un encantador anciano. El precio por persona resultaba casi irónico debido a la distancia. Al llegar a la entrada, nuestras compañeras de taxi, quedaron con el taxista para que las recogiera al día siguiente. Nosotros decidimos seguir por el norte hasta Palomino una vez hubiéramos saciado nuestra curiosidad de lo que Tayrona escondía entre tanta selva.

Puede que a muchos les asuste el preludio en la entrada. La taquilla donde cobran, parece sacada de un parque de atracciones y los precios son elevados por persona, aunque si te quedas una semana, el coste es el mismo que si te quedas un día. Las explicaciones de lo que se debe o no debe hacer dentro del parque, son explicadas a granel en grandes grupos, con un supervisor contratado por la empresa privada Avitur, propietaria de los derechos de explotación, haciendo preguntas a modo de examen cuando ha dado por terminada su ensayada clase. Esta cuestionable empresa concesionaria, se forra a base de construir hoteles de lujo y cobrar la entrada. El mantenimiento es casi nulo, y las escalinatas o caminos que bordean la pintoresca costa, deberían ser tratados con más empeño, por simple seguridad.

Un autobús te lleva donde la selva literalmente empieza a sentirse sobre tu cabeza. Enormes palmeras con una densa vegetación apenas dejan visibles algunos senderos por los que explorar y a los que nadie parece prestarles atención. Hay que ser aventureros y descubrir por vosotros mismos, lugares perdidos, donde entre tanto turismo, estaréis solos de verdad, ya que todo el mundo acaba frecuentando los mismos lugares, donde los restaurantes de postal y los albergues amontonan a centenares de jóvenes sedientos de olas y playa.

La parte oriental de Tayrona es la que más puntos de interés concentra. No hay que decir, que si nos alejamos mucho de la entrada principal, los paisajes se convertirán en aventuras solitarias, alejadas de cualquier masificación no deseada. Hay que ser muy precavidos y traer dinero en metálico. Evidentemente los cajeros automáticos no existen y un buen repelente contra los mosquitos, es fundamental para que nuestra estancia no se convierta en un infierno. Hay que andar con ojo por los senderos que quedan más cubiertos por el follaje. Las picaduras de serpientes, son más habituales de lo esperado y si prestamos atención podremos cruzarnos con las ranas flecha, inofensivas para el hombre, pero portadoras de un temible veneno en sus pieles.

La primera playa que nos encontraremos es Castilletes, accesible en vehículo y buena para pernoctar. La segunda, hay que caminar y sentir como el calor arremete con toda su energía en la fantasmagórica playa de Cañaveral. Sin infraestructuras, con unas rompientes cabreadas arremetiendo contra la costa, hace que sólo el paseo sea la única actividad fiable.

Arrecifes, era nuestra siguiente parada. Sin lugar donde dormir, estaba seguro que iba a encontrar algo en cuanto todo se calmase y las camas se vaciasen. Lo que tenía muy claro, era que iba a pasar dos noches,  aunque fuera pendiendo de una hamaca por unos pocos de pesos colombianos.

Por casualidades de la vida viajera, encontramos a unos amigos que hicimos en Villa de Leyva y donde posteriormente nos cruzamos en Barichara, tomándonos una buena cerveza para celebrar nuestro reencuentro. Ellos se iban y tenían una noche de más pagada que no se la querían devolver. Nosotros cogimos su noche y de paso nos aseguramos una tienda de campaña, con un roído colchón, suficiente para dar descanso a nuestros cuerpos, después de tantos kilómetros caminando.

Sin duda, el camping Don Pedro, carece de muchas cosas, pero es innegable que el lugar es encantador. Alejado de la playa, rodeado por pura selva, tiene un restaurante, donde los platos son deliciosos. El pescado fresco y la simpatía del personal, hacen que pernoctar aquí sea parte del Tayrona. Los mochileros amontonados en las zonas donde decenas de hamacas cuelgan en fila, son menos alocados que los que nos podremos encontrar en el Cabo de San Juan. La playa de Arrecifes es sencillamente espectacular, teniendo en sus caminos, vertientes que te llevan a lugares secretos.

La Piscina o La Piscinita, son de las mejores playas que hay para el baño. Calitas como La Aranilla, deben ser descubiertas por vosotros mismos. Puede que busquéis y no encontréis, pero a menudo, equivocándonos de camino involuntariamente, acabaremos delante de hermosas playas solitarias, donde nuestra única compañera será la Naturaleza y como el concepto de ésta misma, se convierte casi en un sentimiento capaz de sentirlo recorrer por nuestra espina dorsal.

Pero después de tanto explorar, descubrir y desandar lo andado por equivocaciones ineludibles, llegaremos al Cabo de San Juan de La Guía. Es la estampa más famosa del parque y foto de portada de la guía de viajes Lonely Planet. Aquí lo único que hay para dormir y comer, es un camping, donde sinceramente, hay que estar muy loco para venir sin previos conocimientos de lo que podemos llegar a hallar.

colombia

Decenas de jóvenes viajeros hacen cola para comer, beber o simplemente ir al baño. Yo fui en temporada baja (agosto) y lo que vi no era normal. Cuerpos bronceados y tatuados desfilaban por la arena en un paseo de cortejo donde los más avispados o agraciados ya andaban en compañía. No es un lugar para parejas, es un lugar para encontrar pareja. Pero eso no debe desanimar al que viene acompañado. La esencia del lugar sigue viva, y el paisaje, pese al escandaloso camping, tampoco ha hecho una brecha irrecuperable.

Creo que más allá de todos los cachas de turno y la bellas mujeres que destilan sudor bajo el sol abrasador del Tayrona, todos acabaremos encontrando lo mismo al fin y al cabo. Un lugar diferente al resto y eso no se le puede negar al parque. Las masificaciones en el Cabo, pueden molestar hasta cierto punto, pero yo llegué sobre las cinco de la tarde, cuando estaba todo en una sospechosa calma. Pudiera ser que fuera el preludio a una noche loca o sencillamente me equivoqué y la paz se encuentra incluso bajo ese colchón acristalado de botellas de ron que tanto vimos en los contenedores. No sé, pero quiero pensar que así fue y que todo el mundo fue tan cortés con nosotros como nosotros lo fuimos con ellos.

Pero no acaba aquí. Más allá del Cabo, si seguimos los senderos más desconocidos, podemos encontrar La Playa del Puerto y La Playa Caimán. Ambas, benditas por la exclusión del visitante debido a su lejanía, ofrecen un respiro de tanta presencia humana, a menudo molesta para los que busquen una desconexión total.

Miréis por donde lo miréis, el Parque Nacional de Tayrona, es un imprescindible de Colombia, un asalto directo a las exigencias de los viajeros que busquen algo que pueda sorprenderles. Puede que esa mezcla de locura turística y su naturaleza tan alejada de todo lo conocido, creen una simbiosis, al principio imperceptible, pero que cuando te vas, te das cuenta que has vivido un momento único, en un viaje único y ¿cómo no?… en un país único.

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Más imágenes sobre mi relato:

Los bellos atardeceres, son dignos de ver en silencio, escuchando como las olas mecen la arena del Tayrona

Palmeras y buenas playas, son alicientes para descubrir este pequeño paraíso que esconde muchas sorpresas

El camping Don Pedro, sin lujos, es un lugar perfecto para integrarse a la densa selva que el parque nos ofrece.

Típica estampa del Cabo de San Juan de la Guía

El masificado camping de San Juan de la Guía.

Piscinita. Una de las mejores playas para el baño

Rincones por descubrir de cuyo nombre no tengo conocimiento.

Salvaje Cañaveral. Fue nuestra primera parada, por este ardiente paraíso abrazado por el temible mal humor del océano

La sencillez de su entorno, es el secreto del éxito en este rincón caribeño

Piscina. Otra gran playa para el baño. No hay que fiarse de la marea y andar con mucho ojo, no alejándonos demasiado.

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