Os dejamos un capítulo del libro, La Sed del Nómada, escrito por su autor durante sus viajes por Asia. Espero que este apartado  clarifique el intrincado laberinto religioso que nos presenta la India. Las experiencias vividas, son personales y nada tienen que ver con otras realidades vividas por otros aventureros. En este punto, diremos que seré objetivo con la información oficial, pero subjetivo con mis recuerdos. A cada uno el viaje y el país le sentará de diferentes maneras, descuadrando sus percepciones con las mías. Aquí es donde cada uno de nosotros podrá contar su propia aventura de un mismo lugar. En eso consiste la magia de los viajes. En contar miles de historias de un solo pais.

JAIPUR, LA CIUDAD ROSA
Un tren expreso en muy buenas condiciones me llevó a Jaipur. Conocida como “la ciudad rosa”, la capital de Rajastán con casi dos millones y medio de habitantes era un lugar donde los fuertes contrastes hacían presagiar que no sería fácil moverse con tanta libertad como en las anteriores ciudades me había desplazado. Situada a 306 kilómetros al sur de Nueva Delhi, Jaipur cuenta con una extensa historia. La ciudad, fue fundada en el siglo XVIII, por el marajá y astrónomo Jai Singh II. Mientras el Imperio Mogol dominaba a lo largo y ancho del estado, los caudillos rajputs de Rajastán, fueron siempre vasallos del emperador, obteniendo a cambio el uso y poder absoluto de los militares, así como la administración de la mayoría de las riquezas. Los rajputs hindúes, dominaron todo el estado de Rajastán durante diez siglos, con un código guerrero que se asemejaba a los patrones medievales europeos y siempre andaban luchando entre otros caudillos. Sólo el peligro de invasiones por parte de árabes o afganos hicieron que se unificaran para salvarse de una temida conquista.

Salí de la estación de trenes, donde una vez más el panorama dejaba a uno sin aire. Asfixiado por el calor, la contaminación y los habitantes dedicados a la caza del turista, dirigí mis pasos a la oficina central de trenes donde vendían mi pase a la siguiente ciudad. Acostumbrado a hacer las interminables colas, en esta ocasión, se me hizo más llevadera la espera. Una vez conseguido el billete hacia Agra, tocaba plantearme dónde dormir y qué hacer los próximos días en la capital de Rajastán. Salí como una bala de la oficina central de trenes, evitando a los taxistas que ya esperaban ansiosos por recoger turistas a los que llevar. Quería ir al hostal en ciclorickshaw, una especie de bicicleta con un asiento para dos pasajeros detrás del conductor. Al primer hombre que vi con este medio de transporte lo paré, le indiqué el hostal en mi guía. Al percatarme que no sabía leer, intenté por todos los medios habidos y por haber indicarle la dirección. Una vez acordado el precio y confirmarme mediante gestos,  que sabía donde debía llevarme, cogí mi gran mochila y la acoplé en el asiento al lado mío. El conductor debía tener unos 45 años, prematuramente envejecido  por un  duro trabajo, donde las buenas propinas no existen, con una piel agrietada de tantas horas al sol , con un cuerpo menudo y extremadamente delgado,  hizo preguntarme a qué casta pertenecería.

castas

EL SISTEMA DE CASTAS
El sistema de castas en la India es harto complicado y si nos pusiéramos a clasificarlas todas, creo que tardaríamos bastantes párrafos en definirlas. Lo que debemos saber es que las castas forman una parte muy importante de la sociedad hindú, y que sin estas mismas no podríamos entender del todo la esencia de su sistema, que se rige por unas severas normas establecidas, tomando como base el tipo de casta al que pertenece cada individuo. Vivir honradamente y cumplir con el Dharma (deber), aumenta mucho las posibilidades de reencarnarse en una casta superior. Los hindúes pueden nacer en una de estas cuatro varnas (castas):  Los brahmanes, los ksatriyas o guerreros, los vaisías y los sudras o parias.

Los brahmanes, constituyen la casta más alta de la sociedad, la sacerdotal, eso no quiere decir que todos ellos sean sacerdotes, hay muchos brahmanes entre los campesinos más pobres.

Los ksatriyas o guerreros, originalmente eran los soldados y hoy suelen ser los administradores.

Los vaisías, o comerciantes, generalmente suelen ser artesanos para los que su pertenencia a la casta equivaldría a la de un sindicato.

Los sudras o parias forman la casta más baja, formada por campesinos y granjeros.

Según la leyenda, todas las castas nacieron de  distintas partes del cuerpo de Brahma. No debemos confundir con Brahmán, el Dios absoluto, el que ellos consideran eterno y todo cuanto existe emana del mismo y todo volverá a él. Un dios que no tiene forma, pero que a raíz de él,el resto de los miles de dioses se manifiestan en distintas formas.

brahmanes

De la boca de Brahma, nacieron los brahmanes, de los brazos los ksatriyas, los vaisyas de los muslos y los sudras o parias de los pies.

No podemos pasar por alto lo que está por debajo de estas castas, que son los llamados intocables. Suelen tener las tareas más bajas de la sociedad, como barrenderos, limpiadores de letrinas y un sinfín de trabajos que nadie de una casta superior puede o debe realizar. Es muy complicado entender esta jerarquía invisible para el visitante,  pero real, más aún viendo que muchos intocables, regentan negocios y un brahmán que es el nivel más alto, es el campesino más pobre de una aldea. Un ejemplo claro y de algún modo paradójico, es el hecho de que entre el  año 1997 y el año 2000, el presidente de la India RK Narayan, era un intocable. El mismo gobierno, ha intentado por todos los medios flexibilizar la diferencia que hay entre los tipos de castas, teniendo muy en cuenta a los intocables, asignándoles un número de plazas, para universidades públicas y puestos de trabajo en el sector público, originando la disconformidad de las castas superiores, manifestándose en las calles, creando disturbios, incluso algunos de estos personajes,  fieles a unas costumbres pasadas de rosca,  se han llegado a inmolar con fuego.

Actualmente, el sistema de castas se va debilitando, aunque conserva un considerable poder, haciendo uso de éstas a sus propios intereses, los políticos para ganar votos  en sus campañas. Los matrimonios entre diferentes castas son todavía muy escasos, teniendo muy difícil la unión,  en una sociedad que enmarca por encima de todo los matrimonios concertados.

Yo iba viendo la ciudad poco a poco, a paso de tortuga, porque el escuálido conductor pedaleaba como sus enclenques piernas podían. Mi primera impresión de Jaipur fue una rotunda y marcada diferencia con las anteriores ciudades, la mayor intensidad en todas las cosas, el tráfico, los olores, la cantidad insultante de gente que había por sus calles, los cientos de tiendas que se amontonaban sobre las aceras a veces rozando el límite con la calzada donde los automóviles a toda prisa pasaban sin mirar, utilizando sus bocinas sin parar. Se me hizo realmente largo el trayecto subido a esa especie de bicicleta taxi. El calor caía sin tregua alguna y ni el despedazado parasol que el conductor había provisto a su medio de transporte podía frenar esa violenta y ardorosa humedad que tanto se pegaba al cuerpo.

RAJASTÁN
El clima en Rajastán es de los que dejan huella.  Sus días en agosto suelen venir acompañados de chaparrones esporádicos, refrescando el ambiente, haciendo que nuestro  cuerpo acabe agradeciéndolo, pero su tan alto grado de humedad y sus cielos blanquecinos, hacen que el viaje sea una dura prueba continua que superar. Recuerdo con nitidez, el calor que tuve que pasar muchas noches de mi viaje y  que a duras penas podía mitigar  con los ventiladores de los hostales que servían más para espantar a las moscas que para generar una mínima onda de aire. Debía haber previsto el clima antes de partir, para no llevarme sorpresas, para que no acabara sencillamente agobiado o ahogado del bochorno. Estaba muy claro que a las dificultades que ya de por sí venían por defecto en el país, el calor se sumaba a la larga lista.

Después de sus desgarbados pedaleos, el conductor me dejó a un par de manzanas de la dirección que le había dicho. A la hora de pagarle, tuve una discusión con él, queriéndome cobrar unas cinco veces el precio que habíamos pactado. Ese acto algo inconsciente  por mi parte, me dejó un sabor amargo. Tener que discutir esas cosas, es duro pero debemos jugar hábilmente sin romper la frontera entre lo ruin y el engaño, más aun sabiendo las necesidades que llegan a pasar este tipo de personas dedicadas y hechas en la calle, en busca del turista fácil, alegando haber malas interpretaciones en la lengua, queriendo convencerte de que eres tú siempre, el que lo ha entendido mal. Una postura firme era la mejor solución que podía adoptar, estando seguro de que la negociación había sido clara.

El hostal de Jaipur, era un precioso hotelito orientado al turismo de mochila, con habitaciones muy limpias, cuartos de baño individuales,  terrazas donde poder tomar un té, mientras sentías en el silencio, como el tiempo pasaba. Pude desconectar un día entero, dedicándolo a mi lectura y a escribir en mi cuaderno de viajes. También aproveché para lavar ropa, conectarme a internet, pudiendo enviar saludos a mi familia y para rematar ese día de descanso,  ya había adquirido mi billete hacía a Agra despreocupándome de mi partida.

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El plan que llevaba en Jaipur, era muy simple. Contratar a un conductor y visitar lo más importante de la ciudad, para acabar en las afueras donde había un palacio que no debía perderme. Todo lo debía de ver en un día porque el tiempo del viaje corría más rápido de lo que en un principio pensaba y me di cuenta que si no  acortaba un poco mis paradas, no me daría tiempo cruzar  a Nepal al final del viaje y eso era algo que no quería perderme.

En el hostal, había un joven chico que debía ser un ferviente religioso, porque cada vez que iba a buscarlo para pedirle o preguntarle cualquier cosa,  andaba rezando con su vara de incienso danzando en el aire pronunciando oraciones que no  lograba entender. Un par de veces incluso me dejó con la palabra en la boca para girarse en silencio, mirar a la pared donde colgaban un par de estatuas de sus dioses,  coger de nuevo su vara y con sus ojos cerrados empezaba de nuevo su ritual.

Podríamos documentar intensamente sobre la importancia de la religión en la India, sobre sus dioses, sus costumbres y creo que jamás acabaría este libro. La importancia de la religión viene emparentada con todo lo que ocurre en su sociedad, desde la manera de vestir, de comer, de bañarse, de trabajar, todo, absolutamente todo, está enfocado a sus dioses y costumbres. El hinduismo es el nombre oficial que recibe la religión más importante del país y lo  practica el 82% de la población, unos 800 millones de personas aproximadamente, siendo el islam la segunda en fieles con un 12%. El resto del pastel religioso se lo reparten en este orden  entre el sijismo, budismo, jainismo, cristianismo y judaísmo. Resulta curioso, como el budismo es una religión mermada en un país donde nació Siddharta Gautama, el primer hombre que alcanzó la iluminación convirtiéndose en lo que todos conocemos como Buda, pero eso es otra historia que contar más adelante.

EL HINDUISMO
El hinduismo, desafía todo intento de definición. No hay fundadores, autoridades centrales o jerarquías, no siendo tampoco una religión proselitista como el cristianismo en su empeño de captar a cualquier precio a lo largo de su cruel y violenta historia a fieles devotos.

Los hindúes creen en Brahmán, lo absoluto. Brahmán es eterno, no tiene ni principio ni fin, todas las cosas que existen en el mundo emanan de Brahmán y al final vuelven a él. Los miles de dioses y diosas que existen son manifestaciones o aspectos conocibles de este fenómeno carente de forma. El devoto es libre de elegir el que más le guste o sencillamente con el que se sienta más identificado. Las prácticas entre unos dioses y otros son diferentes entre las regiones del país, pero existen varios factores de unificación.

Estos creyentes  creen que la vida terrenal es cíclica; se nace una y otra vez (proceso llamado samsara) y la siguiente reencarnación será mejor o peor dependiendo de los dos principios esenciales del hinduismo: el karma y el dharma. El karma es el destino con el que cargamos, fruto de las buenas y malas acciones en vidas anteriores. El dharma es el equilibrio del cosmos al que todos nuestros actos afectan por pequeños que sean, de este modo si cumplimos con una vida de honestidad, buen comportamiento y  deber, podremos ver aumentadas las posibilidades de una vida mejor en la siguiente reencarnación. Si no cumplen con las dos doctrinas mencionadas anteriormente, pueden reencarnarse en un animal, siendo para ellos uno de los más terribles castigos impuestos por su dogma.

Todo ciclo tiene su fin, a fin de cuentas, ir reencarnándose por toda la eternidad para ellos no tendría sentido si no hubiera algo más detrás de todo su intrincado sistema de vida religiosa. Esto significa que los hinduistas contemplan la vida como “maya”, una ilusión distorsionada de la realidad, una pesada carga de la que aspiran  liberarse para alcanzar el Nirvana, el paraíso al que se llega sólo rompiendo el ciclo de las reencarnaciones. Jamás podríamos alcanzar este supuesto paraíso siendo reencarnados en animales y a diferencia de muchas religiones del mundo, al hinduismo uno no puede llegarse a convertir, sencillamente se nace.

No resulta extraño mientras viajas encontrarte con personas que han renunciado a sus familias, a las responsabilidades sociales y a las posesiones materiales, para emprender la búsqueda espiritual por medio de la meditación, el estudio de los textos sagrados, la devoción, la auto-mortificación y el peregrinaje.

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LOS PRINCIPALES DIOSES
Si hablamos de religión, hablamos de dioses y en la India no precisamente andan desabastecidos. Existen en torno a 330 millones de deidades, siendo todas y cada una de ellas manifestaciones de Brahmán. Los devotos eligen a sus dioses dependiendo de sus necesidades, gustos, castas o comunidades, con tal interminable abanico, uno jamás podría decir que no encuentra uno a su gusto.

Los dioses más venerados por el pueblo son Brahma, Vishnu, Shiva, Ganesh, Krisnha y Hanuman. Son estos mismos los que podemos encontrar a modo de recuerdo en las tiendecitas de cualquier ciudad, teniendo a Ganesh y Shiva como líderes en ventas. Uno por su forma simpática de mitad hombre mitad paquidermo y el otro por ser el más conocido visualmente en occidente, con sus numerosos brazos.

Bramhma es el dios que desempeña un activo papel durante la creación del universo, el resto de su tiempo libre lo pasa entregado íntegramente a la meditación, por lo que para muchos fieles seguidores no deja de ser una figura distante comparándola con Shiva y Vishnu que gozan de una mayor acogida. Vishnu es el protector y garantiza la bondad en el mundo. Podemos caracterizarlo físicamente en las esculturas por su azulado aspecto,  sus cuatro brazos, sosteniendo un loto, una caracola, un disco y una maza, esta última como premio al ser el vencedor en su batalla contra Indra, el dios de la batalla. Su consorte es la diosa Lakshmi, que representa la abundancia y su vehículo es Garuda, criatura mitad pájaro mitad bestia y mora en el firmamento llamado Vaikuntha. La leyenda nos cuenta que el río madre, el Ganges, mana de sus pies, este dios tiene nada más y nada menos que 22 encarnaciones, entre ellas como más importantes están la de Rama, Krishna y Buda. Tenemos también al conocido y más emblemático dios Shiva, el gran destructor, que paradójicamente sin su presencia, la creación no sería posible. Los más de 1000 nombres que posee, nos dan una idea de sus infinitas representaciones. Protector de los animales, este dios va marcando a ritmo de danzas los pasos de la creación y la destrucción. Venerado por ser un símbolo sagrado del Yoga, goza de un tercer ojo en su frente, simbolizando la sabiduría. Pero creo que el dios más simbólico por su simpatía es Ganesh, el de la cabeza de elefante, que tantas veces me he cruzado por las tiendas de artesanía, mientras mis pasos me llevaban a otro lugar. Éste es especialmente idolatrado en Mumbai y cuenta la leyenda que Ganesh nació de Parvati en ausencia del varonil Shiva, dando a esta deidad barrigona una infancia sin un padre que conocer. Al cabo de los años, Shiva regresó, pidiendo audiencia con Parvati.  Ganesh al no conocer a su padre le denegó la entrada en el reino. Ante tal ofensa con su negativa y con un humor huracanado, le cortó la cabeza descubriendo más tarde desconsolado que había matado a su propio hijo. La pena y desdicha le hizo jurarse a sí mismo cambiar su cabeza por la del primer ser vivo que se cruzara por su camino, siendo un elefante el desventurado animal al que decapitó sustituyéndola por la de su hijo. De ahí ese aspecto surrealista de un dios medio humano medio paquidermo.

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Otros dioses  como Krsina, Hanuman, y Murugan, no pueden escaparse de nuestra  breve y superficial visita. Krisna, encarnación de Vishnu, tiene la misión de decantar a su favor la balanza del bien contra el mal mediante su lucha. A este dios podemos conocerlo físicamente por su oscura tez azulada, sosteniendo en sus brazos una flauta, siendo muy admirado en el subcontinente, inspirando innumerables cuadros y canciones . Hanuman, es el dios de los monos, teniendo éstos refugio  garantizado en todos los templos del país. Este dios tiene el don de adoptar la forma que desee. Por último tenemos a Murugan, hijo de Shiva y hermano de Skanda, siendo en el sur el lugar donde está más laureado  y se dice que él es el auténtico dios de la guerra.

Podríamos dedicar libros enteros a explicar los inexplicables caminos enmarañados de esta religión plagada de dioses y diosas. Pero pudiendo acariciar lo primordial, podremos llegar a entender muchos de los rituales, pinturas, representaciones teatrales y canciones que en la India puedes ir encontrándote a lo largo del camino.

Advertí en un breve paseo por Jaipur que la pobreza, la miseria,  el hambre,  la suciedad y las mugrientas calles de la India seguían allí, que no habían cambiado a pesar de los kilómetros ya recorridos. Estos factores podían llegar al punto de palidecer cualquier rostro foráneo. El  mismo Gandhi, siendo un joven  revolucionario pacífico, cuando volvió de Sudáfrica a su país natal, reconoció no conocer nada de la India. Impresionado por el caos que vio causado por  la pobreza,  acentuada por una descontrolada superpoblación, se vio hundido en sus ilusiones por renovar y copiar el modelo revolucionario que tan famoso le hizo en Sudáfrica. En un trayecto en moto-rickshaw, fue tan profundo su desazón, que incluso en su corazón empezó a nacer un indicio de miedo, pero hablamos de Gandhi, y la historia de este auténtico padre de la guerra pacífica o como él mismo llamaba; la guerra de la no violencia,  es otra historia que ya conté en capítulos anteriores.

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Me dispuse a recorrer con un guía callejero, los puntos más interesantes de la ciudad rosa, empezando por la ciudad vieja, donde uno llegaba a sentirse minúsculo con sus avenidas de más de treinta metros de ancho.  Cada una de sus calles se dedicaba a diferentes actividades comerciales. Era un buen lugar para regocijarse ante las tiendas y poder tomar un ardiente té con leche para no desentonar con el atroz calor húmedo que poco a poco iba matando dentro de mí la pasión de seguir paseando. Estuve en el Iswari Minar Swarga Sal, que traducido sería como decir; minarete clavado en el cielo. Este singular monumento tiene una historia detrás muy emparentada a las viejas costumbres hindúes. Fue levantado por Jai Singh, quien al ver que el ejército marata avanzaba contra él, se suicidó, cosa que no llamaría mucho la atención de no ser porque sus 21 esposas y concubinas se inmolaron en la pira funeraria cumpliendo con su deber  llamado “jaujar”. La visita tomó otra dimensión cuando pude observar una de las estampas más típicas de la ciudad, incluso me atrevería a decir que de la India sin querer ofender al líder absoluto como es el Taj Mahal. Hablo del palacio de los vientos, llamado Hawa Mahal,  curtido y cuidado en el arte rajput. Este arenisco edificio contiene cinco plantas, construido en 1799 por el marajá Sawal Pratap Singh, para que las mujeres de la realeza pudieran ver y admirar la vida y las procesiones de la ciudad a través de las rejuelas que sus ventanas vestían.

Después de tanta visita y monumentos hice un ademán de descanso,  pero el calor era preludio de mi retirada para dosificar en dos días mi visita a la gran capital de Rajastán. Al día siguiente en vez de contratar un conductor, fui yo que sorteando, saltando y casi muriendo, atravesaba las callejuelas de la ciudad entre los desquiciados conductores,  para contemplarla a pie. Sabía que yendo solo a la parte antigua, me quedaría el típico sabor de una ciudad con alma caduca, pero el alma de una ciudad reside en la vida cotidiana, en los quehaceres diarios de sus gentes, desde los que transportan jarros repletos de leche fresca, los avispados comerciantes que cierran el paso a los perdidos caminantes con su innata paciencia, hasta los que limpian las pestilentes  letrinas. Hay tantos trabajos en la India, que muchos aquí ni tendrían una definición en nuestro diccionario; como bien escribía Ramiro Calle en uno de sus libros:

La india está llena de trabajos del hambre,  un hambre que les hace pícaros buscavidas.

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Cuando recaí de nuevo en la ciudad antigua después de un largo e intenso paseo, busqué y encontré Jantar Mantar, un observatorio astronómico del año 1728. Siendo yo un aficionado desde mi infancia de esta inalcanzable ciencia para mentes normales, me sentía atraído por el concepto de observatorio astronómico que tenían en la antigüedad. ¿Cómo podía ser que un montón de piedras parecidas a elefantes pudieran calcular algo? La respuesta la encontré en la historia de su constructor. Más venerado por su afición que por su temple como guerrero.  Jai Singh mandó estudiar observatorios en otros países para levantar cinco en su reinado, por su insistente capricho de querer saciar las preguntas sobre esa ciencia que antaño era tan desconocida, este marajá logró un resultado espectacular, pudiendo prever eclipses. Allí pude encontrar el gran reloj de sol que mandó levantar, midiendo 27 metros y la sombra que proyectaba se movía cuatro metros cada hora. Con tal envergadura, uno podía ver correr el tiempo bajo sus pies.

Tocaba pelearse de nuevo con los conductores, pero esta vez no era para no ser arrollado, era para conseguir transporte que me llevara a once kilómetros de la ciudad a la fortaleza de Amber. Por un precio razonable subí en un autorickshaw y me dirigí hacia la rocosa ladera que escondía  este maravilloso palacio. A medida que iba avanzando por la ciudad, iba viendo como Jaipur se ensanchaba. El asmático y diminuto taxi, se esforzaba por  buscar una salida de la gran metrópoli. Después de unos diez minutos  y varios fallidos intentos de adelantos,  pudimos encontrar el camino que me llevaría a Amber. El reumático motor del vehículo tosía una y otra vez densas nubes de humo negro desde lo más profundo de sus entrañas. Sus esfuerzos por subir hacia la colina, hacían que el motor poco a poco fuera ahogando su ronquido, hasta ir muy por debajo de las revoluciones aconsejables. El hábil y menudo conductor iba esquivando una y otra vez a los elefantes que por el camino iban y venían. No dejaba de ser una imagen muy extraña.  Nuestro vehículo al lado de estos maquillados mastodontes, llegaba a parecer involuntariamente  una vieja y encorvada cabra montesa, luchando no caer por la cuesta que tanto le había costado subir.

Después de hacer una breve cola, conseguí mi entrada, resultó curioso cómo habiendo una veintena de indios delante de mí,  el funcionario los apartó a empujones cediéndome el paso para evitarme la hilera que me precedía. Tampoco se hizo esperar en mi cabeza las dos posibles repuestas a mi pregunta por tal acto de discriminación hacia los suyos;  la primera podría ser que el cuidado y la atención  hacia un turista era mantener el futuro económico del país, de sus palacios y templos, la segunda respuesta era la más lógica aunque la menos cordial, siendo los foráneos los que pagábamos cinco veces más que los indios.

El continuo ir y venir de los elefantes cargando visitantes, con su gracioso balanceo, las travesuras de los monos para gozo de los turistas y la imponente entrada al fuerte anunciaba  una  interesante visita por sus interiores. Desde la cima, bajo un albino cielo, podía ver como los jardines que estaban en medio del lago, parecían flotar, tan solo si hubiera habido una leve corriente, hubiera jurado que incluso se movían en el aire. Aquel palacio, estaba masificado tanto de turistas indios como de turistas extranjeros. La entrada del palacio estaba decorada con unos laboriosos bajorrelieves con motivos florales, con el dios Ganesh sobre la puerta. Sus ventanales con celosías de piedra servían para que las mujeres que lo habitaron  no fueran vistas desde el exterior,  pudiendo ellas ver desde el interior. La armonía y perfección en conjunto hacían que mi cámara fotográfica fuera al límite, cuando entré, pude apreciar la gran belleza de sus muros decorados con pequeños espejos incrustados, por ese motivo era conocido con el nombre de  Sheesh Mahal, o Palacio De Los Espejos.

En mi breve pero intensa visita, pude dar fe de la mala fama que tenía la ciudad con los jóvenes hacia las chicas turistas, creyéndose los dueños y señores de las calles, con derecho a decir e intentar tocar en todo momento a las viajeras. Resultaba algo incómodo y patético de ver. Leí que estos jóvenes y no tan jóvenes, se creían con el poder de hacer y deshacer a su antojo una estancia que podía acabar en pesadilla para cualquier mujer aventurera. Era su modo de cobrar según me contó el conductor mientras bajaba del palacio Amber,  un imaginario peaje por haber venido a su ciudad. He conocido muchas viajeras solitarias, que con su valentía han recorrido el país, y todas han acabado reconociendo que los indios siempre acaban mezclando amistad con un deseo descontrolado a su sueño de hacer el amor con una occidental. En el mismo Amber, iba caminando y grupos enteros de adolescentes gritaban y se empujaban unos a otros cuando al lado pasaba una joven intentando de este modo tocarla “accidentalmente”.

Después de la jornada en Amber, el tiempo me había devorado los días sin percatarme. La capital de Rajastán, resultó ser muy elástica, con muchas posibilidades que tuve que dejar aparcadas porque me debía dirigir a otro lugar. La impresión fue magnífica en todos los aspectos, dejando de lado el caótico y sonoro tráfico.

La última noche, cogí un tren desde Jaipur a Agra, el cual me recogió a las diez de la noche. Tuve verdaderos problemas para encontrar el vagón asignado en mi billete, esperando encontrar algo en inglés como en el tren que tomé con destino Jaisalmer, pero los folios pegados con celo en cada una de las puertas del tren estaban escritos en hindi. Preguntando a todo ser viviente que habitaba en el andén, logré lo que parecía mi asiento. Más tarde a las dos de la mañana, me echaron del vagón entre gritos de los nuevos y acertados pasajeros, enviándome a otro, siendo este segundo mi auténtico sitio. No debí preguntar jamás a nadie en la estación, no me percaté que el resto de los viajeros, siendo de allí, andaban incluso más perdidos que yo dentro de todo ese caos. Parecía que la gente iba acoplándose en los  asientos aleatoriamente, y que poco importaba la asignación en el billete. Pero en mi caso no coló.

Jamás uno debe preguntar si no es por extrema necesidad a un hindú. Sus costumbres, orgullo y forma de ser, hacen que jamás reconozcan que desconocen la respuesta, ya sea para preguntar por la dirección de un hospedaje o para coger un transporte. Ellos darán respuestas cortas cuando realmente no la sepan, pero jamás dirán que no lo saben. Estas palabras que ahora escribo, las desconocía por completo en mis primeros días en el país. Aún sabiendo esto, uno debe guiarse mucho por instinto e ir probando de preguntar a docenas de personas a veces para poder asegurarse de coger el camino correcto. Eso no significa que evitemos a los  indios. Son grandes conversadores y personas entrañables, con una curiosidad tan nata que acaban por sacarte información de todo tipo, saciando su inocente sed de conocer lo ajeno.

Aquella noche en el tren, no dormí apenas, el ruido del tren, la masificación del vagón atiborrado de gente, el calor, los olores y mi cambio a otro  vagón de madrugada contribuyeron que llegara a Agra cargado de sueño y cansancio.

Delante de mi se abría un nuevo camino, una nueva provincia con unos tonos más oscuros que los de Rajastán, pero que me llevarían a conocer una de las maravillas más fascinantes del planeta.[/sociallocker]

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