Cuando viajamos desconectamos de nuestro mundo. Un mundo tan real como imaginario a medida que avanzamos hacia algún lugar de este planeta. Los horarios se distorsionan, perdemos la noción del tiempo. Nuestros problemas cuotidianos se convierten en anécdotas divertidas y a menudo cuando no lo son, pasan desapercibidas porque son eclipsadas por la simple preocupación de conocer lugares nuevos, gente nueva y por qué no decirlo, conocernos a nosotros mismos un poquito más y no caer en una depresión post-viaje.

Todo es correcto, todo fantástico. Pero….¿Qué ocurre a nuestro regreso? Todo vuelve a la normalidad. Los horarios de los trenes, autobuses y aviones que nos iban a llevar a nuestros paraísos salen de nuestra vida, de nuestra mente y a menudo de nuestro corazón, quedando todo encerrado en la maldita cajita de los recuerdos que a menudo abrimos perdiendo la esencia que tuvo en un pasado con nuestra presencia “in situ”.

No nos engañemos. La depresión post-viaje existe y la mayoría de almas viajeras encadenadas a una vida de trabajo para poder costearse sus sueños existe y debemos lidiar con ella para no caer rendidos y poder volver a recuperarnos para seguir adelante pudiendo cumplir con nuestros objetivos y nuestros deseos.

Anualmente, intento hacer cuatro viajes. Dos largos y dos cortos. Pero la gente que se va un año a “trotamundear”… ¿cómo consigue conectar con la realidad a la vuelta?

Muchas preguntas sin respuestas convincentes o sí pero no las deseadas.

Una vez le dije a un amigo que no era de estúpido ser un soñador. Más estúpido es no tener metas y andar tan pegado a la realidad.

Hagamos que nuestros sueños se prolonguen, que la vida que llevamos de duro trabajo, la basemos en futuros viajes por realizar y con esas ganas de comerse el mundo podamos enfrentarnos a las eternas pausas que existen entre viaje y viaje, entre país y país, porque la vida está para vivirla, sentirla y disfrutarla.

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