Puede que a la gente no le llame la atención mi siguiente viaje. Puede sencillamente que no suene exótico y que sus playas en pleno invierno glaciar, dejen un hueco vacío en mi maleta donde debería ir la toalla o puede que aún no se haya puesto de moda, como tantos países que durante mis viajes, nadie apostaba por ellos y por arte de magia, sin explicación alguna, al cabo de unos años, la fiebre por ir, ha surgido como un virus gripal, atento a estar presente a su cita cada temporada.

Indonesia, me pilló en una precoz incubación, pero Japón lo cogí de lleno, cuando la fiebre asomaba con peligro de muerte. La cantidad de turistas españoles que encontré, era algo que jamás había visto. Kioto, se convirtió en una gran concentración de paisanos, yendo y viniendo de todos los lugares, con sus respectivos y arrugados mapitas turísticos, no vaya a ser que perdieran cualquier punto imprescindible y se les pasara por alto.

Reconozcámoslo. A nadie le gusta eso. ¿Dónde quedan los días que vagaba por la India en busca de un rostro occidental? ¿Dónde conseguir la plenitud de caminar por lugares despoblados de cualquier foráneo? Y que sirva de ejemplo la experiencia de caminar por el interior de Myanmar sorteando los más sorprendentes monasterios budistas, las silenciosas e imperecederas arenas del desierto del Namib, aferrado en la hermosa Namibia, los inabarcables horizontes de la Patagonia, las majestuosas y ególatras montañas andinas de Huaraz en Perú o simplemente esos momentos que me clavé con martillo en el corazón al admirar las harinosas Annapurnas en Nepal.

¿Por qué Corea? No lo sé. Puede que inconscientemente, hace varios años, en mi viaje a Camboya, mi amistad esporádica con una familia de italianos, me sorprendiera que el cabeza de familia, me dijera que había ido a Corea del Sur. Mi mente, con muchos perjuicios y escasas experiencias, se preguntó por qué demonios iba yo a ir allí.

Como si de un baúl de los recuerdos se tratara, buscando un destino estas navidades, decidí sacar un billete para Seúl. Atrás quedan ya las dudas y adelante el convencimiento que todos los países tienen un lugar en nuestra mente para que los sueños se hagan realidad. No seamos previsibles, dejémonos llevar por el instinto y seguro que algún día en un futuro no muy lejano, acabaremos encontrando aquellos lugares que tanto nos hacen saborear la vida y que acabamos archivando en nuestro armario de los recuerdos, como los más imprescindibles del mundo.

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