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Cuando nos dicen “me voy a las islas Mauricio”, debemos empezar a matizar, ya que lo correcto es decir que te vas a la República de Mauricio. Se trata, pues de un país insular que está compuesto por una gran isla, Mauricio, del tamaño de Tenerife y otras mucho más pequeñas y salvajes como las Rodrígues, y, por consiguiente, aunque el viaje sea de destino playero, también será interesante contemplarlas como una nación.

Empecemos por su población, en una buena parte es de origen indio, por lo que a veces se tiene la sensación de estar en ese país, también nos encontramos con los criollos, cuya lengua es muy hablada por su población autóctona y que junto con el inglés son las lenguas más habladas en la isla. El francés, idioma de sus penúltimos colonizadores, también tiene su lugar y sigue manteniendo su viejo rol de lengua de la elite refinada. En pocas palabras, el maître de un restaurante pijo se dirigirá a ti con él, pero no la cajera del súper que lo hará en criollo. Nos encontramos con un plurilingüismo tolerante. Mauricio es un modelo de convivencia étnica y religiosa de la se debería tomar ejemplo.

A los criollos e indios hay que sumarles los chinos que, como los nuevos colonos de África, han llegado a la isla con el mismo fin que los franceses e ingleses en su día, para explotarla. En segunda línea de mar, constructoras de capital chino construyen altos edificios de más de 20 plantas, destinados a apartamentos de mal gusto. A ellos hay que sumarle la comunidad blanca de Sudáfrica, que, asustados por la situación de su país, buscan refugio, eso sí de lujo, en unas tierras de naturaleza acogedora.

La mayor parte de la costa mauriciana pertenece a los extranjeros, a esas grandes cadenas hoteleras, que, poco a poco, se han ido apoderando de ella a fin de crear lujosos resorts. Aunque las playas son públicas sus hamacas, sus embarcaderos y la poca vegetación que queda en la isla forman parte de su “todo incluido”. Si el viajero no quiere o puede caer en su” trampa” deberá de alquilar un coche para buscar las pequeñas playas destinadas a los oriundos o a los turistas con menos recursos. Estas playas también tienen su encanto pues son merenderos con mar, donde las familias se reúnen para cenar y ver la caída del sol, que os puedo asegurar es espectacular.

Pero contado todo esto, pasemos a lo que empuja al viajero a visitar esta isla, sus playas. No es necesario detallar sus blancos, aunque estrechos arenales ni sus aguas turquesas pues viendo imágenes, para que palabras. La isla está rodeada por un cinturón de arrecife y ello garantiza bañarse en aguas cálidas y sobre todo no ser mordido por un tiburón.
Las que nosotros visitamos en la zona norte fueron Gran Baie y Trou aux Biches, quizás mejor la segunda, pues está menos masificada, aunque si se visitan en agosto son las menos soleadas ya que es la zona más nubosa de la isla. Al oeste la famosa Flic en Flac, una playa muy larga y concurrida que se encuentra apoyada por centros comerciales y Tamarin desde donde se puede contemplar la montaña del Rio Negro y contratar alguna embarcación que te permite bañar entre delfines. Y al sur Le Morne de las más exclusivas pues allí se encuentran los resorts más lujosos…me imagino que por algo será.

-Playa Grand baie

-Playa Tamarin

-Playas Le Morne

No me alargaré más describiéndolas pues sobre ello ya hay mucha información, pero si dar un consejo. Hay muchas actividades acuáticas que los turistas compran en los mismos hoteles o en agencias turísticas, pero deberemos advertir que también hay autónomos oriundos que pasean por las playas ofreciendo sus servicios a precios más económicos, y a quienes es posible también regatear. Así lo hicimos nosotros en nuestro paseo y baño entre delfines, llegamos a ahorrar más de 100€.

Pero si el viajero quiere escapar del coco loco, de la placida tumbona y de todos los inimaginables deportes acuáticos que sus aguas tranquilas ofrecen, tiene posibilidades de hacerlo, aunque no son muchas las ofertas es también interesante conocerlas.

La capital Port Louis está en el intento de convertirse en una capital cosmopolita y para ello se están afanando en construir grandes edificios acristalados y de altura, así como centros comerciales de gran envergadura por lo que, actualmente está en macro obras que van a esconder las pocas calles criollas que aún conservan. Y aunque Ikea, por ejemplo, no ha desembarcado en la isla sus bolsas ya se pasean por la capital.

Destacar como auténtico, su mercado, que, a pesar de tener aquellos falsos atractivos para los turistas, conserva aún su encanto. Interesante llegar a su última planta se puede comprar ropa de marcas de lujo a precios de derribo. La Madagascar cercana y ella misma tienen algunas de sus fábricas. Si se decide visitarla es bueno acercarse al Jardín Botánico de Pamplemousses, a pocos km de distancia, ya que es uno de los más hermosos del mundo y es por fama merecida.

El centro de la isla es una inmensa plantación de azúcar, que en los meses de nuestro verano está en plena cosecha, con los inconvenientes que de ello resultan, pues tras cortar la caña queman el suelo de los cañizales a fin de ser más cómodo, rápido y fácil para acabar con los tallos. Como consecuencia, esta zona interior se cubre de una humareda y de un olor particular. Si lo que se desea es conocer parte de la historia de la isla es interesante visitar el museo del azúcar, situado al norte de la capital, ya que además de aprender sobre este cultivo, también se podrá entender las implicaciones sociales y los hechos históricos que están vinculados a su más preciado tesoro y símbolo de identidad del país.
Si lo traducimos en cifras se ha de tener presente que el 90% de las plantaciones de la isla son azucareras, lo que favorece a que el índice de paro no se dispare por encima de un 10%. Quien no está empleado en el turismo lo está en el azúcar y todos los subsectores vinculados a él.

El Parque nacional de las Gargantas del Rio Negro, que ocupa un 2% de la isla y que vendría a ser su pulmón, preserva la flora y fauna original. Quizás lo más bello es el camino hasta llegar a él partiendo de la costa, pues se puede contemplar Le Morne Bramant, una gran montaña balística, a modo de mini península, rodeada de fantásticas playas. La montaña fue el refugio de los esclavos fugitivos, y desde donde se precipitaron al vacío al verse ante los que les anunciaban que la esclavitud se había abolido. Fatal confusión.

El parque alberga una gran cascada y cerca de ésta también se puede visitar las tierras de los siete colores de Chamarel, las cuales son preferible verlas al atardecer o en día nublado para poder apreciar está extraña diversidad cromática. Ambas visitas son de pago obligado a precio de turista.

 

Otra excursión no playera es visitar el centro hinduista Grand Bassin, un lago en un cráter volcánico consagrado con aguas del Ganges, un auténtico emblema para esta religión. Y no es de extrañar, pues como ya decíamos, más de la mitad de la población de la isla es de origen indio. Tras la abolición de la esclavitud fueron contratados los llamados “indios forzados” para seguir con la explotación azucarera a muy bajo precio que se asentaron imponiendo sus costumbres. Si no se ha visitado el sur la India, Mauricio es un buen lugar para irse acostumbrando a ella pues recuerda a la zona de Kerala. Casas terreras con pequeños altares pueblan la isla, junto a templos y muchos restaurantes que ofrecen su cultura gastronómica.

Resumiendo, si se desea viajar con la prioridad de ir a un destino playero con infraestructuras garantizadas, Maurico no va a defraudar, pero si el viajero busca algo más, probablemente no encontrará lo que busca. No sé si con tanta explotación turística, Mark Twain, un siglo casi y medio después, escribiría lo mismo: “uno se hace la idea de que Mauricio fue hecho primero y luego el paraíso, y que el paraíso fue copiado de Mauricio”. Sus explotadores aun lo propagandean, pero dudo que sus nativos y viajeros objetivos aun lo afirmarían.

 

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