Poner rumbo al centro, por las solitarias carreteras que nos llevan desde Turmi a Yabelo, pasando por Konso, es un claro indicio que poco queda de viaje. Tan solo una semana vagando por estas indomables y hermosas tierras. A ritmo de trompeta y con los tiempos muy marcados, he tenido que hacer lo máximo en el mínimo de tiempo . Etiopía no entiende de fallos si vas con el tiempo justo. Un error puede sacarte del camino y seamos realistas, si viajas por libre sin ayuda de nadie, acabarás desesperando si el tiempo de regreso te acecha.

Una cena ayer por la noche con una mala elección,  me puso en el banquillo de los viajeros durante unas horas al caer enfermo. Cuando viajamos, nos exponemos a riegos con las comidas. Esto no deja de ser África y Yabelo es un lugar remoto, donde dudo que la carne que ayer me tumbó fuera fresca. De todos modos, he podido en la jornada de hoy hacer lo que tenía previsto a medias. Con una severa deshidratación, no podía concebir la idea de perderme este territorio tan inexplorado.

Ayer salimos de Turmi, campo base para visitar a las tribus del sur de Omo. Las tres noches pasadas, con sus memorables días, no serán fáciles de borrar. El pueblo de Turmi no tiene nada y al mismo tiempo, inexplicablemente, acaba enganchándote. Si no me creéis, cuando os quedéis, acabaréis sucumbiendo al salvaje Turmi y a sus paisajes tan evocadores. Será tan difícil arrancaros este lugar de vuestros recuerdos, concluyendo que puede ser el tramo más bonito del viaje.

Un largo camino nos puso en rumbo a Yabelo. Con parada en Konso y encuentro con las gentes de allí. La carretera que nos ha traído por estas partes del mundo, es dura, muy dura. Son horas de conducción por caminos de tierra con infinidad de baches. Los chinos andan construyendo una alternativa mejor, pero en África todo se ralentiza y en un futuro pienso yo algo lejano, los pocos vehículos que toman ese camino, disfrutarán de por qué no decirlo, unas vistas conmovedoras.

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Los camellos salen a tu paso, los avestruces se cruzan entre algún termitero y alguna acacia. Las montañas de un color sangrante, con las aldeas de adobe, hacen de esta tierra de los “Borena”, uno de los lugares más aislados en lo que llevamos de viaje.

Yabelo… Terrible pueblo usado solo por su carretera inter-africana, carece de todo. Con una población menos acostumbrada a los extranjeros, no rozan la miseria, sino que se hunden en ella, para mostrarnos una cara típica que durante cientos de kilómetros hemos ido viendo de la África que todos conocen de oído, de una África pobre. Quien intente decir que Etiopía está saliendo adelante, no anda muy metido en el viaje o no ha traspasado sus fronteras.

Desde Yabelo, podemos organizar una buena salida para ir a ver a los “Borena”. Yo por mi estado de debilidad, debía elegir qué hacer, si ir a por ellos o alejarme cien kilómetros e ir a un lago perdido en medio de ningún lugar. La segunda opción ha sido la elegida por puro azar.

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Una hora y media con buen asfalto, tuercen a la izquierda por una pista de tierra. Ahí es donde debemos hacer unos catorce kilómetros hasta llegar a un solitario pueblo que hace de trampolín a Chew bet o Lago salino. La entrada a la aldea ya es todo un evento para la gente que vive tan miserablemente y que sorprende cómo puede el ser humano asentarse en tales lugares donde se respira más muerte que vida. La concentración de sales, cristales y petróleo en el volcán, es el modo de vivir que tiene este lugar, de gentes con fuertes tintes musulmanes. El acoso al llegar es tan intenso que debes poner tu mente en blanco y avanzar en silencio. No hacer caso es un buen método, pero algunos estúpidos se molestan. En África un NO, nunca tiene sentido.

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La bajada hay que hacerla temprano o por la tarde. El calor a medio día es tan intenso, que en las zonas intermedias, donde el aire queda en un suspiro, se llegan a alcanzar los cuarenta grados. Debéis,  como viene siendo típico, contratar a un guía de la asociación y bajar juntos. El dinero depositado es inevitable no pagarlo. Mientras haces bajada, acabarás harto de gente intentando venderte de todo. Pon  mala cara,  porque sencillamente no te dejarán caminar a tu aire, y eso con un NO, subidito de tono,  debería bastar para tales molestias, que a menudo rompen límites insostenibles. Lo que debería ser una excursión tranquila, acaba convirtiéndose en  una caravana de curiosos y avispados chavales pidiendo dinero.

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Si estás cansado, querrán alquilarte un burro por una fortuna. Si estás sediento, una buena coca cola. Si quieres ver cómo remueven el lago, metiéndose en contra de su salud,  para sacar petróleo, otra cantidad. Si les pidieras que se tirasen por el precipicio porque no aguantas tanto acoso, seguro que lo harían. Es una lástima. Son gente dura y su salida desesperada viene promovida por las pocas visitas de los viajeros. Eso lo entiendo y eso es lo que acaba alterando tu baremo, de hasta dónde estás dispuesto a ceder, para que todos se lleven algo. Imposible contentar a 200 personas.

Lo de hoy ya no tenía nombre. Lo más duro quedaba por llegar. Subir a la cima de nuevo ha sido un trabajo costoso. Apenas hemos hecho el recorrido en dos horas, cuando se tardan tres. Hecha la cima, al menos un grupo de 50 hombres nos ha rodeado, observándonos como si fuésemos de otro planeta. Unos se dedicaban a sacar y sacar artículos para endosarle al “faranji” de turno, un cencerro de camellos. Menuda guasa. Otros, sencillamente ponían las manos esperando su propina, por pisar su volcán, cuando previamente estás obligado a pagar al representante de la comunidad una muy generosa cantidad de birrs.  Al final, con una agresividad  algo inusual en ellos,  en este precioso país, nos hemos ido por donde hemos venido, sin mirar atrás.

Por supuesto que este remoto lugar es seguro, pero me ha dejado un agrio sabor de boca, el poco tacto de la gente que lo habita. Ni siquiera podías respirar y sentir el viento a solas. Apenas te entraban cuando parabas.

A nuestra vuelta, hemos ido viendo como algunos camiones salían de la carretera y se metían hacia las infernales tierras del desierto, camino de Kenia para evitar los controles policiales y poder hacer contrabando.

Yabelo no vale la pena, pero no estaría de más si pasamos por esta carretera principal, camino de las montañas Bale, desviarnos hacia el lago volcánico y ver como alrededor de sus negras aguas, existen pueblos que recuerdan mucho a Sudán.

También, si queremos salir de ruta, es una buena opción. Aquí acaba viniendo poquísima gente y la sensación de aislamiento total, queda asegurada.

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