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Como si de nuevo el cuento se repitiera y una gigantesca rueda no parara de girar desde hace dos años, aplastándolo todo a su paso, el mundo se ha vuelto a poner patas arriba.

Mientras todos pensábamos triunfalmente que habíamos vencido al COVID, sus variantes, buscando mutarse para sobrevivir entre nosotros, nos han hecho caer en un pozo de oscura realidad.

A tientas, sin apenas percatarnos, muchos países empezaban a codearse con el optimismo y quizás eso lleve inconscientemente a relajarse, a rebajar medidas de contención y que una vacuna no ha podido solucionar un problema mundial, viendo ahora más que nunca, que el final del túnel se aleja un poco más.

Nombres como Delta, nos hicieron vivir temores que una vez controlados, vino la variante  Ómicron donde el tortazo a la humanidad , ha sido inesperado y monumental.

Huir a ciegas cada navidad forma parte de mi ser. Desde la pérdida de algunos seres queridos, celebrar estas fechas, es algo que asocio con huir y aventurarme a ir dónde sea y seguir conociendo mundo.

Ese año pintaba mal, pero después de analizarlo en frio, no podía irme lejos y más viendo que la sexta ola empezaba a sacudir todo el planeta ¿Qué opciones tenía?¿Quedarme en casa? No todavía no hemos llegado a ese punto, viendo como precisamente mi país volvía a ser uno de los epicentros pandémicos de Europa.

Asia queda lejos. Cerrada a cal y canto, pero entre abierta a algunos “turisdólar”, el resto de los mortales sólo podemos soñar con verla difuminada en un futuro.

América si que abre sus puertas pero con timidez. Hay que ser cautos y seguir atentamente los cambios que acaecen de un día para otro.

África es una buena opción siempre que vayamos sobrados de dinero. Es curioso como el continente más pobre del planeta, resulta ser el más costoso de conocer. El turismo es una fuente de ingresos que no pueden dejar escapar, pero tanto estirar la cuerda, ésta acaba rompiéndose.

Europa, la elegida, la única vía de escape no nos lo ha puesto tan fácil como esperábamos. Mientras varios países cedían su libertad por temor a más contagios, la gente abarrotando los aeropuertos, quedaban desamparados sin poder volver a sus hogares. Otros como nosotros hemos arriesgado y hasta no poner los pies en Malta, no sabíamos con seguridad si nos echarían atrás o no.

Viajar es arriesgar muchas cosas. Tu comodidad, tu familiaridad, tu seguridad, pero el quedarte con la miel el los labios, acaba siendo una broma muy pesada.

Con la mochila de mano, sin hoteles, sin vehículo y sin planificación, he llegado a esta diminuta isla del Mediterráneo que desde hace muchos años tenía en la retina.

Por delante seis días. No son muchos, el resto los guardo con la esperanza de que tiempos mejores asomarán cualquier día por mi ventana y los agarraré con fuerza y me impulsaré para conocer los países que se me han escapado durante los dos últimos años de abstinencia viajera, donde Islandia, Países Bajos, París y México rompieron un poco, pero no lo suficiente esa dinámica viajera a la que estaba acostumbrado.

En mi pequeño viaje, intentaré conocer la cultura de la histórica isla, de su importancia en el comercio del pasado, estando ubicada en pleno corazón del Mar Mediterráneo y cómo las agencias de viajes y los grandes hoteles han ido desgarrando trozos de tierra y enterrando historia bajo hormigón, convirtiendo a este diminuto país en toda una referencia del turismo en masa.

Gozo será mi segunda parada. Al Norte de Malta, Gozo respira aires distintos, donde los ajetreados días preceden a noches tranquilas.

Una vez recorra tanto en transporte público, como en coche alquilado y a pie las dos Islas, me convenceré que aunque  el país de Malta se me resistió durante mucho tiempo, sabré perdonárselo.

Viajar no es una necesidad, sino una filosofía de vida.

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