Dos días me han bastado para tomarle el pulso a la ciudad. Sus virtudes y defectos empiezan a hacerse visibles cuando no tienes más que tus piernas para moverte por su enorme centro.

El tercer día, he intentado visitar los museos que me quedaban. Enorme error. TODOS LOS MUSEOS PERMANECEN CERRADOS LOS LUNES.

No sé cómo he cometido ese imperdonable fallo. El martes sin apenas tiempo no he podido rascar ninguna visita decente y he acabado paseando al azar, porque mi intentona de ir al Museo del Terror ha sido truncada por una huelga de taxistas húngaros, cortando todos los caminos que el autobús debía recorrer para dejarme en la puerta.

Pero voy a contaros qué podemos ver en una tercera jornada y dejemos la cuarta en dique seco.

¿Hay suficiente en tres días para ver Budapest?

Creo, que no. Puede que visitemos lo más importante, pero el tamaño de la capital impresiona bastante.

Supongo que con cinco jornadas, acabaremos saciados de museos, ópera y edificios emblemáticos que en cada cruce vas encontrando.

Una buena guía es imprescindible para no perder tiempo e ir a lo seguro.

La primera visita que realicé en mi tercer día, empezó con la basílica de San Esteban. Casi de frente al puente de las cadenas por el lado de Pest, nos daremos de morros, con su enorme cúpula y una entrada gratuita. Es la tercera más grande del país y a mí, personalmente me encantó.

Si seguimos caminando por la calle Váci Utka, nos encontraremos con el Mercado Central. Según cuentan las guías nacionales, es un imprescindible en todo circuito. No negaré que gusta a todo el mundo, pero está muy enfocado al turista, dejando los productos típicos, en tienduchas que nada tendrán que ver con la de los mercados auténticos. De todas maneras, veo que es una gran opción, para ver lo que en productos alimenticios, se cuece por el país.

Encarando la calle del mercado, nos encontraremos con el Museo Nacional Húngaro. Como habéis podido leer anteriormente, mi gozo se quedó en un pozo.

A unos quinientos metros, podremos visitar la sinagoga más grande del país (Nagy Zsynagoga)  y la segunda en el ranking mundial, sólo superada por la de Nueva York.

Su precio, algo desorbitado deja perplejo a más de uno. Por unos 12 Euros sin guía y 24 con guía, podremos ver su interior. Es bonita, si, pero lo es mucho más la basílica y sin entrada.

Las normas son muy estrictas y los controles de acceso feroces.

Mi consejo, es que si vais justos de tiempo, la dejéis de lado, porque Budapest tiene lugares mucho más bonitos.

Desde la Sinagoga, cogí el metro para dejarme caer en la Plaza de los Héroes.

Este pequeño pulmón de la capital, deja de lado el tránsito, para centrarse en varios balnearios y un hermoso castillo que nada tiene que envidiar a los puntos de interés más famosos.

Desde la misma plaza cogí la Avenida Andrassy,  una especie de imitación de los Campos Eliseos de París. Pero poca broma, porque fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Sus cuatro kilómetros son muy aconsejables. Las casas del principio, tan señoriales, se van convirtiendo a medida que avanzamos en enormes edificios centenarios, algunos vacíos y faltos de una urgente reforma, otros adornados con negocios regentados por las franquicias más famosas del momento.

La avenida es totalmente aconsejable. Recordemos que la plaza llamada Liszt Ferenc, si venimos de bajada y giramos a la derecha, a unos 300 metros podremos visitar la estación de trenes, construida por el famoso arquitecto Gustave Eiffel, creador de la torre parisina.

Pero aquí no acaba el paseo por el Boulevard. Todo lo contrario. A medida que nos aproximemos al Danubio, todo se torna de un tono más lujoso. Nos daremos de lleno con el precioso edificio de la Ópera, en el que podremos hacer o una visita guiada (cita previa), o entrar en el hall principal para ver su laboriosa construcción.

Después de tan largo y cansado paseo. Intenté de nuevo entrar en el Parlamento. Su entrada para ser ciudadano europeo resultaba barata, pero de nuevo me echaron atrás por usos gubernamentales, vetando a todo turista el pase para poder descubrir sus tripas.

Y qué mejor manera de acabar tan disparatado día. Pues un paseo en ferri por el Danubio y poder contemplar como los iluminados y  enormes edificios, toman protagonismo, haciendo un doble juego con las sombras de la noche y el brillo opaco de las aguas, reflejando las luces a modo de espejo.

Tres jornadas en cuatro días han dado para lo que diría yo.. Una escapada perfecta en una de las ciudades con más encanto de Europa.

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